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Marta Sanz: Conejilla

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Las víctimas de hipocondría, atentas al cuerpo —el corazón hace pum, pum contra los colchones, las rodillas están llenas de líquido y en el cuello, con las yemas, reconozco un rosario de bultos—; las víctimas de hipocondría con pánico a enfermar, no por morir, sino por que nos pinchen con largas agujas; las víctimas de hipocondría y el temor de que el cuerpo se fracture y no pueda trabajar con la competencia y alegría de los enanitos de Blancanieves; nosotras y nosotros, hoy, amordazamos dolorcillos y nos infundimos valor: “¡Adelante!”. Imagino, con estremecimiento y ternura, a mi suegra, que, al oír las quejas de su prole —”¡Mamá, me duele la tripa!”—, se daba un golpe en el muslo: “¡Pues duélele tú a ella!”. Así, Felipe mantiene a raya sus divertículos, que además de una palabra extraordinaria son una dolencia poco amable; Luisi olvida su revisión ginecológica, y mi vecina decide que su hipertensión se contiene con paz. Cura sana, culito de rana. Nos agarramos el cuerpo con las manos para que no se nos caiga a trozos. Nos abrazamos fuerte para que todo siga en su sitio. Nos remetemos hacia dentro las hernias inguinales. Hay quien parirá en cuclillas en su habitación, no por prevenir los perniciosos efectos de la oxitocina, por naturismo y sensibilidad ecológica, sino por miedo a la covid. Noemí jadea como una perrita: “Así es más sano, natural, auténtico”. Renunciamos a adicciones farmacéuticas, pero damos gracias por la receta electrónica.

Sin embargo, hoy esta columna no quiere resaltar el pundonor que estamos demostrando las víctimas de enfermedades crónicas, la mesura de no ir a hospital quizá por precaución, pero también por una decencia acaso equivocada: lo más prudente es no molestar. No sobrecargar a ese gremio de la salud que dobla turnos, es mileurista, sufre angustia. No ocupar cama, respirador, viales de quienes están al borde la muerte. No. Hoy esta columna quiere acordarse de esos seres humanos que de manera altruista nos prestan su organismo para experimentar en él vacunas y medicinas. Un hiperinmune dona su plasma cada dos semanas como posible cura para esta peste, tan futurista y vieja, que nos hace sentir fragilidad y nos graba a fuego nuestros errores. Personas excepcionales se dejan inocular compuestos exponiéndose a padecer desmayos o fiebre alta que pueden ser la punta del iceberg de dolencias graves. Ay. Admiro su desprendimiento y valor. Y mi admiración se redobla cuando yo, que ni siquiera me atrevo a meter la manita en la Bocca della Verità, anticipo las consecuencias de movernos en territorio inexplorado. Cruzo los dedos para que todo salga bien y dedico mis oraciones a científicas y científicos, castigados animales de laboratorio, conejillas, seres humanos que se prestan a que les inyecten sustancias no absolutamente fiables. Aún no. Qué sentirán cuando, al empujar el émbolo, a través de la aguja, algo coloniza sus células. Qué sabor les subirá a la boca… También agradezco a quienes donan órganos de sus familiares fallecidos prematuramente. Todas estas generosidades me llevan a percibir, agigantada, la ruindad de otros modelos de salud sujetos al librecambio: hay quienes compran carne de personas, vivas y pobres, que exhiben cicatrices de riñones extirpados. Esas vísceras quizá hoy habiten en un repanchingado torso de Beverly Hills.

 

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