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Rafael Fauquié: Caín y Abel: Dos imaginarios venezolanos

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En su libro Regreso de tres mundos, Mariano Picón Salas se sirve del ejemplo bíblico de Caín y Abel, para ilustrar dos opuestas percepciones de los seres humanos ante su entorno. La habitabilidad hecha de memorias cercanas y tradiciones comprensibles, de comportamientos articulados y referencias claras y continuas, formaría parte de la ubicación y la experiencia de Abel. Por el contrario, la desorientación dentro de lo inexplorado, la errancia en medio de lo azariento, la confusión por entre interminables aventuras sin conclusión, serían la ubicación y la experiencia de Caín. Si Abel percibe apoyo y confianza en el lugar que lo rodea; Caín está familiarizado sólo con la hostilidad, la fugacidad y el albur. De Abel es la tibieza de la casa; de Caín, los siempre confusos horizontes. Abel es el constructor de su morada y en ella permanece, siempre protagonista y actor de su entorno. Caín es el morador de la intemperie, el habitante del desarraigo. Suya es la incertidumbre frente a las aventuras sin destino. Sus pasos reinician, una y otra vez, los arduos recorridos por entre lugares donde no logra avizorar meta alguna.

La imagen de Abel pareciera resultarnos extraña a los venezolanos, quienes, de muchos modos, hemos identificado nuestras miradas y movimientos más bien con el riesgoso desenfado y la tortuosa desenvoltura de Caín. Nos resulta muy difícil a la mayoría de los venezolanos ser genuinamente Abeles. Rasgo que, por lo demás, compartimos en gran medida con otros muchos pueblos de Latinoamérica; pero que, en nuestro caso, pareciera adquirir un carácter más intenso. Caín y un interminable laberinto serían dos imágenes ilustrativas de la forma como los venezolanos nos vemos y de la manera como distinguimos nuestros itinerarios.

Pero Caín, más allá de la imagen del primer homicida y victimario de su propio hermano, podría percibirse, de acuerdo al dibujo propuesto por Picón Salas, como un aventurero inconforme con su realidad, un siempre insatisfecho buscador de nuevos destinos. Abel, por su parte, resultaría un conformista habitante de sus espacios y un heredero natural de su tradición. Las miradas de Caín, dirigidas hacia vastos y lejanos horizontes, se opondrían pero, a la vez, se complementarían al sustentador arraigo de Abel.

Hoy más que nunca, los venezolanos necesitamos reconstruir la relación con nuestro propio tiempo: percibir más habitabilidad en él, menos hostilidad en sus itinerarios. Contemplar a nuestra historia como un lugar hospitalario en donde la lenta construcción y la amplitud de las memorias sean parte de la hechura de un destino. En suma: ser un poco más abeles y un poco menos caínes. Por sobre tantos imaginarios que expresan ruptura, individualismo, aventura, azar y violencia, los venezolanos necesitamos rescatar otros que expresen construcción, solidez y continuidad de una tradición. Menos rupturas, menos recomienzos, menos incomunicación dentro de nuestra historia; tal vez la única posibilidad de acción colectiva que lograría extraernos de ese laberinto en el que hemos permanecido por demasiado tiempo; escapar a sus gravitaciones de desaliento y afianzarnos sobre nuevos itinerarios guiados por propósitos de consolidación, hilvanación y consistencia.

El tan poco conocido y tan caricaturizado universo colonial fue mucho más que sopor de misa y de siesta al que lo condenaron nuestros recuerdos oficiales. Fue, también, mucho más que esa larguísima sucesión de rufianerías, bajezas y excesos con que lo dibujó Herrera Luque. Fue, sobre todo, una época de consolidación, un tiempo creado por una sociedad que nacía e iba descubriéndose y formándose. Tiempo de calladas construcciones a manos de gentes que llegaban de lejos y que se instalaban para siempre en los nuevos lugares. Nuestro siglo XIX es, aparte de la Independencia, recuerdo que opaca todo lo demás, mucho más que sólo esa constante evocación de los muy distintos caudillos que gobernaron el país en medio del más grosero nepotismo. Es, también, mucho más que la larga sucesión de guerras y alzamientos y revoluciones y rebeliones que asolaron el país. Porque junto a tantas guerras y caudillos, existió otra Venezuela: una nación empeñada en la búsqueda de un igualitarismo social, un país impulsado por genuinas convicciones democráticas y por anhelos necesarios de justicia colectiva.

Y ya en la segunda mitad del siglo XX, durante los cuarenta años de democracia, el pueblo venezolano fue, también, construyendo, haciendo. Hubo en esos años errores y excesos; pero hubo, también, la consolidación de una vida en común. Fueron años que nos acostumbraron para siempre a los venezolanos que cualquier forma de convivencia en nuestro país no podría ser sino democrática. Y fueron, también, los años que nos enseñaron a creer en una sociedad civil que se fortalecía, que no deseaba regresar al pasado pero que sentía que necesitaba apoyarse en ese pasado. La sociedad civil, ésa que existe desde siglos atrás, ésa que pareció importar muy poco para las memorias oficiales, ésa que se forjó a la sombra del tiempo colonial y protagonizó y padeció la sangrienta violencia de la Independencia, ésa que vivió bajo un siglo XIX plagado de caudillos y guerras y más caudillos y más guerras, ésa que llega al siglo XX y vive los cambios del país petrolero, ésa que junto a los nuevos partidos políticos creyó en ideales de democracia, ésa que se fue apartando de esos partidos cuando comenzaron a fallarle, ésa que se encuentra ahora confusa y dividida en medio de la confusión y la división nacional… En ella encarna cierta esencial continuidad de las cosas en Venezuela, en el tiempo venezolano. Encarna una tradición que sería el contrapeso imprescindible y necesario para la trasnochada imagen del individualismo mesiánico como el único posible hacedor de la historia nacional.

 

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