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Gustavo Villamizar Durán: Aprenden y enseñan los maestros

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Cada día de estos aciagos de la pandemia constituyen momentos pendulares y paradójicos. De sucesos aborrecibles como la angustia, el dolor y la muerte, pero igualmente, otros nos han copado de enseñanzas que permiten superar la contingencia con buen ánimo y quién lo dijera, con optimismo y nuevas esperanzas. Pareciera que cíclicamente la naturaleza se rebela ante la indolencia, para mostrarnos la ostensible destrucción a que conduce la ambición desenfrenada, llamándonos a recuperar la humanidad desechada por improductiva y puesta al margen. Así, andando y tropezando, a veces sin percatarnos, va enseñándonos que el individualismo forja el aislamiento por confortable que parezca, que no hay vida si no están los demás, el otro, el prójimo, para comparecer, compartir y confrontar, en el alivio del dolor, la búsqueda de soluciones, el avistamiento de mejores tiempos y abrir los caminos para alcanzarlos. Son lecciones elementales de vida, al tiempo luminosas, perennes, trascendentes.

Han sido muchas las cosas que llaman la atención por una u otra razón, positivas o negativas, sobre todo, porque muestran lo que ha de ser en adelante y lo que debe desterrarse al final de este oscuro túnel en el que se transita: gobiernos responsables que atienden convenientemente la emergencia y aquellos que la toman con frescura, los que priorizan la vida y lo humano frente a los que atienden a la economía y el lucro. Tenemos los seres paralizados sin opción ante la circunstancia y los que arriesgan e inventan, los que no ven salida y los que salen a buscarla. De todos se aprende, de muchos por la necesidad de eliminarlos, pero solo a partir de algunos se obtienen razones, saberes y valores para aprender y enseñar.

Recurro a esta introducción para alegrarme por nuestro país y por nuestros niños y jóvenes, ante la condición puesta a prueba por los maestros, los educadores, al asumir su labor en medio de la cruenta e insólita contingencia que enfrentamos.

No es falso afirmar que la pandemia conmovió todas las instancias de la vida planetaria, pero en algunas como la educación, la escuela, está obrando para bien habilitando nuevas visiones y prácticas portadoras de transformaciones profundas. No ha sido poco lo alcanzado por los discentes asumiendo el reto de aprender a través de modalidades desconocidas o escasamente utilizadas, mediante estrategias diferentes y fuentes diversas de conocimiento y saber. Y más los maestros contados por miles durante los últimos meses aprendiendo a marchas forzadas a utilizar plataformas digitales públicas y privadas, dando clases por videoconferencia o videos breves, enviando asignaciones e instrucciones de realización desde el correo electrónico o el teléfono celular, usando diversidad de vías para contactar con los alumnos y su familia, visitando sus casas, han expandido sin inconveniente alguno sus horarios laborales a lo largo de los días y las semanas, pero además, han generado nuevas formas de enseñar y sobre todo, lo más relevante, han aprendido a aprender con los discentes y los adultos con los cuales habitan.

Los docentes de verdad concluyeron exitosamente el año escolar anterior y no obstante las limitaciones salariales determinadas por el bloqueo económico feroz que impide cancelar mejores remuneraciones, estaban presentes, dispuestos con el mayor entusiasmo en el comienzo del nuevo año 2020-2021. Lo mejor de todo, lo muy bueno ocurrido hasta ahora hacia el futuro de nuestra educación, es mirar retrospectivamente el momento del obligado cierre de los planteles, el inicio de la nueva experiencia, la incertidumbre, la angustia, el temor de sentirse solos de la gran mayoría de ellos y comparar la fortaleza y el optimismo que los embarga ahora, al saberse acompañados y admirados por una nación. Nuestros educadores saben, sin duda, que hay un país que los aplaude y millones de niños y jóvenes que los adoran. Es el resurgimiento, en medio de la calamidad, del liderazgo del maestro tantas veces invocado por el Maestro Prieto Figueroa. Se les salió la clase ¡y qué clase! a nuestros educadores.

 

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