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Rafael Fauquié: Ciertos ideales humanos…

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Ciertos ideales humanos están forzados a contradecirse; La justicia necesariamente  complementarse con la misericordia; la libertad y la igualdad, relacionarse con la fraternidad; lo necesario, acercarse a lo justo; lo ideal, convivir con lo real… Correspondencias complementarias, en fin, sin las cuales, tarde o temprano, habrán de cobrar vida excesos capaces de convertir cualquier convivencia social en una forma de infierno.

Dos de los tres grandes ideales de la Revolución Francesa: la libertad y la igualdad, no tardarían en revelar la imposibilidad de su acuerdo. La libertad convertida en única razón y único principio, significó que muy pocos llegasen a tenerlo todo en perjuicio de una mayoría poseedora de muy poco. La igualdad convertida en única razón y único principio, significó la restricción de oportunidades para casi todos, la eliminación de toda forma de justa diferencia entre las personas, la imposición de inhumanos raseros e, incluso, la aniquilación física para toda forma de divergencia.

Alguna vez ha recordado Octavio Paz que la voz que hubiera podido servir de equilibrio entre las dos grandes palabras del ideal político contemporáneo, la fraternidad, estuvo siempre ausente de todas las experiencias colectivas. ¿Qué pasó con ella? ¿Por qué fue olvidada? O mejor: ¿por qué jamás existió en programa político alguno? Ella hubiese sido un necesario comodín entre la igualdad y la libertad. Sin la fraternidad, sin su justa complementaridad, pierden validez las otras dos.

La fraternidad -podemos llamarla de diferentes maneras: solidaridad, caridad- hubiese sido el signo de lo justo entre la libertad y la igualdad; humanamente necesitadas éstas de la reconciliación impuesta entre las dos otras voces revolucionarias. De hecho, la visión misma de “Revolución”, luce desenmascarada o contradicha hoy en reiterados consecuencias de intolerancia y odio, en interminables consignas de un “nosotros” contra un “vosotros”, en la exclusión como propósito y la aniquilación del otro como desenlace. Asociada en algún momento a ideales de progreso, justicia y virtud, la imagen de la Revolución luce hoy por hoy desengañada en una triste veracidad de fracasos, de corrupción, de ineficacia, de tortura, de persecución, de torpeza infinita…

A estas alturas, la romántica visión del revolucionario como un ser comprometido a morir y a matar por un sueño, se banaliza y degrada en la de un fanático devoto de ciertos dogmas y repetidor de algunos recetarios. Dispuesto a todo para convertir sus principios en deidades destinadas a la devoción de todos, su única razón es su satisfecha irracionalidad. Su vida, sus ilusiones, sus propósitos se reducen a unas pocas consignas dictadas. El revolucionario triunfante ni duda ni teme; convertido en la imagen misma de lo deshumanizador, su comportamiento se reduce a una lucha a muerte con todo quien disienta de sus verdades. Su voz es el alarido de un energúmeno empeñado en acallar cualquier disidencia.

Uno de los absurdos más reiterados en la mentira revolucionaria es la idea de felicidad garantizada por el Estado. La felicidad, como ideal o aspiración, siempre tendrá todo que ver con el descubrimiento de una conciencia individual, con la percepción de un ser humano libre para reconocerse y aceptarse en sus más personales elecciones. Cualquier promesa de felicidad a cargo de Gobiernos y Estados, Presidentes o Caudillos, tiranos y tiranuelos, será siempre una promesa falsa o vacía. Jamás podrá existir felicidad alguna decretada en un tiempo por venir y en la voluntad de una cúpula de poder. Jamás los hombres podremos construir sociedades perfectas donde todos seremos felices todo el tiempo. De hecho, ya solo el pretenderlo es el más grotesco mentis a cualquier imagen de sentido común, la más estruendosa de las condenas a cualquier proyecto social.

 

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