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Jorge F. Hernández: El papel del arte

 

Se abre el espacio para que la mirada palpe texturas y digiera colores que transpira la realidad. Lo sabe el artista Carlos Pellicer que escuchado los callados versos debajo de una escalera y la sinfonía de todos los verdes en una selva llamada infancia. Es el papel del artista plasmar en papeles las formas que fueron nube o canoa, la lágrima de un rayo en medio de la tormenta o el sosiego hipnótico de cristales cromáticos.

En estos raros tiempos de la llamada nueva normalidad como realidad aumentada y confinamientos al filo del rebrote, el Instituto Cultural de México en España ha tenido a bien celebrar Veinte años de obras en papel del gran artista Carlos Pellicer. Inaugurada por la Embajadora María Carmen Oñate, entre un limitado aforo de invitados con mascarilla, el artista Pellicer estaba presente en sus papeles y en la pantalla, cerca pero a la distancia que marca no sólo la época, sino la esencia misma del afecto que transpira: no se necesita estar siempre a su lado para sabernos acompañados por el entrañable filo entre la odisea de los colores y los pesos de ciertas nostalgias. Es la mirada de los párpados entrecerrados, el jersey abotonado hasta el cuello y una tranquila transparencia de la secreta poética del arte.

Aquí hay cuadrículas amorfas y dameros alineados por el rapto de una ilusión: es lo que ha quedado en papel, habiéndose tatuado en una sonrisa que nace desde los párpados. Cuando Pellicer agudiza la vista parece cerrar tras las pestañas los filtros invisibles con los que decantan el color y así se dice en silencio la secreta geometría donde un páramo ocre parece paño de llanto y una cresta turquesa, el prado de una tertulia impalpable. Se combinan en sus retinas los rojos que fueron rosas y esos azules que ordeñan al mar, las parcelas policromáticas de un sueño que ha llegado a la vigilia con una explosión torrencial y al mismo tiempo, pétalo sutil de las yemas de los dedos como extensión de la propia mirada que regala a los demás.

Me une a Carlos Pellicer un inmenso biombo invisible de afectos compartidos, los fantasmas de afectos en plural y una tauromaquia —ahora, políticamente incorrecta— que cifra su geometría en el recuerdo de un torero que merecía torear en el Palacio de Bellas Artes, un juez de plaza que podría haber cambiado para bien el Código Penal o Civil de todo un país y un ramillete de amigos infalibles entre quienes están el escritor mexicano de más alta estatura y el novelista cubano de eternos oleajes bajo los párpados. Me une a Pellicer el recuerdo de tanto cine y libros que me ha contagiado y el atrevimiento de haberle entregado mi primera novela sobre la mesa de un restaurante argentino, sin que supiera que era la primera persona a la que le pedía opinión sobre esos párrafos y así, pasan los años y hemos acumulado papeles de ida y vuelta, papeles hechos a mano.

Carlos Pellicer es un artista cuyos pinceles ejercen el don de la imaginación andante: postales del pensamiento y pantalla de los antiguos trenes. Cada paso como sílabas que se van hilando a espejo del Poeta, cada paseo un párrafo pintado en papel que casi podría leerse en braille con todos los ojos ajenos que lo admiran: arquitectura sensorial de afectos, crónica instantánea de sensación… música de los colores, que quizá sea una mejor manera de definir el verdadero papel del arte.

 

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