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Earle Herrera: Odio transicional

 

Atrás quedó el balbuceo de “gobierno de transición, etc.”. El proceso que el Departamento de Estado quiere imponer en Venezuela a troche, moche, sanciones y bloqueo, Trump no lo desea en Estados Unidos. La noche de la trifulca con Biden, cuando le preguntaron si se comprometía aceptar una transición pacífica, se le pegaron los frenillos de su autoproclamado y los intérpretes concluyeron que no la acataría. El magnate condicionó esa transición a los resultados electorales.

La víspera, pero en Venezuela, el diputado Dávila se disparaba un mitin anti-electoral por Monagas (aquí hacemos campaña hasta para no votar, nos gusta la cosa). Claro, en toda campaña, así sea por la abstención, se debe prometer algo. Y el parlamentario lo hizo: juró a los compañeritos que, sin querer cometer una infidencia, en un futuro gobierno de transición, Henry Ramos Allup sería el presidente. Hubiese sido bueno para el análisis verle los gestos cuando lanzó la proclama, pero se cuidó de no quitarse el tapabocas. Llamó la atención, sí, lo graneadito de los aplausos, sin la fanfarria del himno del partido, pese a las brazadas del sudoroso orador.

¿Por qué Trump quiere una transición en Venezuela –así sea ajuro- y la rechaza en su país, cuando los votos hablen, como dice el lugar común que los ventrílocuos de la democracia ponen en boca del sistema? Aquí están divididos los militantes del odio. Aunque el autoproclamado volvió a implorar el Tiar, el R2P y la guerra de las galaxias, la ultraderecha ya no le cree, ni tampoco el ultracentro. En su auxilio apareció Pablo Medina declarando a Trump su “hermano mayor” desde una pileta VIP mayamera, pero pocos voltearon a ver su perfomance. El autoproclamado estaba solo, como el apóstol Pablo frente a la serpiente.

Mientras tanto, el stablishment gringo ya está cansado de lidiar con ese elefante en una cristalería en que se le convirtió Trump, su creatura más acabada. Puede apartarlo de muchas maneras, pero prefiere hacerlo de una forma que ni resuelle. La prominente voz del sistema, The New York Times, halló la fórmula: compararlo con Al Capone y acusarlo de no pagar impuestos. El gánster pasó de las calles de Chicago a la prisión de Alcatraz. La transición de Trump será menos sórdida, pero igual la odia.

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