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Néstor Melani: Mirar el río hecho de tiempo y agua

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Y recordar el otro río, para saber que nos perdemos como el río, y los rostros pasan como el agua”…

Siempre existió una guitarra y a la vez la milonga, cuando mucho más los italianos vinieron con el bandoneón, como de amores y cuchillos en llanto de los gauchos pronosticaron la pureza de una mujer bonita.

Entre germanos, españoles, judíos, franceses y navegantes de Portugal; es así, Argentina de caballos, chulos, cantores y hasta apostadores de la vida.

De un Papa argentino y humano, socialista, poeta, queriendo encontrar los códigos de Da Vínci y hablar de la verdad con semillas de las estrellas y con las hojas del otoño.

En los pobres de la tierra queriendo saber un día del pan y el trigo, con una voz de Dios descrita por el escritor en los ecos del mar…

Lo entendí entre amigos que compartíamos conversaciones en las noches de vinos en aquella Barcelona catalana, con pintores, cineastas, poetas y tal cual vagabundo improvisando el ayer.  Allí siempre apareció un argentino vendedor de ideas y de relatos, entre rosas y la guitarra de las noches eternas.

En Jorge Luis Borges y en sus cuentos que eran manifestantes sentidos de la vida entre sus imaginarios del alma y la ceguera de un cronista que vio y vivió a Buenos Aires desde sus estaciones, su parlamento, sus penumbras de pasiones perdidas en la soledad de un viejo saxofonista recitando los olvidos en la tenue luz de un cabaret, hasta de la figura herida y despertando en la confrontación real de un tango.

Como de una calle Corrientes entre libros y vinos, mimos y músicos o un pintor suplicándole amor a una jovencita universitaria implicada en idearios revolucionarios, más allá del Che o más cerca del piano del teatro Colón, donde un día cantó Carlos Gardel y el guitarrista Agustín Magaldy trajo de una aldea a una humilde campesina. Venida casi con engaños, que la volvería estrella de cine, para dejarla abandonada en una casa de citas.

Y entre lágrimas y heridas, ella sería: Evita Perón. La santa. En mármol con la camisa rota del coronel Juan Domingo.

Ayer, después de pintar y escuchar algunas canciones en francés, me fui a deleitarme de las pasiones nuevamente de Borges. El opulente argentino que sabía del Quijote más que el Manco de Lepanto o describía a Katka como si Praga estuviese en la plaza de Mayo.

¡Dios!

Cómo poder sonreír, si de un panadero naciera una milonga o del desafío con  Ernesto Sábato la noche se endureciera en sus obras con misterios y del Oporto su poesía hubo dicho de América. Llorando los sin tierra, pero desbaratando a políticos sin credos.

De este sur de los sombreros negros, de los abrigos del invierno o de una mujer hermosa, voluptuosa y rica como una manzana madurando al concierto de una serenata en los jardines de la Castellana o esperando de las llegadas, en las sirenas de los trenes a un amor eterno…

De un amor perdido, pero tierno.

De un amor viajero con besos descritos del dolor del viejo.

Para ver y saber a Borges en la «Biblioteca de Babel».

Cuánto deseé estudiar arte en Buenos Aires para ver los infinitos y robarme los secretos del escritor.

Quien un día en Caracas, de 1979, Ramón Vásquez Brito me lo advirtió.  Me lo describió después de los retratos ocres estampados en las imágenes de la casa rosada.

De aquel Borges, quien era ciego y dictaba sus clases de literatura sin luz, pero revivía a Mahoma y vestía a Dios con los siguientes harapos del Caravaggio con rostros de indigentes llorando la vida y en aquellas gracias de sus vírgenes que de modelos fueron las prostitutas, para decirlo después de los confeccionarios o ir al museo nacional para estudiar a Pedro Calvo, el mejor pintor de un siglo argentino.

Y ver a Borges bajando las escaleras de la editorial Kapeluz llevando el bastón que le regaló Dalí en España, y sosteniéndose de su bendita secretaria, porque ella llevó el sombrero que también fue un obsequio de Chaplin en Suiza, después de los exilios con retratos de dictadores para llorar con la mujeres madres, angustias de las noches de los iniciados inviernos.

Memoria bendita del Borges que a los catorce años había leído al Cervantes en inglés y crítico de Shakespeare, no por Otelo sino por robarse la Romeo y Julieta.

Lo vi. Y lo leí en tantas versiones. De sus provocaciones y sus críticas, con la espada de Amadis de Gaula, el primer libro que me regaló mi tío Benedicto, y el prólogo era de Borges.

Con cuántas malvas, con los inviernos de París o detrás de un espejo en una calle; en un rancho de Cotiza, en mis pasos a la escuela de desnudos y estatuas de la ciudad del Ávila. Donde vi de un recorte de una revista a Frida Kahlo y su descripción erótica y surrealista era de Jorge Luis Borges. . .

Y la obra de este notable sureño que rechazó el Premio Nobel de Literatura.

El imaginario de cuentos y relatos con laberintos, pesadillas, hasta saber la angustia humana. Con una esencia al igual que Cortázar, Cesar Airá o todo mágico en lo tierno y de otra humanidad más hecha de los presentimientos. Porque  leernos «El Aleph» se siente como de la forma regresa meditando sus delirios del niño que vivió entre países, embajadas,  naciones y pueblos.

Para sabernos «La Biblioteca de Babel» de quien el italiano Umberto Eco se aprendió la significación del más importante narrador de América y desde allí «La Muerte de La Brújula», cuando «El Nombre de la Rosa» llevó los vocablos del medioevo, pero con la puntualidad de Borges.

Vino pues el amanecer, contemplé el retrato de Giulliana, mi arquitecto, mi primera nieta. Estampa perfecta de mi madre. Como venida de esta noche cuando la lluvia posa viajera a mi ventana. Y sobre espacios del alma viene de colores la más hermosa mujer que he visto desde los bronces al mármol…

Del agua del rio.

De la noche santa…

Con elegancia de un libro de Jorge Luis Borges desde el mar del plata, con las semillas de las voces cantando aquellos romances entre la luna y una estrella, en los panes con vinos o los libros de las librerías, sobre las imágenes de una cinta de cine y un padre nuestro copiado de un profeta muy antiguo por el rabino  de Nazaret.

Para llorar después de escuchar a «Cambalache» de: Enrique Santos Dicepulo muy entero de las desigualdades humanas entre las cartas de la guerrillera de la noche merideña quien llevaba un libro de Borges y me lo regaló  a cambio de mi pañuelo con un dibujo de mis tormentos.

Volver aAlfonsina Storni. Después de un cantar. Que venía de Lugones, cuando Abelardo Castillo desdibujado y Alexandra Pizarnik leyendo al volver más adentro de todos los camerinos. Para los aplausos vividos después de leer a Montiel o hablar de la guerra con los llantos en las barricadas… con la fuerza del poeta argentino en las meditaciones que hace la vida.

«Que ser fiel no es una obligación, sino un verdadero placer cuando el amor es el dueño de ti.

Eso es vivir…La vida es bella con su ir y venir, con sus sabores y sinsabores…

Aprendí a vivir y disfrutar cada detalle, aprendí de los errores pero no vivo pensando en ellos, pues siempre suelen ser un recuerdo amargo que te impide seguir adelante, pues, hay errores irremediables.

Las heridas fuertes nunca se borran de tu corazón pero siempre hay alguien realmente  dispuesto a sanarlas, con la ayuda de un cielo. Camina de la mano de Dios, todo mejora siempre.

Y no te esfuerces demasiado, que las mejores cosas de la vida suceden cuando menos te las esperas.

No las busques, ellas te buscan. “Lo mejor está por venir”…

Por fin el amanecer dejó un anuncio del alba desde la campana de la torre gótica y allí coloqué una flor en la desnudez del libro de las obras de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges.

Sonaron las golondrinas. Mientras el azul nació de nuevo en la aurora desde una  librería de Babel…

Doctor en Arte. Narrador, Cronista, Muralista Nacional, Artista Plástico, Dramaturgo, Escritor. Premio Internacional de Dibujo “Joan Miró” 1986. Barcelona-España.

 

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