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La encrucijada poética de Luis Gilberto Caraballo aviva nuestro mundo

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Nada se separa en la lírica de Luis Gilberto Caraballo. Infatigable y enjundioso en descubrir nuestra condición humana. Su “arpa silente” trastoca la realidad. Es el silencio del aroma donde la noche y el alba se unen. Quietud y olvido, al mismo tiempo. Su verso irreverente entrecruza el tiempo y se refugia entre la pasión y el sueño. El viento con sus tentáculos invisibles todo lo toca y suaviza. El lienzo se abre y deja oír el permanente silencio. El amplio ventanal nos relanza hacia el infinito donde los recuerdos vuelven y se evaporan.

La quietud nos espera en la narrativa del poeta. Silencio oportuno después de una afanosa tarea en la urbe, lugar donde purgan las penas muchas almas andantes con antifaces, mordazas o fragmentos de tela en sus angustiados rostros. Ahora el aliento se respira más fresco en el interior de una alcoba embriagada de amor furtivo. El verdor hace agradable el ambiente y las miradas se buscan para revitalizar la existencia humana.

Luis Gilberto Caraballo despierta los sentidos. Su poesía nos arrastra por la quietud y la entrega. Fatiga la carne, el aliento y las miradas en cada movimiento elíptico. Nos hundimos en la lujuria y la candidez, mientras la sombra de la cotidianidad yace oculta. Florecen sueños, emociones, alegrías y llantos. Es nuestra alma en contubernio que se energiza y desgasta al mismo tiempo. Luego viene la quietud para romper la pasión. Es un hálito de silencio que embriaga en derredor y nos traslada a los brazos de Morfeo hasta que el alba se atreva a despertarnos.

El beso aparece de nuevo, ya no fulgurante ni vivaz. Es mucho más tierno y compasivo. La vivencia de dos amantes, ahora transfigurados en seres hermanados. Afuera, se respira otro aire. Pandemia, garabatos discursivos y ambiente palaciego que se derrumba al mismo ritmo de la esperanza colectiva. Distante a ese túnel citadino, la voz poética de Luis Gilberto Caraballo emerge como un torrente de frescura y amor.

El poeta se vuelve un gigante. Cabalga libremente con su verso en el desenfrenado mundo de los sentidos. Silencio, vivacidad, pasión y ternura hacen una sinergia melódica en cada trozo poético.  Forcejea entre luciérnagas que se han ido revoloteando su brillantez en la noche borrascosa y cantos de gallos que despuntan el amanecer.

Es un entretejido lírico que deambula por doquier y despierta el alma. Un compás de versos furtivos, cuya melodía disfrutamos a placer. El poeta aviva, crea y se vuelve irreverente con su arpa. Recordará sus horas embriaguez. Discurre en su mente ideas vagas que configura el acantilado amoroso. Abre el ventanal y olvida su confinamiento íntimo.

Afuera, el espíritu pandémico, escurridizo como cualquier maleante, acecha y se propaga en el tortuoso camino.

Luis Gilberto vuelve la mirada al espejo. Su rostro muestra el sosiego de un intelectual que ha vencido la noche.  Vuelve a tocar el arpa invisible. Dentro de pocas horas estará en una estación apretujada de voces desesperadas por la llegada de un escaso transporte. Por ahora, toca el pentagrama poético. El espejo le refleja que es una gota inexorable del cosmos, indomable y con ansias de conquistar todo a su alrededor. Es su prosa la poderosa arma que le permitirá tal osadía. Disfrutemos, pues, del arpa silente de este gran poeta  caraqueño para avizorar los eventos azarosos de nuestra alma inquieta.

 

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