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Óscar Morales: Rumbo al gobierno en el exilio o virtual

 

Todos los días se afianza la idea de que en nuestro país el gobierno es el juez. Todos los días queda más claro que el régimen autoritario de Nicolás Maduro capitaliza con la violencia y el miedo. Todos los días nos convencemos más de que los fallos políticos superan los fallos jurídicos. En fin, todos los días profundizamos el desprecio al imperio de la ley.

Por si fuera poco, todo indica que en diciembre se harán las elecciones parlamentarias y Hermann Escarrá ya tiene la nueva Constitución redactada -con punto y coma- para proponérsela a la Asamblea Nacional que se elija próximamente.

Por otro lado, Elliot Abrams (enviado especial del Departamento de Estado de Estados Unidos ante Venezuela) en una entrevista concedida a un canal colombiano nos dice que nos olvidemos del “rescate mágico” que algunos líderes de oposición desean, y que, parafraseando, mejor sería que nos organicemos internamente, articulemos fuerzas y hagamos un esfuerzo adicional por hablar el mismo idioma.

Asimismo, persistimos en alimentar ese lenguaje que solamente se escucha en los círculos de las bandas criminales y grupos mafiosos: “traidor”, “enemigo”, “renegado” o “judas”. Sabiendo muy bien el enorme daño que se hace -muchas veces irreparable-. En otras palabras, agudizamos la lógica polarizante que tanto detestamos y, evidentemente, que tanto ha destrozado a la sociedad venezolana. Y estas actuaciones es sin estar en Miraflores, no me quiero imaginar cómo se comportarían con el “coroto” en mano.

Desde hace rato necesitamos cambiar la estrategia porque, más allá del covid-19, estamos en una paralización pavorosa que nos pone un signo de interrogación gigantesco cuando miramos el futuro. Maduro y Cía apostaron fuerte y tomaron la decisión de indultar a muchos presos políticos. Queramos o no, ese es su juego y su apuesta.

¿Y nosotros qué carta jugamos? Parece que unos recurrieron al “yo no fui, fue teté”, algunos prefirieron rasgar vestiduras mostrándose más venezolano y patriota que otros y, todavía más, otros se encargaron de medir quién era el más puro y casto del grupo.

Así pues, seguimos en esta historia sin final que no comprende cómo es posible que teniendo a nuestro favor una mayoría ciudadana, al mismo tiempo no tenga una conducción clara que marque el camino hacia la transición a la democracia. O, en palabras más simples y dolorosas: la tripulación quiere llegar al mismo puerto, pero navega sin capitán.

Desgraciadamente, no es posible encontrarnos en reglas y normas básicas de convivencia para arreglar nuestras diferencias. Por lo tanto, si el viento sigue soplando igual, lo más probable es que nos lleve a la conformación de un gobierno en el exilio o un gobierno virtual/digital (que administre mucho menos de lo que hoy pudieran estar administrando, por cierto).

 

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