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La herida narcisista de los Emiratos

El príncipe heredero Mohammed bin Zayed al Nahyan junto con altos funcionarios emiratíes Foto: en.kremlin.ru CC BY 4.0

 

Se dice que Nicolas Copérnico provocó, a fines de la Edad Media, un gran malestar en el poder establecido al demostrar que la Tierra no es el centro del sistema solar, y por lo tanto el hombre no es el motivo central del Universo. Posteriormente, llegó Sigmund Freud para echar más sal a la herida narcisista al indicar que el ser humano tampoco es siquiera completamente dueño de su propio estado psíquico.

Por Pablo Sklarevich

En algún sentido similar, el acuerdo de Emiratos Árabes Unidos e Israel para normalizar las relaciones ha dejado al desnudo lo que muchos diplomáticos y analistas occidentales no querían ver: que la disputa israelí-palestina no es el nudo gordiano que una vez desatado resuelve todos los conflictos del Oriente Medio.

Más aún, lejos de ser una dramática revolución, como lo fue la visita, a fines de los años setenta, del entonces presidente egipcio Anwar Sadat a Jerusalén, el pacto entre Emiratos e Israel ha sido más bien resultado de un proceso gradual, que pone al descubierto más de veinte años de relaciones clandestinas.

En perspectiva, parece obvio, que los palestinos no han sabido aprovechar las oportunidades históricas que se les presentaron para llegar a un acuerdo de paz definitivo con Israel, que requería un duro compromiso, creyendo que el tiempo estaba a su favor. Y ahora no es claro que dichas posibilidades volverán.

Para colmo, se encuentran estratégicamente fragmentados con los islamistas de Hamás, que gobiernan con mano dura la Franja de Gaza, rechazan los Acuerdos de Oslo y proclaman la destrucción de Israel, por un lado; y los líderes del movimiento Fatah, la columna vertebral de la Autoridad Palestina, -que mantiene a raya a los islamistas en las partes del territorio de Cisjordania (Judea y Samaria) que controla por medio de una fuerza policial entrenada por Jordania, y la asistencia de las fuerzas armadas israelíes-, por el otro.

Como si fuera poco, el contexto geopolítico actual del Oriente Medio se caracteriza no solo por el caos desatado por la llamada “Primavera Árabe” sino también por la aspiración de Estados Unidos de retirarse de la zona y por la peculiaridad de que ninguna de las potencias regionales: Irán, Turquía e Israel, es árabe.

Por ello, bajo este telón de fondo, no sería de extrañar que el imperialismo de los ayatollahs iraníes y la presión islamista de Turquía haya empujado paradójicamente a los países árabes sunitas a los brazos de Israel.

 

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