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Rafael del Naranco: Un pedazo de alcalina

 

Aún habiendo trascurrido muchos años, recuerdo el pequeño transistor de pilas que a nuestra madre le acompañó media vida. Con ese pedazo de alcalina, la soledad se le hizo algo más llevadera y el mundo que se alejaba ineludiblemente de sus ojos, se le ondulaba entre sus bucles blancos.

Madre Isabel cuando hablaba, lo hacía hacia dentro; tantos años viviendo sola que aprendió a conversar con ella misma. Era una mujer de monólogo permanente. Cuando de tarde en tarde yo me acercaba a la vivienda en barrio del Llano del Medio en el Gijón de  nuestra nacencia, sus ojos se encendían de luz, y me hablaba  como si jamás hubiese abandonado el hogar materno.

Ella solía hacer verduras y buñuelos con frecuencia. Los domingos, toronja, mientras  sobre el blanco aparador de la cocina, su transistor  le unía como cordón umbilical con el mundo. Jamás tan insignificante aparato de hizo más en la vida de una persona. Un día, era yo niño, se le cayó al suelo y se abrió por completo; aún funcionaba cuando lo tomó en sus manos, pero estaba destartalado y se veían las tripas de sus diminutos condensadores. Con cinta adhesiva lo curó y así duró años.

En el hospital, el menudo receptor fue su única compañía durante meses. Como siempre en estos últimos largos años, no pude estar a su lado cuando partió hacia la eterna grandeza que los poetas envuelven en poesía y trigo. No tuve tiempo de decirle adiós, pero se hizo lo que yo hubiera deseado: colocar entre sus manos, a modo de un rosario, el viejo radio. Con él la enterraron para que pudiera en el Cementerio de Ciares, seguir escuchando melodía y cantilenas, anuncios de detergentes y novelas estilo “Ama Rosa”.

Ahora el recuerdo del insignificante aparato vino a mi memoria al estar escribiendo un diálogo con mi madre. Era otoño y seguía en su salita apretada su receptor de pilas. La besé y le hablé  en susurro:

– Madre, me voy a América, directamente a Venezuela.

No movió ni un músculo de su rostro tejido de arrugas, parecía que estaba lejos, entre los prados inclinados del cercano cementerio Roces sembrado de castaños y chopos.

-Ya lo sé.

– Pero, ¿quién te lo ha dicho?

– Nadie. La sangre de una madre avisa cuando un hijo va a partir. Ella, igual a la saliva, no engaña. Siempre he sabido cuando estabas enfermo porque la saliva se cuajaba en mi boca, y conocí de tu partida en el momento en que la sangre comenzó a caminar despacio por mis venas.

– Será por poco tiempo, regresaré.

– El tiempo no existe cuando se es joven. Almuerza.

Tomó el pequeño transistor y fue a sentarse con él cerca de la ventana. Fuera, el viento del norte venido del mar Cantábrico aullaba.

– Hijo, en el aparador, dentro de un tarro vacío de mermelada, hay un poco de dinero. Tómalo, te hará falta. ¿Hace frío en América?

– Creo que no.

– Eso es bueno.

Inclinó la cabeza sobre el cristal, mientras la música escapada  de su radio arropaba su cuerpo.

 

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