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Juan Arias: Brasil se hunde trágicamente

 

A los ojos del mundo como un Titanic político

¿Qué le está pasando a Brasil que aparece ante los ojos del mundo como un nuevo Titanic que cada día se va resquebrajando políticamente con efectos perversos en la economía que va ahogando a los más débiles?

La nueva podredumbre que está apareciendo en Río de Janeiro con nuevos y graves presuntos escándalos de corrupción política que abraza ya a cuatro gobernadores seguidos y las feroces intrigas de poder que van surgiendo están poniendo de rodillas a uno de los Estados más importantes del país. Río de Janeiro ha sido siempre un escaparate mundial de belleza y objeto de deseo del turismo mundial.

Y todo parece cada día más grave porque de las entrañas de los casos de corrupción aparece esta vez el saqueo de dinero destinado a la lucha contra la pandemia. Y ya más que una ola de corrupción política y empresarial, todo parece indicar que estamos ante una lucha feroz en vistas a las presidenciales del 2022 y en vistas a una posible reelección de Bolsonaro.

Y mientras el jefe del Estado amenaza con quebrar a puñetazos la cara de los periodistas que lo interrogan sobre los presuntos escándalos de su familia, en todo el país se entabla una lucha entre los diferentes poderes que actúan cada día más a las espaldas de la sociedad en guerras intestinas.

Siempre se dijo que Brasil, el quinto mayor país del mundo, corazón económico de América Latina, estaba llamado a ejercer un papel importante entre las demás potencias mundiales. Y desde fuera miraban con sorpresa y admiración el desarrollo económico y cultural del país que se fue ganando la simpatía mundial.

Hoy el cielo del astro brasileño ha empezado a ensombrecerse y parece más bien un país abandonado a su suerte, ya que la corrupción y la pequeñez de sus dirigentes están poniendo de manifiesto el cáncer que lo devora desde dentro del poder paralizando el ímpetu que empezaba a tener dentro y fuera de sus fronteras.

En medio de esa guerra entre los poderes y las amenazas de golpes de Estado, cada siete horas una mujer es asesinada en el país y de ellas la mayoría son negras o mestizas. En Brasil se van deteriorando todas las instituciones, los graves y atávicos problemas que este país nunca supo resolver como la violencia y el racismo y la escandalosa distribución de la renta.

Brasil empieza a ser un clásico en el mundo de cómo mueren las democracias y de cómo se van deteriorando sus instituciones en una cadena infernal.

Y hoy que el mundo está en emergencia por la pandemia y cuando más necesidad existe de que los poderes de los Estados sean fuertes y capaces de hacer frente a esa crisis, Brasil se va hundiendo a cada día con el descubrimiento de nuevas tramas de poder y luchas intestinas.

De ahí la urgencia para que las fuerzas de la sociedad y la oposición a un Gobierno, cada vez más atropellado por las torpezas de sus gobernantes y sus mezquinas ambiciones, sean capaces de salvar a un país cuya colaboración en el ajedrez mundial se hace cada día más importante dentro y fuera del continente.

Brasil no es un país bananero de América del sur. Tiene vocación de influencia en la política global cada día más involucrada en el retroceso de los valores de la libertad y en la defensa de los derechos humanos en los que la pandemia está abriendo nuevas brechas.

Brasil necesita cada día con mayor urgencia una justicia menos politizada y de una política menos judicializada en un escenario donde cada una de las instituciones del Estado sea capaz de mantener su independencia y de actuar en bien de toda la comunidad. Lo que hoy vemos, es un país cada vez más supeditado a una política con minúscula volcada a mantener y extender sus privilegios a espaldas de una sociedad cada día más perpleja y desilusionada.

Si un día el mundo miraba hasta con envidia el desarrollo económico y social de Brasil, hoy corre el peligro de verse cada vez más apartado de los centros donde se fragua el poder mundial. Una mesa de la que el país se aleja cada día aplastado por la quiebra de sus mejores valores mientras se marchitan para los más pobres las esperanzas que los estaban redimiendo de su infierno de pasadas esclavitudes.

Que los políticos y jueces en vez de pensar en elecciones y reelecciones en pura clave de poder, y en vez de trabajar para acaparar más privilegios que escandalizan a la gente común que tiene que sacrificarse para poder comer, sean capaces de una renovación, algo que se hace más urgente y vital a cada día que pasa y a cada nuevo escándalo que surge de sus propias entrañas.

El Brasil verdadero, el de sus tantas riquezas materiales y espirituales acumuladas a través de los siglos necesita, con urgencia, de nuevos líderes y estadistas que sean capaces de hacer renacer su verdadera identidad de los escombros de tanta indignidad institucional.

 

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