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El trabajo informal en cuarentena es un delito en Venezuela

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Con cerca de un 60% de la población en la informalidad y sumergidos en una crisis económica, política y social que se arrastra desde hace años, los ciudadanos venezolanos ya no pueden quedarse en casa y deben salir a buscar el sustento, pese a la cuarentena que está vigente en el país desde el 16 de marzo.

En la capital Caracas, son muchos los lugares que ya reconocen que han tenido que comenzar a hacer trabajo «clandestino» en la lucha por la supervivencia.

«Ahora trabajar en Venezuela es un delito. Si se trabaja los días que no hay flexibilización se lo llevan preso, nos ponen multas. Sé que hay que cuidarnos, pero es demasiado», explica a EFE Emilsen, propietaria de un taller en el municipio Sucre, uno de los que componen el distrito metropolitano de Caracas y que ha sido particularmente golpeado por la COVID-19.

– El miedo a la crisis económica pesa –

A diferencia de Venezuela, Brasil y México, dos de los países más afectados por la pandemia en América Latina, viven su «nueva normalidad» desde junio y julio, respectivamente, mientras que en Colombia el Gobierno le permitió al comercio no esencial abrir sus puertas hace dos meses.

En común, los cuatro países comparten el hecho de que, para muchos, la cuarentena ha sido un lujo que jamás han podido permitirse, a pesar de que América es el epicentro de la pandemia, con casi 450.000 muertos y unos 12,5 millones de casos.

La vendedora colombiana y madre cabeza de familia Ivón López también se vio obligada a volver a las calles del populoso barrio La Alquería, en el sur de Bogotá, a fin de asegurar el sustento de su hija y de su padre.

«Uno debe ser consciente de que este virus está matando mucha gente, de que nos debemos cuidar, pero vamos al tema de que ‘quédate en casa’, que es quédate en casa aguantando hambre (…) a que lo echen a uno de donde vive, que no pueda uno trabajar, que no pueda uno conseguir su sustento diario. Es terrible», asegura López, quien trabaja en una tienda de telas del barrio, declarado como zona permanente de cuidado preventivo por sus aglomeraciones diarias.

En Sao Paulo, Santos también vio su renta desplomarse desde los 3.500 reales (unos 635 dólares) hasta los 1.000 reales (180 dólares) al mes, ya que algunos de sus empleadores le dijeron «que ya no fuera trabajar, por miedo de contagiarse, y simplemente dejaron de pagar».

La empleada del hogar y su marido, un conductor de camión que tiene diabetes, pero que no tuvo la opción de recluirse en casa a pesar de ser grupo de riesgo, llegaron incluso a solicitar un auxilio financiero de 600 reales (108 dólares) concedido por el Gobierno brasileño, pero la ayuda nunca llegó.

Y es que a la emergencia sanitaria se suma la fuerte crisis económica que golpeó a Latinoamérica, por lo que muchos trabajadores tuvieron que reinventarse para garantizar la comida.

El albañil venezolano Carlos Salazar, reconvertido en vendedor de tapabocas caseros, cosidos por su esposa, recorre ahora las calles que dan ingreso a Petare, el barrio más grande de Venezuela.

Allí, como en el resto de sectores populares de Caracas, no saben de jornadas de flexibilización y días de cuarentena radical: «Todos duramos hasta las 10 de la mañana, nada más, y en lo que los policías nos dicen que nos vayamos, nos vamos».

– El virus «llegó en avión» pero se extendió en los arrabales» –

Si bien el coronavirus ha llegado a Latinoamérica «en avión» junto a personas adineradas, según admitió recientemente el subsecretario de Salud de México, Hugo López-Gatell, autoridades y científicos coinciden en que la enfermedad rápidamente se extendió por zonas suburbanas empobrecidas.

De acuerdo con un estudio realizado por la Universidad de Sao Paulo (USP) -referencia en Latinoamérica-, el riesgo de muerte por COVID-19 es un 50% más elevado entre personas que residen en las áreas más pobres de Sao Paulo que en barrios céntricos y nobles, una realidad que también se siente en los demás países de Latinoamérica.

Así, mientras que los residentes de las regiones más abastadas se recluyen en sus viviendas y apartamentos, los habitantes de zonas más empobrecidas tienen en el miedo al virus y en la supervivencia la cara y la cruz de la misma moneda.

En algunas zonas, incluso, los ciudadanos no solo no pueden respetar el aislamiento sino tampoco las medidas higiénicas que piden las autoridades, una tónica que se repite ya sea en Brasil, Venezuela, Colombia o México y expone el profundo abismo social que marca la región.

«El agua brilla por su ausencia, estamos mal en Venezuela no solo por la pandemia sino por todo lo que conlleva», explica Emilsen acerca del suministro básico para poder lavarse las manos y prevenir los contagios en el área metropolitana de Caracas, que le llega una vez cada semana o cada 15 días

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