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Carlos Mendoza Pottellá: Debate petrolero en tiempos de desastre y pandemia

 

Tiempos de desastre puede ser una caracterización benévola para los que estamos viviendo. Nos encontramos en lo profundo de un foso y los pronósticos indican la llegada de las lluvias  que lo inundarán.

Sectores sociales, individualidades  y grupos de intereses, nacionales y extranjeros, disputan enconadamente sobre los escombros de nuestra industria petrolera. Cada uno tiene su diagnóstico particular y sus consecuentes propuestas.

Ninguna pugna interesada debería sorprendernos hoy, dada nuestra larga historia de posiciones enfrentadas en cuanto al uso, disposición y aprovechamiento del recurso que ha sido el eje de la economía y la sociedad venezolana durante más de cien años.

En lo personal, y tal como lo he manifestado en otras oportunidades, debo reconocer mi ubicación dentro un sector controversial y  controvertido de la opinión pública nacional en materia petrolera, desde el cual he  encarado la autoimpuesta tarea de hacer crónica periódica de tales asuntos.

Pero en las circunstancias actuales, creo que la definición del curso a seguir como Nación, aquél que nos permitiría salir medianamente ilesos de esa profunda sima en la cual nos encontramos todos, debe concitar la búsqueda, en el seno de la sociedad y de la opinión pública, de una zona de consenso, de un acuerdo mínimo que impida que nos matemos para provecho de terceros.

Desde luego, se trata de una tarea cuya factibilidad linda con lo ilusorio, al considerar las posibilidades de superar conflictos antagónicos, característicos de una sociedad como la nuestra, en la cual, cada sector de intereses particulares encubre la búsqueda de su provecho egoísta bajo el manto del interés general, al tiempo que asistimos inermes al desmoronamiento ético del discurso político, porque los propósitos de igualdad social  conviven sin sonrojos con los  manejos corruptos y la proliferación de fortunas privadas alimentadas por el control mafioso de posiciones de poder.

Por todo ello, ese indispensable consenso debe pasar por el tamiz previo del restablecimiento moral del país, amén de la creación de un espacio de convivencia y respeto a la divergencia. Sin dar cuartel, pero respetando  la legitimidad de las posiciones que cada quien defienda y someta a la evaluación pública.

Esta reflexión viene a cuento, además, por la preocupación personal ante el nivel en el cual se está desarrollando el debate petrolero contemporáneo, donde prolifera la audacia ignorante con pretensiones de experticia.

Un reciente evento de la picaresca política nacional retrata lo que quiero expresar: Un político de medio pelo interpretó,  según su conveniencia, el registro, en la reciente edición  del Boletín Mensual de la OPEP, de la producción petrolera venezolana correspondiente al mes de julio, 339 mil barriles diarios, según fuentes secundarias -trágica cifra, equivalente a las registradas en los años 30 del siglo pasado- para anunciar, con amplia difusión por todos los medios de comunicación y redes sociales del país, que “la OPEP ha dejado de certificar a Venezuela como país petrolero”.

En un país completamente desinformado sobre la materia, muy pocos pusieron en duda tan temeraria afirmación, cuyo objetivo era difundir, en medio del escándalo mediático, su  consigna salvadora: “hay que privatizar ya a la industria petrolera”.

Ello propició que otro  experto petrolero aprovechara la ola para echar más leña al fuego anti-OPEP sin desmentir el bulo. Por mi parte recibí tres consultas radiofónicas sobre el tema, en una de las cuales el productor del programa  me espetó la siguiente interrogante ¿Y Pérez Alfonzo presidió la OPEP en tiempos de la nacionalización, verdad?

Sin embargo, la motivación original de estas líneas, me lleva a referirme, en particular, a aquéllos cuya reconocida experiencia les da autoridad para menospreciar y tildar de pirata a todo aquél que, sin haber visto en su vida una torre de destilación o un flexicoker, o no sepa interpretar  registros de sísmica tridimensional, opine críticamente sobre la factibilidad social y económica de proyectos fantasiosos, cimentados en la disposición a la ligera de fondos públicos.

Y es precisamente en uno de esos  campos reservados, el de los proyectos para el desarrollo de las operaciones petroleras “aguas abajo”, en el cual quiero inscribir,  en esta oportunidad, mis profanas opiniones.

En efecto, expondré en lo que sigue un conjunto de hechos y circunstancias históricas que me han llevado a considerar que el solipsismo tecnocrático, ombliguismo, diríamos en lenguaje ordinario, ha sido aprovechado siempre por fuerzas políticas y sectores sociales, nativos y foráneos, ajenos al interés colectivo, para conducir a la industria petrolera venezolana a emprendimientos desastrosos, verbigracia la “Internacionalización”, los “Megaproyectos” y los “Planes de la Patria” de la Faja del Orinoco, a todos los cuales me he referido con insistencia crítica en otras oportunidades. [1]

Paradójicamente, gran parte de los fiascos mencionados parten de un legítimo y ancestral anhelo nacional:

Dejar de ser simples productores de materia prima y avanzar en la manufactura, en el desarrollo de una cadena de procesos “downstream” que nos permitan agregar valor a la materia prima.

De tal suerte, la instalación de refinerías en el país fue una aspiración nacional, al menos desde los tiempos de Eleazar López Contreras, cuando un diputado zuliano, Manuel Matos Romero, sugirió que estaba dispuesto a incinerarse frente al Congreso Nacional al estilo bonzo, -método de suicidio ritual budista que no era conocido entonces en el país, ni en el mundo occidental en general, porque sólo fue popularizado en tiempos de la Guerra de Vietnam- si no se daban los pasos concretos para refinar en el país al menos parte de la producción nacional de crudo.

Esa aspiración nacional fue concretada en 1943, con el convenio suscrito entre el gobierno de Isaías Medina Angarita y las concesionarias petroleras, mediante el cual, además de una nueva Ley de Hidrocarburos, se dispuso la construcción de las cuatro grandes refinerías de Amuay, Cardón, Puerto La Cruz y El Palito.

Las tres primeras  comenzaron a funcionar en 1950 y la última en 1960.

Como suele suceder en los negocios de inocentes palomas con avezados gavilanes, las concesionarias petroleras se dieron maña para instalar en el país cuatro grandes “cafeteras rusas”, de escasa profundidad de procesamiento, meras destiladoras, cuya producción de gasolinas, querosén, diesel y otros gasóleos, no llegaba al 40% del crudo procesado, siendo su principal producto el residual, elegantemente conocido como “fuel oil”, de precio inferior al del crudo del cual provenía.

Cuando llegó a su máxima capacidad, Amuay poseía la mayor unidad de destilación atmosférica del mundo: 300 mil barriles diarios y una desproporcionadamente pequeña capacidad de conversión, medida en decenas de miles de barriles diarios.

La refinación se convirtió aquí, desde entonces -y como de hecho lo era en todo el mundo- en un “centro de costos”, instrumento eficiente para mermar la participación nacional en el negocio medular: la producción de crudos.

Sin embargo, la mitología parroquial, la mencionada aspiración de dejar de ser sólo exportadores de materias primas, se ha convertido –reitero- en medio propiciatorio para venderle al país, en todas las épocas, proyectos ruinosos, inviables económicamente, desde la petroquímica de tecnología empaquetada y cobrada a precio de oro por sus licenciatarios, hasta la adquisición de refinerías en el exterior para “asegurar” mercados a nuestro crudo, cuyos resultados negativos todavía padecemos.

Todos estos logros de la estrechez tecnocrática, ajena al mundo de los mercados reales y a la factibilidad económica, han sido  factores coadyuvantes, junto a  la ignorancia generalizada,   la calva oportunidad para jugosos negocios privados y la pésima gerencia, amén del reciente cerco externo, de las actuales  circunstancias ruinosas en las cuales se encuentra la empresa petrolera pública.

Para colmo, siendo como somos los únicos seres vivos que tropezamos siempre con la misma piedra, proyectos similares se presentan hoy en el camino de su recuperación y, por ello, constituyen  otro eje motivador de esta exposición.

Por ahora vuelvo al pasado, a otros detalles de la historia de la refinación nacional a los cuales hice referencia en artículos anteriores. Con mis disculpas por la reiteración del discurso:

Una de las primeras tareas asignadas a la empresa petrolera nacionalizada, en 1976, fue precisamente, mejorar el patrón de refinación. Vale decir, salir del ruinoso esquema, ya descrito, de refinerías productoras de 60% de residual.

El cumplimiento formal de esa tarea se realizó en consonancia con los vínculos  que prevalecían en  las “operadoras nacionalizadas” con las antiguas casas matrices transnacionales, vía Contratos de Asistencia Técnica.

A despecho de proyectos integradores del proceso a nivel nacional –-v.g. Bonner and Moore– que se consideraban entonces en las instancias públicas pertinentes,  Exxon Services realizó el cambio de patrón de refinación a Lagoven  en Amuay, Shell contrató a Universal Oil Products para hacer lo propio para Maraven  en Cardón, y Mobil contrató a  una asociada tecnológica para mejorar el patrón de El Palito. Gulf Oil había concertado con British Petroleum la ejecución  esa actividad en la refinería de Puerto La Cruz, pero en el interín, esa exconcesionaria desapareció como corporación independiente en los Estados Unidos, dejando a Meneven sin “partner”. Consecuentemente, el convenio con los ingleses quedó en suspenso y la refinería oriental en la estacada de su ineficiente configuración original.

De los costos directos de esos procesos, sumados a los costos generales y automáticos de “asistencia técnica”, sólo quedan algunas muestras, como las denuncias públicas no verificadas, sobre supuestos miles de millones de dólares desembolsados por el Flexicoquer, una tecnología experimental hasta entonces, llevada a escala comercial con los fondos públicos en Amuay y certificada desde entonces como patente Exxon, la cual produce ahora dividendos a esa corporación en otras partes del mundo.

Pero aquéllos fueron apenas unos escarceos tímidos frente a lo que siguió luego: la adquisición de 19 refinerías chatarra en el exterior y los  frustrados“megaproyectos” de la Faja del Orinoco, DSMA (Desarrollo del sur de Monagas y Anzoátegui) y Guanipa 100+, para los cuales se estimaron inversiones de 100 mil millones de dólares entre 1982 y 2000. (“El Megadisparate de PDVSA”, Francisco Mieres dixit.)

Mención aparte merece el posterior, sobredimensionado y sobrefacturado  desarrollo de “mejoradores”, técnicamente justificados para convertir nuestros inmensos recursos de petróleos extrapesados y no comerciales,  en crudos sintéticos fungibles, de más de 10º API y con un menor contenido de azufre.

Concebidos en tiempos de la apertura petrolera  y abandono premeditado del consenso OPEP para el establecimiento de cuotas de producción para la defensa de los precios, y luego proyectados  contradictoriamente en tiempos de pleno y cotidiano voceo del alineamiento del país con los objetivos de esa Organización, la justificación de su instalación es expuesta por analistas de la Universidad Metropolita, con argumentos abiertamente contrarios a las políticas públicas prevalecientes entonces, los cuales constituyen, también, un dechado de estrabismo pronosticador:

“Estas reservas de crudo no-convencional han sido consideradas como fuentes amortiguadoras del mercado en momentos en que hay restricciones o gran demanda, contribuyendo a limitar los incrementos de los precios del petróleo a nivel mundial”

“ilimitadas reservas, ventajas comparativas y competitivas”.

“papel fundamental como fuente de ingreso y desarrollo industrial de Venezuela” [2]

No puedo dejar pasar la oportunidad para preguntar ¿cuáles son las ventajas comparativas y competitivas de la más costosa de las producciones petroleras del mundo? ¿Con que instrumental técnico-económico, tasas internas de retorno y análisis probabilístico de los escenarios de los mercados, se realiza esa afirmación? ¿Dónde reside la conveniencia, para un país exportador neto miembro de una organización que, en conjunto, genera más del 30% de la oferta global,  de propiciar límites al incremento de los precios de su producto? Hoy se le podría preguntar eso a Donald Trump, Secretario General de Facto del nuevo “Cartel” OPEP Plus.

Veamos pues, según la misma fuente, el programa de instalación de “mejoradores y sus costos, optimistamente estimados:

[3]

El modesto resumen de estos proyectos es el siguiente:

En adición a los 4 mejoradores que ya estaban en operación para entonces, con capacidad teórica de 650 mil barriles diarios, se proyectan diez nuevos, los cuales comenzarían a instalarse entre 2011 y 2013 en las áreas Carabobo y Junín de la Faja del Orinoco, con capacidad conjunta para procesar  2 millones 840 mil barriles diarios y alcanzar la insólita capacidad total de 3.490 mil bd de crudos mejorados.

Ocho de esos proyectos, que ya contaban con  presupuesto asignado, insumirían la módica suma de 98.400 millones de dólares durante los 4-5 años de su implantación, hasta arrancar en 2017, gestionadas por las empresas mixtas que se detallan en los cuadros insertos.

Nuevamente, dadas las circunstancias presentes, huelgan, piadosamente, los comentarios.

Los cuatro mejoradores previos, únicos  que a la postre quedaron  instalados, funcionan hasta ahora y por más de dos décadas con una ocupación reducida de su capacidad de diseño, lo cual comporta, a la postre, una evaluación negativa de la eficiencia financiera de los recursos públicos allí consumidos.

Las magnitudes megalíticas de los 10 fallidos, totalmente ajenas a las perspectivas del mercado entonces y ahora, determinaron su fracaso.

Pero es comprensible el desprecio olímpico de estos magnos planificadores hacia la modestísima y escasamente lucrativa alternativa de  mantener, reponer y ampliar la capacidad operativa de nuestras septuagenarias refinerías. Hoy, los ignaros mortales que habitamos en esta Tierra de Gracia  pagamos las consecuencias de esos sueños majestuosos.

Debo recordar aquí, tal como he relatado en otras ocasiones [4], que el énfasis en el desarrollo acelerado de la Faja del Orinoco nos fue impuesto, en tiempos de Guerra Fría, por presiones geoestratégicas para garantizar la seguridad energética de “Occidente”.

La magnitud de los montos comprometidos en esos mega proyectos mejoradores y el desarrollo concomitante de una capacidad de producción de crudos extrapesados de 1 millón 400 mil barriles diarios, determinaron, dada la competencia por recursos escasos que se generó, el abandono de nuestros campos petroleros convencionales: Ancianos y declinantes, pero todavía con una esperanza de vida productiva de petróleos livianos, medianos y pesados, de varias décadas.

Todo ese proceso se inscribe, además del señalado factor geopolítico, en el campo de la hipnosis tecnocrática, una suerte de escopolamina–burundanga, colectivamente aplicada,  mediante la cual Venezuela se convirtió, por su sola voluntad, en la depositaria de las mayores reservas petroleras del mundo  “certificadas” por la firma Ridley Scott previo el pago de 600 millones de dólares, y aceptadas como válidas por BP Statistical Review,  OPEP, AIE, IEA, y todos los órganos oficiales y extraoficiales de registro de las estadísticas petroleras. [5]

En el ejercicio de esa voluntad soberana para el cálculo de nuestras reservas, se formularon metas como las propuestas en el “Plan Estratégico Operacional PDVSA 2014”

“Incrementar el nivel de producción de crudo a 6.000 MBD para el año 2019, de los cuales 4.000 MBD provendrán dela Faja Petrolífera del Orinoco Hugo Chávez Frías.”

El mundo nos contemplaba con sonrisas benévolas. Total… las ilusiones venezolanas son inocuas, no afectan el interés general “del mercado” y se desvanecen  y reaparecen, como sombras chinescas, sin ningún efecto práctico.

Hoy contamos con seis refinerías dilapidadas, paralizadas, resistiéndose, después de décadas de descuido, con explosiones y derrames, a su restablecimiento productivo. Sumemos a ellas los cuatro “mejoradores” sobrevivientes, también casi paralizados, convertidos algunos de ellos en simples centros de mezcla de crudos extrapesados con crudos livianos o naftas -en gran proporción importados- para obtener un crudo de 16º API.

Una actividad para la cual, como se puede inferir sin ser expertos, no se requiere la costosa tecnología instalada en ellos.

Algunos creemos estar despertando del sueño, comprobando cómo fuimos estafados.

Pero  todavía hoy siguen prevaleciendo las esperanzas de que, levantadas las sanciones norteamericanas,  con una gerencia eficiente y la generosa participación de inversionistas extranjeros, será posible alcanzar el protagonismo mundial que nos otorgan nuestras reservas máximas.

A mi manera de ver, sin embargo, este sueño común a tirios y troyanos no tiene un fundamento sólido, ni en las experiencias pasadas, ni en las perspectivas actuales del negocio petrolero mundial.

Fuera de Venezuela, la posesión de refinerías y plantas petroquímicas en los países exportadores de petróleo no fue una realidad tangible sino hasta hace pocas décadas y su cuantía, independientemente de magnitudes individuales, tampoco fue, ni es ahora, significativa frente al volumen del mercado global.

Como ya referí,  las instalaciones venezolanas comenzaron su operación a partir de los años 50 con los controvertidos resultados económicos ya señalados. Hasta entonces, descontando pequeñas instalaciones para cubrir consumos locales en otros países exportadores, las grandes refinerías se instalaban mayoritariamente en los principales centros de consumo, tal como lo reflejan las estadísticas globales.

[6]

La línea casi horizontal del gráfico anterior que representa la capacidad de diseño instalada en los países miembros de la OPEP, reflejaba hasta mediados de los años 60, en su mayor parte, a la erigida desde 1950 en Venezuela.

Todavía hoy,  el paralizado Complejo Refinador de Paraguaná aparece individualmente registrado  como el segundo  mayor del mundo, con 940 mil barriles diarios de capacidad nominal de destilación, sólo   recientemente superado  por el complejo de Reliance Industries  en India.

En el resto de los países miembros de la OPEP destacan Emiratos Árabes Unidos con una refinería de 817 mil bd de capacidad, cuarta del mundo, y la de Ras Tanura en Arabia Saudita, de 550 mil bd de capacidad, décima del mundo. La más antigua de todas, Abadán, en Irán, construida originalmente en 1912 por la Anglo-Persian Company, antecesora de BP, destruida y reconstruida, tiene hoy una capacidad de 429 mil bd.

En 2018, el ranking de capacidades nominales de refinación entre los miembros de la OPEP era el siguiente:

Se observa claramente la desproporción entre la capacidad instalada de refinación en Venezuela y su producción petrolera para ese año 2018, respecto a las mismas relaciones registradas en los otros países del grupo.

Aún con una hipotética vuelta a la producción de 2 millones de barriles diarios, esa capacidad teórica de refinación sería suficiente para procesar en el país el 95% de esa producción. Si a ello le añadimos la capacidad de las 31 refinerías adicionales “planificadas” por PDVSA  para el 2030, Venezuela se convertiría en un gigante importador de petróleo.

Esa desproporción se acentúa en la catastrófica situación  actual de parálisis sus operaciones -año y medio después del registro de las cifras anteriores-  cuando esa capacidad nominal está operando a niveles muy inferiores al 10%, tal como lo percibimos todos los venezolanos, con la consecuente escasez de gasolina que mantiene paralizado en gran parte al parque automotor nacional, el cual apenas se mueve, surtido con gasolina importada.

Es claro que en la magnitud de ese diseño original   se expresaba la voluntad nacional comentada al principio, de dejar de ser un simple exportador de crudo, pero el nivel de utilización actual, amén de reflejar el efecto reciente de factores externos como las sanciones norteamericanas contra Venezuela, es también el resultado del comentado y largo abandono de esas viejas instalaciones –no restablecidas, incluso, de accidentes ocurridos hace más de una década- dado el énfasis en las frustradas pretensiones de llenar al país de los “mejoradores” que procesarían nuestras inmensas reservas extrapesadas.

Esto muestra, además, que la voluntad de construir o poseer refinerías en países exportadores netos de petróleo, contraviniendo la lógica económica imperante en ese mercado, no llegó, en ninguna parte a los niveles alcanzados por la epopeya venezolana, mezcla de liviandad en el manejo del patrimonio público y negociados privados, que condujo a la adquisición de dos decenas de chatarras en el exterior entre 1983 y 1998 [7], y la más reciente programación de PDVSA, en 2010, ya mencionada, de alcanzar en 2030 la posesión de 37 refinerías, 29 de ellas en el exterior y 8 en el país, en total, un tercio de las refinerías que poseen los Estados Unidos, de acuerdo al gráfico que, dado su nivel de absurdo irresponsable, no me canso de incorporar en mis últimos trabajos:

[8]

La irracionalidad económica original del programa “internacionalizador”,  la acabo de comprobar, una vez más, al revisar un gráfico del World Oil Outlook 2019 de la OPEP [9] :

Durante las décadas de los años 80 y 90 del siglo pasado, en el transcurso de las cuales la meritocracia venezolana desarrolló ese programa de inversiones, se registraron los máximos niveles históricos de capacidad instalada ociosa en el mundo, los cuales se espera que sean nuevamente alcanzados a mediados de la década que transcurre.

Por todo lo anterior, me pareció pertinente recordar el gráfico de los márgenes de refinación registrados en esos tiempos, (Diciembre 1991-Marzo 1994) para los crudos Arabian Light y Arabia Heavy, en las refinerías de Rotterdam y el Golfo de México (EUA),  realizado por mí en su oportunidad, y en el cual se pueden percibir, a ojos vista y pese a la mala calidad de la copia, las barras que muestran la prevalencia mayoritaria de los márgenes negativos:

[10]

Hoy, las circunstancias no han cambiado, y aunque las estadísticas hablan por sí solas, debo hacer algunos comentarios sobre las mismas, para evaluar la continua formulación de proyectos  que el optimismo ciego sigue alimentando, sin distingo, en todos los campos de la opinión pública nacional.

El grueso de la refinación mundial se concentra, hoy como siempre, en los países consumidores de derivados petroleros, a niveles tales, que los tres primeros de ellos, Estados Unidos, China y Japón, producen el 55% de la gasolina consumida en el mundo. Si incluimos a los 5 siguientes, Rusia, India, Canadá Brasil y Alemania, el referido  porcentaje alcanza al 70%.

Esas proporciones se van a mantener y a acentuar, por imperio de las circunstancias presentes y previsibles en el mercado petrolero mundial.

De hecho, así lo registraban todos los pronósticos de los principales centros generadores de los mismos, Agencia Internacional de Energía, OPEP y la Administración de Información Energética de los Estados Unidos, que datan todos del pasado mes de  diciembre y que no podían contemplar entonces los efectos de la pandemia confrontada actualmente, que evidentemente serán perversos, pero todavía no evaluables en sus reales proporciones.

Un ejemplo de las tendencias negativas para los proyectos expansivos,  previstas en diciembre por el citado OPEC WOO, es pertinente a la discusión que nos ocupa: las perspectivas de caída, a nivel global, de la utilización de la capacidad  de las refinerías en los próximos años.

Remito a la lectura de la fuente original, porque este gráfico es apenas el resumen de un detallado análisis de las perspectivas regionales y globales de la demanda de derivados, en contraste con la capacidad instalada actual, los requerimientos futuros y los proyectos de desmantelamiento y ampliación en curso. El resultado de ese análisis es la predicción  de un superávit de capacidad de refinación de más de 4 millones de barriles diarios en 1924.

A estas alturas, creo que no puedo cargar más las tintas para enfatizar mi opinión pesimista sobre la materia.

Pero sí debo insistir en la referencia inicial, la urgencia nacional, in extremis, de un acuerdo nacional que nos permita sobrevivir como país, como sociedad soberana.

La alternativa será convertirnos en tierra de nadie, a merced de los dueños del mundo, quienesquiera que ellos sean. Aunque en el debate actual hay quienes sostienen que soberanía nacional es un concepto pre-moderno y desfasado, confío en que esa no sea la opinión mayoritaria.

Referencias personales

El Poder Petrolero  y la Economía Venezolana, UCV-CDCH, Caracas 1995,

Nacionalismo Petrolero Venezolano en Cuatro Décadas, Recopilación, BCV, Colección Venezuela y Su Petróleo, Caracas 2014.

De las Concesiones a los Contratos, Visión retrospectiva de la política petrolera venezolana.  Trabajo de Ascenso, Escuela de Economía UCV, 1983, Fundación Editorial El Perro y La Rana, Caracas 2011.

Crítica Petrolera Contemporánea, FACES UCV, Caracas 2000.

https://www.aporrea.org/autores/mendoza.potella

https://petroleovenezolano.blogspot.com/

[1] En “Citgo, la Internacionalización Revisitada”, hago un resumen de esos argumentos que ahora renuevo.

https://www.aporrea.org/energia/a276427.html

[2] A. Baumeister, Y. Da Silva y S. Giadinella.  Situación a nivel de recursos humanos y materiales en los futuros proyectos para producir crudo extrapesado de la Faja Petrolífera del Orinoco. Estudio de la Universidad Metropolitana

[3]  A. Baumeister et allí. Loc. Cit.

[4] Política petrolera a la manera de los músicos del “Titanic”. https://www.aporrea.org/energia/a263621.html

[5] Al respecto escribí tres notas en Octubre de 2017, Petróleo venezolano: Recursos, reservas y fantasías, I – II, y Factor de Recobro: De las fantasías al “paquete chileno”,  las cuales me hicieron merecedor de una lluvia de acusaciones de pirata, infiltrado y otras lindezas. https://www.aporrea.org/energia/a253811.html https://www.aporrea.org/energia/a254319.html

En 2019 insistí con otro trabajo: Recursos, Reservas, Faja y Lutitas:

https://petroleovenezolano.blogspot.com/2019/02/recursos-reservas-faja-y-lutitas.html#.Xz8_dfNKjMw

[6] Mendoza P. Carlos, El Poder Petrolero  y la Economía Venezolana, UCV-CDCH, Caracas 1995,, pág 212

[7] Mendoza P. 1995, Op. Cit. Cap. V.2.3. La Internacionalización, Págs. 211-245.  Ampliada en Mendoza P.,  Nacionalismo Petrolero Venezolano en Cuatro Décadas págs.. 156-215. BCV, Colección Venezuela y Su Petróleo, Caracas 2010.

Juan Carlos Boué, La Internacionalización de PDVSA, una costosa ilusión, Fondo Editorial Darío Ramírez, Ministerio de Energía y Minas, Caracas.

Asamblea Nacional, “Comisión Especialpara investigar las irregularidades cometidas  en la celebración y ejecución de los Convenios Operativos, Asociaciones Estratégicas y negocios de Internacionalización” Mayo 2006,

[8] PDVSA Plan de la Patria 2010.

[9] OPEP, World Oil Outlook 2019,  https://woo.opec.org/pdf-download/

[10] Mendoza P. 1995, Op. Cit.,  pág. 230-231.

 

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