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Jorge F. Hernández: Armida

 

Armida heredó el nombre de su madre y llevaba por delante la Rosa de su madrina longeva, tan longeva que cuando unos gerontólogos de París viajaron a Michoacán para entrevistar ancianos, la tía Rosa, de noventa y tantos años, tuvo a bien decirles que en el pueblo de San José de Gracia “no hay viejos, que yo sepa… quizá o si acaso, busquen a Artemio que creo que ya tiene más de cien años”. En realidad, nunca he sabido de dónde viene el nombre de Armida y ahora que se me esfuma entre llantos pienso que la etimología debería consignar su sonrisa y esa manera de andar sin ver, concentrada en las aceras de cuadritos de su amado Madrid o en el paisaje lánguido de San José de Gracia, donde Michoacán es ya sinónimo de eternidad.

Armida ante un paisaje de colinas verdes y cerros ocres que cubre hasta donde alcanza la vista. Aunque parece que se ha ido andando por un párrafo de La Mancha, sé que se queda ya para siempre en México; exactamente en el último rincón de Michoacán que colinda con Jalisco. San José de Gracia que parece flotar entre casitas bajas con techos de teja, las torres de la parroquia y todo ese ruido que es el silencio, al pie de un cerro que podría llamarse Luvina aunque se llame de Larios. Ladran unos perros flacos a lo lejos, al momento en que Armida vuelve a entrar a una casa que siempre me pareció mía. Al fondo del corredor que rodea al primer patio de flores con sus columnas de madera la espera sentada en un equipal de cuero viejo su madre, Doña Armida de la Vara, con un libro de cuentos en la mano y una sonrisa que confirma la etimología de su nombre.

Armida sigue por el corredor de siglos, andando hacia el patio trasero, que en la arquitectura de mis abuelos en Guanajuato correspondía a la huerta y el corral, aunque hace más de cien años albergó una rica biblioteca decimonónica. Aquí es al revés: en donde antes hubo un duraznero, aguacate, níspero, limonero, piñón, chabacano, maguey, nopal, higuera, granado y una palma han construido una biblioteca de ensueño, coronada por una alta torre de color morado que parece ser minarete del pueblo o vigía de tantos silencios.

Allí donde antes fue troje y hogar para dos caballos, dos vacas con sus becerros, media docena de cerdos y una docena de gallinas, está la entrañable biblioteca donde he leído todas las páginas de un libro de arena que escribió un ciego vidente, enormes minucias de un sabio inglés y no pocos versos de un caballero que también habitó una torre. Aquí no transcurre el tiempo del mundo.

Armida se acerca al escritorio y como si no lo hubiese distraído, levanta la vista D. Luis González y González. Su padre intemporal mira fijamente con su ojo derecho y sonríe: en unos segundos, ha vuelto a demostrar entre la historia mayúscula con lente microscópico y el ancho amor de una familia ejemplar y entrañable. Es el amoroso contenido de los cuentos de su madre y el oficio amoroso del historiador monumental que fue el padre de la microhistoria; entre ambos, veo a Armida con la mano siempre tendida para ayudar a los demás, a sus hermanos y ancha prole, a los viajeros de diván psicológico y a los estudiantes y académicos del amplio océano de todos los saberes. La escucho coordinar y cuadricular todo lo que cuadriculaba y coordinaba en la Universidad de Guadalajara y en la inmensa FIL de libros y lectores donde nos veíamos todos los años, sabiendo que la eternidad está en San José de Gracia donde ahora la veo llegar intacta como quien camina por la calle de la Princesa en un Madrid de nieve y neblina que no amaina la inevitable tristeza de esta despedida tan llena de gratitud por todas las hojas verdes que pegaba Armida en las paredes de esa vieja casona como enredadera eterna y en la bisutería constante de su conversación, el tesón inquebrantable de su voluntad contra la enfermedad y el pesado sentido común contra toda banal ligereza de lo necio.

Ahora se me afigura que Armida es nombre de quien cuida un jardín encantado, capaz de enfrentar a oponentes de armadura y serenar el atardecer con el secreto de la tregua que ahora ha de abrazar para siempre, lejos de todo dolor y desventura, en el nido invaluable de la querencia.

 

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