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Federico Vegas: Sobre el futuro del intelectual y los ejecutivos

 

En Venezuela han ido desapareciendo los intelectuales y los ejecutivos. Ya desde hace unos años eran ocupaciones sospechosas y, en cierta medida, despreciadas. Recuerdo un chiste sobre una margariteña que iba a Caracas y salía una noche con un ejecutivo. Al regresar a Pampatar le contaba a una amiga su aventura. En la frase final el ejecutivo no sale muy bien parado, y en más de un sentido.

Los intelectuales han sido mal vistos desde los tiempos de aquel grupo llamados “Los notables”, encabezado por Arturo Uslar Pietri y contando entre sus filas al inefable Rafael Caldera. Tres décadas después, es evidente que tenían razón en sus predicciones al advertir que la democracia venezolana iba en picada y necesitaba cambios drásticos para sobrevivir, pero muchos nunca les perdonaron el no haber apoyado a Carlos Andrés Pérez después de dos golpes de Estado, facilitando el camino al chavismo. Los culpan de haber sido más cómplices de la debacle que profetas. Creo que es injusto achacarles la desgracia que habían vislumbrado y, además, meter en el mismo saco a todos los “notables” (la lista larga y variopinta incluía desde Alfredo Boulton hasta José Vicente Rangel). Si bien Uslar Pietri fue un intelectual aferrado con orgullo a su pronóstico, Rafael Caldera aprovechó políticamente su lectura de la situación. Uslar previó lo que iba a suceder; Caldera instrumentó el paso de testigo al chavismo, consiguiendo antes el sueño de retornar al poder cuando ya bordeaba su muerte, un final que coincidiría con el entierro de la democracia.

Lo cierto es que los intelectuales y los ejecutivos son personajes tan necesarios como pretenciosos y difusos. No estamos hablando de profesiones que se confirman con un título, como ser médico o ingeniero. Se trata de funciones tan genéricas y difíciles de definir como ser mago o artista. ¿Ejecutivo de qué? ¿Intelectual para qué?

Tratando de responder a estas preguntas, he encontrado que ambas ocupaciones están conectadas en una secuencia que une dos extremos. De un lado está el intelectual, quien se dedica fundamentalmente a actividades en las que predomina el uso de la inteligencia. La palabra «intelectual» está formada con el prefijo inter (entre, entrar), y lectus, que tiene que ver con leer y elegir. De manera que el intelectual es aquel que entra en un problema, lee la situación y comienza a elegir, a dilucidar. Quiero creer que no se trata de quien toma la decisión final pues, al elegir una opción definitiva se estaría de salida y ya no entrando a examinar el tema. Se es un intelectual genuino mientras se elige y todas las ofertas son factibles. De hecho, está en su naturaleza el cambiar de opinión e incluso disertar sobre la imposibilidad de tomar una decisión definitiva. Ya lo decía Einstein: “Si no hay solución es que no hay problema”.

Curiosamente, lectus puede también referirse a un lecho. Según esta tentadora variante podríamos decir que un intelectual es quien entra en la cama, un lugar propicio para barajar decisiones con más calma que cordura. Todos conocemos esa penumbra donde el inconsciente va ganando terreno y establece relaciones insólitas, a veces geniales, pero se corre el peligro de quedarse dormido y no recordar al despertar cuál era la disertación.

La palabra ejecutivo nos lleva al otro extremo. Proviene del latín exsequitus. El prefijo ex significa “ir hacia fuera”, “salir”; mientras sequi tiene que ver con “finalizar”, “consumar”. De manera que el intelectual está entrando a elegir y el ejecutivo llevando una de las opciones elegidas hasta el final.

Aquí habría que establecer una diferencia entre realizar una cosa hasta finalizarla y llevar algo hasta su final, hasta su muerte, como sucede en el caso de una ejecución. Así como el intelectual puede ser alguien que entra en su lecho y allí se queda, el ejecutivo puede ser un ejecutor. En inglés, el termino es más categórico. Un executioner es un hangman o un headsman, an official who carries out a sentence of capital punishment on a legally condemned person. Esta definición es tan letal que no necesita traducción.

Los venezolanos conocemos de sobra ambas posibilidades, la del bello durmiente y la del verdugo. Formamos parte de un país de intelectuales que nos quedamos soñando en la cama o en el exilio y de fanáticos ejecutivos del gobierno que están acabando con la vida de nuestra nación, incluyendo la naturaleza y su capacidad de renovarse.

¿Cómo se explica esta nefasta deformación de dos funciones fundamentales para conducir la nave de una nación?

Utilizo la imagen de una nave porque individual y colectivamente avanzamos por la corriente del tiempo, y en este flujo debemos intentar detenernos, pues creo que nuestra percepción de esta suerte de navegación está errada.

Acabo de escuchar en una conversación de Jorge Luis Borges con Octavio Paz una consideración que puede iluminarnos. Según algunos sicólogos, nuestra consciencia percibe el tiempo como la sucesión de un antes, un ahora y un después. Borges nos cuenta que el filósofo Francis Herbert Bradley definía el presente como el momento en que el futuro se vuelve pasado. Según esta alternativa, no vivimos siguiendo la corriente del tiempo sino en contra de esta corriente, avanzando hacia ese manantial que es el porvenir. Esta palabra, “por venir” (y no “por llegar”), nos asoma que las aguas del tiempo se vierten sobre nosotros y no a nuestro a favor. Borges cita parte de un soneto de Unamuno:

En la sombra la lluvia se diluye
y en el silencio el son de la campana;

desde su manantial, que es el mañana
eterno, y en sus negras aguas huye
aquella mi ilusión harto temprana.

Es bella y es terrible esta imagen del futuro como la fuente de una corriente, pues al tratarse de un inicio podría también ser un final. De hecho, la humanidad comienza a presentir que esa insólita y trágica finalización es cada vez más factible, una angustia azuzada por la inasible pandemia que insiste en paralizarnos.

Al mismo tiempo, es evidente que avanzar contra la corriente requiere el esfuerzo continuo de tomar las decisiones adecuadas y llevarlas a cabo con eficiencia. Venezuela es un caso extremo de lo contrario. Se jugó con nuestro destino con alegres ideologizaciones, bizarros experimentos e ilusiones “harto tardías”, esbozando insensatas teorizaciones y ejecutándolas con el único propósito de mantener el poder. La idea no era avanzar sino anclarse en una inmoral explotación en beneficio propio, y un ancla puede funcionar en la inmovilidad del espacio (el mar, con toda la fuerza de sus corrientes, permanece en el límite de su océano) pero no frente a la infinita y mutable potencia del tiempo.

Venezuela ha sido arrollada por el futuro y arrojada a un mundo primitivo que antecede a los años cuarenta (en producción de petróleo; en producción agrícola estamos llegando al siglo XIX). Pero no se trata de un retorno sino de un burdo hundimiento. La regresión que genera la corriente de un tiempo desatendido e incomprendido no te conduce dulcemente a un estado primigenio, pastoral. Se trata de un cataclismo, un deslave lleno de imprevisibles fracturas, pérdidas irrecuperables y mareos tan profundos que pierdes el sentido de la dirección y la dirección del sentido.

Si el intelectual yace en su cama elucubrando a lo largo de un mismo círculo, es porque no logra recolectar opciones válidas, factibles, conducentes, dignas de fe. Digamos que no encuentra por donde empezar. Se siente inútil, marginado. Su situación llega a ser tan aislada que podría convertirse en favorable. Séneca es un maestro vislumbrando recursos en las limitaciones. Busco al azar entre sus proverbios y consigo tres que vienen al caso:

Hay quienes pierden el día por esperar la noche, y la noche por miedo al amanecer.
Es mejor aprender cosas inútiles que no aprender nada.
Este día que tanto temes por ser el último puede ser la aurora de un día eterno.

Sobre los ejecutivos no tengo mucho que decir, aunque algo sé de lo que es ejecutar. En una época fui constructor y terminé en el consultorio de un amigo internista. Mi rodilla era indiferente al martillito de goma con que suelen golpearla suavemente. Pregunté si eso era grave. Me anunciaron que yo estaba al borde de un colapso. “¿De qué tipo?”, pregunté. “Total”, fue la breve respuesta. Mis opciones eran un manicomio o una biblioteca. Fue entonces cuando pretendí transformarme en un intelectual.

Al menos tengo claro lo que enfrentamos ante un gobierno que no solo es corrupto, también se enorgullece de ser profundamente corruptor. Las actitudes y aptitudes que promueve son las propias de un decidido y dócil verdugo capaz de afectar las vidas incluso de venezolanos que aún están por nacer. Para asomarnos a la preponderante vertiente militar, imagino que, por formación, se les da mejor el exterminio que la siembra.

Como si fueran pocos nuestros males, al agotamiento ante la corriente del tiempo se suma que el futuro se está haciendo cada día y cada noche más vertiginoso e imprevisible. No ofrece pausas para entrar ni para salir. Se trata de un proceso incesante, indetenible, que exige una conexión inmediata y fluida entre elegir y ejecutar, una suerte de sabio y competente “interejecutivo”.

Los rusos suelen decir que el pasado es impredecible. Se refieren a la imposibilidad de saber cómo el pasado va a moldear el futuro. Imaginen la dificultad de saber cómo ese nuevo futuro torrencial va a afectar el presente o, en nuestro caso, en qué medida va a condenar al pasado endémico que nos ha conquistado.

 

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