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Luis Alberto Buttó: Partidos políticos y democracia

 

Allí donde nunca haya existido y sea necesario edificarla; allí donde haya sido conculcada y sea imperativo rescatarla; o allí donde realmente opere y, en consecuencia, es menester preservarla, no puede haber democracia sin que para ello medie la vigencia de los partidos políticos.

La democracia es por definición y esencia un sistema político diseñado para canalizar el sentir, la opinión y las aspiraciones de la gente, lo que equivale a decir instrumentar la representatividad política.

Nada de ello se materializa en la práctica cotidiana sin la presencia y funcionamiento de los partidos. De allí la ecuación partidos políticos-democracia.

Obviamente, la referencia aquí hecha es a aquellos partidos políticos que con propiedad puedan denominarse como tales, no los armatostes que han hurtado el apelativo para camuflar proyectos corporativistas o personalistas.

En los primeros, los fines verdaderos son inconfesables por centrarse en la defensa de intereses grupales, independientemente se cobijan con el discurso falaz de la promoción de intereses colectivos. En los segundos, la aspiración mesiánica de sus líderes es cuanto prevalece y en ese contexto sólo florece y actúa el fanatismo de un conjunto de seguidores que, huelga recordarlo, responden en exclusiva a la irracionalidad implícita en la individualización de la política; léase, la política convertida en franquicia.

Los partidos políticos son la base de la democracia porque son estructuras sustentadas en la organización de base, independientemente del título que se le dé y la modalidad que ésta asuma en orden creciente: células, comités, seccionales, etc. En otras palabras, los partidos políticos se organizan de abajo hacia arriba para que la transformación de la sociedad descanse en los hombros de sus militantes, simpatizantes y/o adherentes, dispuestos a destinar y sumar tiempo y esfuerzo que potencie la participación constante por hacer gobierno la cosmovisión política a partir de la cual se entiende debe funcionar la sociedad.

Los partidos políticos canalizan la defensa y cristalización de los intereses difusos de la sociedad (intereses colectivos, nacionales), articulando en el discurso y en la praxis el respeto a la individualidad y el estímulo de la responsabilidad ciudadana; entiéndase, el apego a la disciplina social sin que por ello deban abjurar de su condición de entes pensantes quienes en ellos se agrupan.

Sobre el terreno, en el día a día, los partidos políticos constituyen expresión tangible de las doctrinas y acciones políticas que hacen posible la confrontación de ideas y la alternancia en el poder, elementos consustanciales a la existencia de la democracia.

Los partidos políticos brindan a la colectividad el espacio y los instrumentos imprescindibles para adquirir formación política y formación ideológica, procesos sin los cuales, aunque suene redundante, es imposible hacer política y otorgarle a dicha práctica la institucionalización que demanda en aras de que no se limite a la manifestación aislada, espontánea, desorganizada y finita del descontento social.

La formación política brindada por los partidos permite comprender que sólo el trabajo a múltiples manos garantiza que el ideal perseguido pese más que la aspiración individual de quienes lo aúpan. La formación ideológica es el escudo, la vacuna, contra la perversión de la antipolítica, fenómeno con el cual buscan coronar sus objetivos los sempiternos enemigos de la democracia. Ellos nunca van a faltar y sólo los partidos políticos pueden hacerle frente.

Así las cosas, en el caso concreto de la realidad venezolana, la promoción, el rescate, la defensa, la recolocación de los partidos políticos en las preferencias de la gente es tarea impostergable en función de canalizar la opción democrática de cara a la superación del autoritarismo dominante.

En ninguna parte del mundo hay oposición verdadera y eficiente al poder establecido sin la actuación de partidos políticos fuertes, consolidados en sus alcances sobre el tejido social. Sin ellos de por medio, indudablemente, podrán escucharse múltiples voces, equivocadas o no, sinceras o no, con proyección o no, pero, al fin y al cabo, tales gritos no pasarán de ser improductivos clamores proferidos en el desierto del universo instantáneo, no perdurable, de las redes sociales.

El asunto es pisar firme y echar bases perdurables en los intersticios de la sociedad y eso no se logra sin la organización y movilización colectiva que generan los partidos políticos.

Sin la representatividad que garantizan los partidos, las acciones políticas emprendidas siempre terminarán siendo intrascendentes, mera resonancia mediática construida por órganos e individualidades hábiles en recurrir a la propaganda inocente o malintencionada, pero sin posibilidad real de otorgarle sustentabilidad alguna al proyecto político democrático. Construir partido es construir democracia. Lo primero es lo primero.

 

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