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Ibsen Martínez: Venezuela; Oposición irrelevante y pos pandémica

 

Los dos exboinas verdes, Luke Denman y Airan Berry, reclutados por una empresa contratista de seguridad, fueron acusados, entre otros cargos, de terrorismo, tráfico ilícito de armas y concierto para delinquir. Sin garantías de ningún orden, sin el auxilio de defensores privados, fueron sentenciados en un juicio relámpago y secreto, evocación caribeña de los sótanos de la Lubyanka soviética. Junto con ellos, decenas de personas, entre civiles y militares, han sido detenidas desde mayo y permanecen literalmente secuestradas, sin hasta ahora oir cargos ni ser llevados a juicio.

En conjunto, los detenidos pueden llegar al centenar, en su mayoría desertores del Ejército venezolano reenganchados en Colombia por un antiguo general chavista con antecedentes como narcotraficante.

Denman y Berry son todo lo que queda de una delirante estrategia militar opositora, desplegada con gran aparato desde enero de 2019 por una coalición de fuerzas en apoyo del legislador Juan Guaidó y orientada a propiciar un pronunciamiento del Alto Mando venezolano que derrocase al dictador Nicolás Maduro. Ese pronunciamiento jamás se concretó.

La sentencia fue dada a conocer en un trino de la cuenta Twitter del Fiscal General de la dictadura, Tarek William Saab, abyecto ministro de la represión política, en medio de la arremetida más violenta que se recuerde del aparato policial madurista contra la inerme ciudadanía venezolana.

Las draconianas medidas de control social adoptadas por la dictadura para afrontar la actual pandemia han encubierto una nueva ola de masivas incursiones punitivas de temidos grupos de exterminio, como las muy letales FAES, en las barriadas del país donde broten protestas espontáneas. Recrudecen, así mismo, los arrestos arbitrarios, ensañados selectivamente contra periodistas independientes y personal médico y sanitario, tanto del sector público como del privado.

La grave emergencia alimentaria y las crecientes cifras de contagio y muerte nublan, a ojos de la mayoría de los venezolanos, la tragedia de una oposición sumida en una casi absoluta irrelevancia justo cuando todo conspira a favor de la consolidación de la dictadura. Contra los vaticinios más optimistas de hace año y medio, no es ya inconcebible que haya Maduro por mucho del tiempo por venir.

Sin la baza militar de su estrategia, con la casi seguridad de una derrota electoral de Donald Trump —su inconstante, tibio valedor —, y comprometido con 27 formaciones políticas, grandes y pequeñas, a no participar en un fraude electoral, ¿con qué cuentan Juan Guaidó y sus seguidores en combate contra un Nicolás Maduro probadamente dispuesto de encastillarse a cualquier precio?

El tiempo de las grandes movilizaciones que Guaidó supo inspirar con ánimo de “conmover” a los cuarteles ya pasó. No es posible avivar de nuevo aquel espíritu de enero de 2019 en mitad de una letal pandemia y con una población famélica confinada a punta de fusil.

Aunque Guaidó todavía dedica tuiteras zalamerías a unos mitológicos militares constitucionalistas, la temporada ha mostrado claramente con quién están los cuarteles: están contra nosotros. Guaidó solo logró hacer desertar a dos generales esbirros. Como saldo de la campaña iniciada en 2019, Guaidó preside un virtual Gobierno en el exilio sostenido con recursos de Washington.

La titularidad de grandes activos petroquímicos en ultramar mueve apetencias bursátiles que, sin duda, han contribuido a su sostén. Todo hay que decirlo: se trata de un singular Gobierno que sin ocupar Miraflores ya ha cosechado señalamientos de corrupción. La provisión constitucional que legitima la presidencia interina de Guaidó cesará a fines de este año.

Pero el improbable Gobierno de concordia nacional, tutelado por militares chavistas que eventualmente llamaría a elecciones libres sin Maduro no pasó de ser una hipótesis. La oposición debe aguzar ahora el ingenio estratégico. Esperemos que no incurra de nuevo en la tan venezolana aberración militarista, aunque todo es posible.

En cuanto a Maduro, aun con la industria petrolera desguazada al punto de no tener ya un solo taladro en operación, maniatado financieramente por las sanciones estadounidenses, contando ya casi únicamente con el saqueo del Arco Minero guayanés, el juego sigue vivo para él.

Tengo para mí que en un escenario de confrontación global entre potencias que, perversamente, ven en la pandemia ocasión de expandir su influencia, los autoritarios aliados de Maduro son contados pero ganosos de dar una pelea: para Maduro son muy de fiar.

Moscú aún aprueba líneas de crédito; Teherán, valga lo que valiere como potencia mundial— los expertos dicen que muy poco—, desafía sin embargo el patrullaje naval americano en el Estrecho de Ormuz y envía sus tanqueros. Por sobre todo, Maduro tiene a Cuba y a la isla le va la vida en preservar su protectorado a toda costa. De allí el recrudecer de la violencia de Estado y las torturas.

Nadie contaba en 2013 con que Maduro se sostuviese siquiera seis meses. La formidable escuela de Fidel, experta en resistencia numantina, explica en gran medida los siete años de Maduro en el poder.

Un noviembre de Biden puede traer a la dictadura alivio a las sanciones; ¿qué traería para Guaidó?

 

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