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Rafael Fauquié: Hace algunos años

 

Asistí hace algunos años en la ciudad de Bogotá a una exposición de pintores mexicanos y colombianos. En ella descubrí un pequeño cuadro de Frida Kahlo. ¿Su título? “Mi vestido cuelga aquí”; conocido también por un título más escueto: “Nueva York”, una extraordinaria representación de cierta opción del arte de nuestros días: expresar lo íntimamente propio, lo más personalmente identificador. Así, en medio de un alucinado y caótico universo de Manhattan, un Manhattan muy surrealista donde inmensos rascacielos relacionan la historia occidental, con sus creaciones y destrucciones, con su suma de aciertos y de fracasos, con su confusión y su desmesura y su abigarramiento, aparece como protagonista, en el centro de la pintura, un sencillo vestido. Expresiva ilustración de Frida Kahlo metaforizándose a sí misma, señalando su voluntad por apartarse o por surgir de entre un contexto evidentemente rechazado.

Un vestido con el que la pintora se identifica y sobre el cual diseña ciertos significados: la primacía de lo humano, por ejemplo; la alusión biográfica imponiéndose por sobre imaginarios planetarios. A la vez testimonio confidente y cómplice, ese pequeño cuadro de la Khalo expresa una manera de hablarnos, de ofrecernos versiones que desciframos desde la lucidez que nos orienta o desde la imaginación que nos permite soñar o desde los prejuicios que nos resulta imposible evitar.

Vastísimo, asequible o inasequible, inabarcable siempre, el mundo exige, para nuestra comprensión, de imágenes y voces que nos lleven a entenderlo o aceptarlo. Independiente de nosotros, indiferente a nuestra voluntad y a nuestros deseos, el mundo existe; y, desde el íntimo e ínfimo rincón de nuestra conciencia, traducimos, a nuestra manera, algunos de sus rasgos.

Formas como ese pequeño cuadro de Frida Khalo son una oportunidad para ayudarnos a entender a partir de versiones con las que nuestra conciencia pueda dialogar; una manera de acercar nuestro mundo interior al mundo del afuera, una manera de convertir esa apuesta personal que es la obra de un creador en nuestra propia apuesta. Si es realmente honesto, si no es solo una lujosa mercancía, el arte no engaña, no miente. Comunicará siempre una verdad. Con naturalidad expresará ciertas esclarecedoras particularidades de la complejidad humana.

 

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