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Timothy Garton Ash: ¿Puede Alemania salvar Europa?

 

La canciller alemana había conseguido que se pactara un paquete europeo de recuperación tras la crisis de la covid de 2020, lleno de préstamos y subvenciones para ayudar a las golpeadas economías del sur de Europa, a través de deuda compartida. La principal potencia de Europa había mantenido unas relaciones constructivas entre la UE y el Reino Unido después del Brexit, había ayudado a los ciudadanos de Polonia y Hungría a defender la democracia liberal, había frustrado los planes de Vladímir Putin gracias a su empeño de lograr una política energética europea común, había empleado el poder regulador de la UE para controlar a Facebook, había elaborado una estrategia común respecto a China y dado ejemplo a todo el mundo con el nuevo Pacto Verde europeo.

Y Alemania había hecho todo desde una posición de primus inter pares, colaborando con otros países europeos y, al mismo tiempo, con Estados Unidos y otras democracias de todo el mundo. Esta ambiciosa agenda la había llevado a cabo sin perder su forma de ejercer la política, civilizada y mediante el consenso, ni el respaldo de sus ciudadanos. Qué triunfo para Alemania y Europa al comenzar la década de 2030. Qué diferencia con la década de 1930.

Lo que espoleó mi fantasía fue el acuerdo logrado por la canciller Angela Merkel, el presidente Emmanuel Macron y los líderes institucionales europeos, en una cumbre maratoniana a mediados de julio, por el que se aprobó un paquete de 1,8 billones de euros para el presupuesto de los próximos siete años y la recuperación de la UE. El trascendental pacto fue posible por un giro importante de la posición de Alemania, que reconoció la necesidad de solidaridad fiscal. El año pasado, desconfiaba tanto de que pudiera haber grandes cambios mientras el Gobierno de la gran coalición estuviera en Berlín, que afirmé que la única manera de hacer las reformas imprescindibles en Europa era cambiar ese Gobierno. Pero la historia me ha quitado la razón como suele hacerlo, gracias a un hecho totalmente inesperado.

Con lo que Hegel llamaría la astucia de la razón en la historia, el giro que Alemania debería haber dado hace mucho se precipitó debido a un virus desconocido de origen asiático y una sentencia del tribunal constitucional alemán. El primero dejó claro, incluso a los alemanes escépticos, que los países del sur de Europa estaban padeciendo por culpa de un desastre que nadie podía achacarles a ellos y, por consiguiente, merecían un poco de solidaridad económica. La segunda, un auténtico disparo de advertencia al Banco Central Europeo, estableció que no todo podía dejarse en manos de la política monetaria del banco. También era necesaria una respuesta fiscal común. Y Merkel, tal como me atrevía a esperar en un artículo hace unos meses, ha agarrado la oportunidad con ambas manos. Me quito el sombrero.

Pero también hay otros acontecimientos más a largo plazo que sostienen mi sueño esperanzado. Berlín cuenta ya con una masa crítica de políticos, funcionarios, periodistas, think tanks y fundaciones dedicados a reflexionar sobre cuál debe ser la estrategia europea, y no solo durante la actual presidencia alemana de la Unión. Si de las elecciones generales del próximo otoño surge un Gobierno de coalición de negros y verdes (CDU/CSU y Verdes), su compromiso europeo será aún mayor. En el reciente sondeo del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores entre profesionales de la política exterior, el 97% de los entrevistados dijo que Alemania es el país más influyente de la UE y el 82% dijo que era el país “al que más se recurre”. Es decir, en Europa, Alemania es el país indispensable.

Sin embargo, despierto de mi ensoñación por un aguacero de esos que el verano británico siempre está encantado de suministrar, veo dos grandes obstáculos en el futuro. Desde la primera unificación de Alemania, hace siglo y medio, el país se ha debatido con lo que Kurt Georg Kiesinger —canciller federal en los años sesenta— denominó el problema de su “tamaño crítico”. Su casi tocayo Henry Kissinger lo expresó así: “Demasiado grande para Europa, demasiado pequeño para el mundo”. La formulación de Kissinger es brillante pero no del todo acertada. Alemania es demasiado grande para ser un país europeo más, pero no lo suficiente para ser hegemónico ni en Europa ni mucho menos en el mundo.

En consecuencia, por muy prudente que sea una estrategia alemana, no es posible materializarla sin unos socios internacionales. Los enormes retos del cambio climático y el ascenso de China como superpotencia autoritaria —que es para el mundo actual lo que la Alemania del káiser fue para la Europa de principios del XX— no pueden abordarse mientras EE UU no tenga a Joe Biden de presidente, dispuesto a regresar al internacionalismo constructivo, ni sin el compromiso estratégico de potencias como Australia, Japón e India. Los problemas de Europa no pueden resolverse sin la participación activa de Francia y España, por supuesto, pero también de Italia (lógicamente preocupada por sus problemas internos), Polonia (que ha adoptado últimamente una arcaica posición antialemana), Países Bajos y otros. En la política exterior y de seguridad, Europa necesita también el peso del Reino Unido, y ese es el gran motivo estratégico de que Merkel esté intentando lograr el acuerdo del Brexit que creo que aún será posible este otoño.

La otra gran incógnita es la opinión pública alemana. A primera vista, parece que en la sociedad hay un sólido consenso internacionalista y europeísta. Ahora bien, por debajo, existen tendencias preocupantes. El mundo exterior siempre está alerta a cualquier posible reaparición de la Gran Alemania, pero hoy predomina más la inclinación a ser la Gran Suiza: dejadnos en paz con nuestra riqueza y nuestra libertad. El estereotipo alemán de que los europeos del sur de la eurozona viven a costa de los virtuosos y trabajadores europeos del norte no ha desaparecido. El crecimiento del apoyo electoral a la xenófoba y nacionalista Alternativa por Alemania (AfD) tras la crisis de los refugiados fue una señal inquietante, igual que las informaciones fundadas de que la extrema derecha goza cada vez de más simpatías en el ejército y los servicios de seguridad. Y la sociedad alemana contemporánea no ha tenido que superar la prueba de vivir un periodo de verdaderas dificultades.

Que Donald Trump le llame a uno “delincuente” debe de ser exasperante, pero el extremismo emocional que ha alcanzado el distanciamiento de Alemania respecto a Estados Unidos va mucho más allá de un antitrumpismo eminentemente racional. Hay una auténtica miopía ideológica y geopolítica que se revela en las conclusiones de un sondeo reciente de la fundación Körber, según el cual solo el 37% de los alemanes piensa que tener relaciones estrechas con Estados Unidos es más importante que tenerlas con China; el 36% dice que es más importante llevarse bien con China y otro 13% se muestra equidistante.

Alemania no puede convencer sin más a los socios internacionales que necesita, pero lo otro sí depende de ella. Como ha explicado un destacado exembajador alemán en China, Volker Stanzel, la política exterior no puede seguir estando solo en manos de las élites. Tiene que apoyarse en un proceso mucho más amplio de educación y debate democrático. Sobre todo porque, con el “tamaño crítico” del país y los fantasmas de su pasado, el papel internacional que los alemanes deben comprender y apoyar es históricamente único y difícil y debe mantener un equilibrio muy delicado. Alemania nunca podrá ser la potencia hegemónica, pero sí el centrocampista sólido y habilidoso que mantiene unido al equipo y ni siquiera recibe aplausos cuando marca goles. A veces, esos centrocampistas son los verdaderos héroes del equipo.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Ees catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador en la Hoover Institution, Universidad de Stanford.

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