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Rafael del Naranco: La vida por hallar una costa

 

Es  sabido que el mar Mediterráneo es un perpetuo narrador de historias anónimas empujadas por un hálito cambiante a razón de sus fuertes vientos soplados por dioses.

En un instante, partiendo de Marsella, es mistral; un poco más tarde,  tramontana al rozar las costas de Nápoles  sobre los acantilados de Torre del Greco, los farallones de Sorrento y la isla de Capri. En algún lugar de los arenales de Túnez se le susurra un nombre  jazmín, y es polvoriento y seco.   Siempre es el mismo viento enrevesado  con variados nombres.

Al cruzar las columnas de Hércules, sobre Gibraltar y Ceuta –  antiguo e ignoto punto del mundo perdido – , el céfiro se vuelve vendaval tras convertirse previamente en levante o siroco.

Los emigrantes que exasperadamente parten de todos los puntos cardinales del África bruna y profunda, llegan a las desnudas costas  de Mauritania o Marruecos y suben, por el precio de todos sus ahorros en una patera para hacer la travesía de la muerte o consumar un sueño, saben de esos rachas despiadadas y traicioneras igual a fieras en celo, que salen  casi misteriosamente en cada recodo del tortuoso camino que, infinidad de veces, llega a ninguna parte

Otro año más, y el vociferado “Mar de las Civilizaciones” contempla indiferente sobre las cúspides de sus olas y sobre las altas atalayas de sus promontorios con morbosa curiosidad, la recogida de expatriados cadáveres apiñados en los afilados litorales, que al trasluz de la mañana son  igual a  racimos de uvas sobadas por las moscas.

En las páginas del libro doliente y ensangrentado,  tiznado en la distancia y el olvido ineludible entre lagrimones cercenados angustias, van contabilizados en estos días del verano, docenas de inmigrantes sin nombre flotando  en  sus aguas. No se incluyen los arrastrados hasta sus profundidades  por el traicionero mar  turquesa  tan escarbado y modulado por Konstandinos  Kavafis, Odiseo Elytis y Lawrence Durrell.

Las pateras suelen ser un resbaladizo transporte en el que los expatriados tratan de cruzar ese mar de las mil leyendas, pagando con la moneda que representa la propia vida.

La exilio crea una especie de ruptura dolorosa y muy difícil de explicar, es como un ahogo interior que los años no ayudan a amainar,  y que nos va alejando  inexorablemente de la esencia materna, del recodo donde hemos pasado la niñez y en cierta forma nos moldeó como mascaron de proa, preparándonos para  surcar el mar de la esperanza.

Quien ha sido emigrante, siente y sabe bien  de que se habla en estas laceradas líneas.

 

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