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Fernando Mires: Política y diálogo

 

Para hacer política no se requiere de la democracia. Afirmación que puede aparecer osada, lo sé. Pero si pensamos desde una perspectiva histórica, veremos que la política precede y continúa a toda democracia. La democracia, entre muchas otras, es solo una puesta en forma de la política. Y para los habitantes de diversas naciones, no es la mejor. Podemos entonces afirmar sin temor a equivocarnos: si bien no todo orden político es democrático, todo orden democrático es político.

Para que exista política se requieren solo dos condiciones: enfrentamiento no violento y diálogo. De ahí la insistente relación establecida entre política y guerra desde Hobbes, Clausewitz y Schmitt. La política en su fase originaria fue, de acuerdo a esa línea de pensamiento, guerra sin armas. El mismo Kant a quien suponemos tan lejano a Hobbes, había visto no en la guerra sino en los armisticios el origen de la política moderna (Paz Perpetua).

De acuerdo a Kant, los enemigos en política no dejan de ser enemigos pero, aunque sea por momentos, dialogan en lugar de matarse entre sí. Para eso parlamentan. Ampliando esa visión de Kant podemos afirmar que la política moderna podría ser vista como un armisticio prolongado.

Ahora bien, si toda democracia es democracia política, la democracia, en tanto forma de la política debe ser, antes que nada, institucional. Eso significa que para que la política sea democrática se requiere de instituciones que aseguren esa democracia. Ellas son muy conocidas: división de los poderes públicos y un sistema de derechos y deberes inscritos en una carta magna llamada Constitución. Por lo tanto, a lo institucional, la política democrática debe sumar lo constitucional.

La Constitución no solo es un conjunto de leyes o reglamentos, sino el medio de acuerdo al cual una nación se constituye jurídicamente frente a sí misma y frente a sus ciudadanos. Estas, la institucional y la constitucional, son bases de toda democracia. Pero, habrá que insistir, solo las bases, no la democracia en sí. Gracias a esas bases las naciones son convertidas en repúblicas, pero no todavía en democracia.

Como es sabido, todas las naciones representadas en las Naciones Unidas han adoptado la forma republicana, pero solo una minoría la democrática. Para que la república sea democrática requerimos de organismos que regulen los múltiples conflictos que se dan al interior de una república. Sin esa regulación la república puede ser dictatorial, autocrática, monárquica, pero no democrática. Eso supone en primer lugar la aceptación de los conflictos como forma política de comunicación. Y en segundo lugar, la necesidad de regularlos a fin de que sus aguas no avancen hacia los espacios de la guerra. A la vez, regular los conflictos no significa solo impedir que estos pasen de la forma política a la militar sino, además, configurar su politicidad para lo que se requiere, antes que nada, de un lugar de conflictividad, un lugar institucional dotado de espacios nacionalmente reconocidos. Ese lugar es el Parlamento.

El Parlamento es el lugar donde la ciudadanía organizada y representada en partes llamadas partidos, participa en el diseño del destino de la polis nacional a través de la dictación de leyes previamente debatidas. La deducción de esa caracterización es obvia: no puede haber orden democrático sin parlamento o, lo que es lo mismo, no existe la democracia no parlamentaria. El Parlamento es el lugar de la representación democrática a través de la cual el pueblo demográfico al votar – aún en condiciones desiguales o fraudulentas- se convierte en pueblo político.

El Parlamento es también el lugar en donde son formuladas las afirmaciones y las oposiciones propias a la ciudadanía de cada nación. Allí hablan (o parlan: parlamentan) las partes desunidas de la ciudadanía. Por lo mismo, el Parlamento no es el lugar de la unidad sino de la división, o si se prefiere, de la contradicción. La tarea de cada parlamentario es contradecir con su dicción las opiniones y discursos del adversario de turno. La contra-dicción es la sal de la política. Luego, no todo diálogo tiene que ser forzosamente amistoso. Si es político tiene que ser antagónico y por lo tanto, conflictivo.

Quien en política renuncia al diálogo, renuncia a la confrontación gramática y con ello renuncia de hecho a la política. Y quien renuncia a la política, renuncia a la democracia.

El objetivo del diálogo, inter o extra parlamentario, no lo olvidemos nunca, es devaluar al enemigo. Y devaluarlo quiere decir, ni más ni menos, intentar disminuir su poder. Por eso es que pensadores de opiniones tan diametralmente opuestas como Max Weber y Carl Schmitt, estuvieron de acuerdo en una premisa: política es lucha por el poder. Pero para que haya lucha por el poder, quien ostenta el poder debe aceptar que su adversarios continúen luchando por el poder, poder que según Arendt solo puede ser poder cuando es mayoritario (y, por lo tanto, cuando es contabilizado, se agrega aquí) Si termina la lucha por el poder, termina la política y, por ende, la democracia también.

La democracia en consecuencias, no solo es un sistema político o una forma de gobierno. La democracia, al ser lucha por el poder (lucha hablada, lucha dialogada) es su propio discurso. Eso quiere decir: cada democracia se encuentra en permanente proceso de revisión. Es perfectible, dirán los optimistas. Pero también es empeorable, agregaremos los pesimistas.

Al decir que la democracia no puede ser separada de la lucha democrática estamos afirmando que la práctica democrática no supone necesariamente la existencia de una democracia plenamente establecida. Podríamos distinguir entonces entre luchas en democracia y luchas por la democracia.

La lucha democrática es mantenida al interior de los órdenes políticos no o anti-democráticos como también en democracias precariamente constituidas. Las luchas en democracia transcurren por canales institucionales. Las luchas por la democracia, por el contrario, abren esos canales donde no los hay. Eso supone, antes de todo, que la lucha por la democracia no puede renunciar a los medios políticos. Esa, además del uso palábrico, es la diferencia fundamental entre la política de la guerra y la política democrática: En la política de la guerra el fin justifica a los medios. En la política democrática los fines están en los medios. Más aún: los medios son los fines.

La democracia – quizás en esta frase está todo dicho – no está al final de la lucha sino en la lucha misma. Y esa lucha no tiene final.

 

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