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NYT: Venezolanos caminando por las carreteras colombianas, la imagen más impactante del retroceso de América Latina

Roraima Daversa, a la izquierda, y su hijo Amado, con cubrebocas, caminaron aproximadamente 400 kilómetros desde Bogotá a Bucaramanga, tratando de regresar a Venezuela | The New York Times

 

Al menos 80.000 connacionales que emigraron a Colombia han tenido que tomar sus pertenencia y emprender su camino de vuelta a Venezuela en medio de la pandemia

En un intento de captar los efectos socioeconómicos de la pandemia en América Latina, un equipo de The New York Times hizo un recorrido por Colombia, que les permitió mostrar diversas historias de las enormes dificultades que viven los ciudadanos que habitan ese país a raíz de la paralización económica en medio de la cuarentena.

“En Colombia y en América Latina en general, en los últimos 20 años, millones de familias han salido de la pobreza en una de las regiones más desiguales del planeta. La brecha entre ricos y pobres en América Latina cayó al punto más bajo registrado. Pero, ahora, la pandemia amenaza con revertir esos logros como ningún otro fenómeno en la historia reciente”, señala el reportaje.

Pero, entre todos los escenarios que vieron los reporteros de la publicación estadounidense, el contingente de venezolanos en las carreteras del país vecino, les resultó “la imagen más impactante del retroceso de América Latina”.

Este es el testimonio de los reporteros de The New York Times sobre los caminantes venezolanos que después de huir de la crisis económica y social en su país, se ven obligados a retornar debido a pandemia:

Habíamos esperado encontrar rutas vacías. En cambio, kilómetro tras kilómetro, encontramos procesiones de migrantes venezolanos que arrastraban sus maletas de regreso a casa.

Habían llegado a Colombia solo unos años o incluso meses antes, parte de un éxodo de migrantes que escapaban del colapso político y económico de Venezuela. Muchos esperaban aprender un oficio u obtener un título en Colombia, o simplemente ganar suficiente dinero para ayudar a sus familias en Venezuela.

Annahe Álvarez, a la derecha, y su hija Anneris Rey durmieron en una terminal en Medellín durante una semana, con la esperanza de tomar un autobús de regreso a Venezuela | The New York Times
Annahe Álvarez, a la derecha, y su hija Anneris Rey durmieron en una terminal en Medellín durante una semana, con la esperanza de tomar un autobús de regreso a Venezuela | The New York Times

Ahora, debido a la pandemia, las personas que conocimos habían perdido cualquier pequeño vínculo que tenían a una vida en Colombia —un empleo, un apartamento— y migraban a la inversa, de vuelta a una nación donde estaban casi seguros de que les esperaba el desastre. La mayoría dijo que tenían familiares en Venezuela que podían ayudarlos, mientras que en Colombia ya no tenían nada.

Desde que comenzó la pandemia más de 80.000 venezolanos han regresado al país, según las autoridades colombianas.

En Bucaramanga, una ciudad mediana de Colombia, cientos de familias migrantes acamparon a las afueras de un parque para descansar. Una noche, llegó una caravana de autobuses, una flota enviada por el gobierno colombiano para llevar a las personas los últimos 190 kilómetros a la frontera.

Roraima Daversa, de 26 años, y su hijo Amado, de 9 años, subieron al autobús con los pies agrietados y con ampollas.

Habían pasado noche tras noche durmiendo al costado del camino. Cuando Daversa tomó asiento, las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro. Sintió alivio. Ella y Amado ya no tenían que caminar. “Todos los días me preguntó: ‘¿Cuántos días nos faltan?’”.

Pero también había desconsuelo.

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Familias venezolanas esperan un autobús que los lleve a la frontera. Habían caminado durante semanas, a menudo cargando niños a sus espaldas | The New York Times

Daversa, quien estudió gestión ambiental en Venezuela, esperaba ahorrar dinero en Bogotá y volver a su país para abrir un negocio. Ahora estaba de vuelta, peor que cuando se fue.

Cúcuta

En Cúcuta, una ciudad pegada a la frontera venezolana, una joven de 17 años estaba de pie con una camiseta color cereza y shorts de mezclilla, mientras tiraba de un bolso con un lazo brillante y balanceaba nerviosamente un talón. Unos pocos hombres se acercaron. Una larga fila de carros pasó rugiendo.

En Cúcuta, el cierre económico ha orillado a mujeres y niñas a acudir a los parques locales, donde los hombres les pagan por sexo | The New York Times
En Cúcuta, el cierre económico ha orillado a mujeres y niñas a acudir a los parques locales, donde los hombres les pagan por sexo | The New York Times

Cuando comenzó el confinamiento, su padre perdió su trabajo en la construcción y el refrigerador se vació. Empujada a la desesperación, tomó la difícil decisión de ir a un parque local, donde los hombres comenzaron a pagarle por sexo, seis dólares por encuentro. Ahí ni siquiera era la más joven en hacerlo.

Alguien tenía que traer dinero, dice, “me tocó”.

Antes de la crisis, vendía artículos pequeños —cigarrillos, caramelos— en la calle. Pero siempre había soñado con volver a la escuela y convertirse en una criminóloga como esas poderosas mujeres de la televisión. Tener relaciones sexuales con extraños es “horrible”, dijo, y cuando tiene que hacerlo, para distraerse, se imagina a sí misma en un salón de clases, con sus amigos.

En las últimas dos décadas, la asistencia a la escuela y el aumento del acceso al control de la natalidad jugaron un papel crucial en la reducción de la brecha de la riqueza en el país, al permitir a millones de mujeres estudiar y trabajar, cuando tantas de sus madres se vieron obligadas a quedarse en el hogar.

Sin embargo, cuando la pandemia llegó, el número de mujeres forzadas a prostituirse aumentó en Cúcuta, dijo Alejandra Vera, directora de un grupo local de apoyo. También lo hizo la cantidad de embarazos no deseados, ya que las restricciones de viaje y la pérdida de empleos dificultaron la obtención de condones y otro tipo de anticonceptivos.

Una mañana, la joven de 17 años, cuyo nombre no revelamos porque es menor de edad, se despertó antes del amanecer ante las súplicas de su hijo, de seis meses, que quería caminar por el piso y jugar.

Hizo café y dejó al niño con su padre en una casa al final de la calle. Su madre, de 54 años, la vio marcharse desde el patio. Sabía lo que estaba haciendo su hija. Es difícil para ella hablar de eso.

“No critico ni condeno”, dijo la madre.

“Trabajos ahora no hay”, agregó, derrumbándose. “Esto no es una vida”.

 

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