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Rafael del Naranco: La alegría de vivir

 

Olvidémonos toda duda, aquellos miedos,  vivamos como si nada sucediera y reinventemos la felicidad, la que Milton, en su paraíso perdido, y también el Dante de la mano de Beatriz, nos presentaban como una utopía que el amor pudiera hacer realidad.

¡Ah! El amor, todo lo toma y todo lo da, por eso es el principio de todo, la razón de todo, el fin de todo. Nunca tanto “todo” fue tanto.

Pascal, el de las razones del corazón, fue diáfano y directo: “A fuerza de hablar de amor, se enamora uno. Nada tan fácil. Esta es la pasión más natural del hombre”. La otra es ser como un niño y divertirse. Hay adultos que lo hacen. Miguel Hernández lo dijo: “Desperté de ser niño: nunca despiertes. Triste llevo la boca: ríete siempre. Siempre en la cuna, defendiendo la risa pluma por pluma”. Pero de esas palabras salió un poema triste y doliente como pocos: “Nanas de la cebolla”.

Nuestro destino es sonreír o sollozar, siendo el hombre  el único animal que lo hace, pero en ese ínterin podemos divertirnos, no ser tan dramáticos y circunspectos. El humor también es una buena salida; otra, trabajar con alegría, como si se jugara… “Alma, vamos a jugarnos la existencia sin prisa” nos  pide Vicente Aleixandre, el Nobel poeta español olvidado.

Eso, divertirse, ver la vida con el prisma de una alegría suelta, es lo que  hizo hace tempo  un grupo de científicos de un  Instituto Tecnológico de Massachusetts.  A uno de ellos,   le pagaban por divertirse y goza una morena.

“Tengo 41 años – cuenta –  pero en creatividad intento quedarme en los 14. Soy judío, de Boston. Casado, dos hijos me ayudan a no hacerme mayor. Dirijo el Media Lab del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Mi objetivo es unir bits y átomos.”

Lo dicho: le pagan por divertirse. Leemos que  hay 50 multinacionales que financian los juegos de los chicos del Media Lab que dirige Gershenfeld: “Un día juntamos en el ‘lab’ a inventores de tres generaciones… Desde uno de 10 años hasta otro de 60. Pero te olvidabas de la edad cuando los oías hablar: eran igualitos. Sus lenguas eran más lentas que sus cerebros y explicaban diez cosas a la vez con una velocidad mental increíble, temblando de emoción”. ¿Secreto? “Es como esquiar: evita los vicios de postura y disfruta. Hay que evitar la rutina, el apoltronamiento, la falta de curiosidad, el cinismo, la pereza mental, la falta de autoexigencia, el espíritu acrítico, creerte importante y dejar de escuchar a los demás.”

Un periodista le preguntó asombrado: “¿Y ustedes qué hacen? Y la respuesta no pudo ser  más divertida: “Digamos que estoy tan orgulloso de lo que hacemos como de cómo lo hacemos. No paramos de jugar.”

Y la pregunta obligada: ¿Para qué? Sencillo, para que los frascos de medicamentos, por ejemplo, digan a los ancianos de un modo claro cuántas píldoras les quedan por tomar antes de comer. ¡Haremos que las cosas piensen a nuestro alrededor!

 

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