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Manuel Taibo: Se Insinúa la Independencia de Nuestra América

 

Un examen de esta fase de la acción independentista ha sido hecho por el profesor Miguel Acosta Saignes en su libro “Acción y atopia del hombre de las dificultades”. La Habana, Casa de las Americas, 1977, especialmente de los capítulos que integran la segunda parte de la obra —Acción— paginas 83-311. Se trata de explicar las bases sociales y económicas del ejército libertador y la importancia de los Llanos en la lucha. Dice: “La primera gran zona cuyo dominio perdieron los patriotas en 1813 fue la de Los Llanos. Los jefes españoles descubrieron que allí era posible la guerra sin los graves problemas de subsistencias propias de otras zonas del país. Allí se adaptaron Boves, Morales y, después de 1815, Morillo, a lo que podríamos denominar la cultura pastoral de los Llanos venezolanos” (pag. 98). Entre la bibliografía sobre el jefe realista, aclimatado en los Llanos, puede citarse la más importante: Luis Bermúdez de Castro, Boves “o el León de los Llanos, Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1934; German Carrera Damas, Boves. “Aspectos socioeconómicos de la guerra de Independencia, Caracas, U.C.V., 1972 (tercera edición); A. Valdivieso Montaño, “José Tomas Boves. Caudillo hispano, el más recio batallador realista durante la guerra a muerte. Años de 1812 a 1814, Caracas, Editorial González González, 1955; Tomas Pérez Tenreiro, José Tomas Boves. Primera lanza del Rey, Caracas.

El siglo XVIII es el gran período revolucionario en el mundo europeo y sus derivados americanos. La independencia de los Estados Unidos de América y la Revolución francesa fueron fenómenos históricos inspirados en principios ideológicos semejantes. Los pueblos hispanoamericanos habían alcanzado un desarrollo intelectual tan extraordinarios, que no podían permaneceré desatentos e insensibles a lo que estaba ocurriendo en el resto del mundo al cual estaban vinculados.

—Venezuela ha adquirido unidad política desde 1786, pero ya desde mediados del siglo anterior, la provincia antigua ha logrado homogeneidad, con predominio sobre las otras. Los españoles del siglo XVI se han convertido, mediante el normal proceso histórico, en americanos, en venezolanos. Aunque hubiera sectores diversos —margariteños, cumaneses, guayaneses, caraqueños—, la inmediata convivencia predeterminaba un común interés vital. Las regiones no profundizan una separación; son comunidades afines, un solo pueblo. El proceso de unificación político-administrativa de 1776 a 1786 consolida la imagen humana, venezolana, de comunidad.

El 27 de septiembre de 1780 escribió el intendente José de Ábalos al secretario universal de Indias, José de Gálvez, una extensa carta en la que analiza la situación de Venezuela respecto a las condiciones económicas en que la mantiene el monopolio de la Compañía Guipuzcoana. Se apunta en ese documento la maduración social a que ha llegado el país, preparado ya para llevar a cabo cualquier movimiento desesperado que lo sustrajera del dominio español si éste continuaba con sus métodos de administración, incapaces de satisfacer las aspiraciones de los venezolanos. Léanse estos párrafos esenciales: “El nombre del rey, el de sus ministros y todos los españoles se oye por estos patricios con el mayor tedio, aversión y desafecto solamente por la permanencia de la Compañía, siendo éste el pecado original que contemplan como principio radical de sus males. Y a la verdad, es disculpable alguna vez semejante yerro; en cierto modo, puede sincerarse la especie de esclavitud en que gimen, sin disfrutar del giro de la Compañía utilidad alguna y oprimidos de la necesidad de expender por su avara conducta precisamente las pocas producciones que puedan cultivar, después de ver sepultados y sin animación otras infinitas que debieran hacer floreciente la provincia, con considerables incrementos de la Real Hacienda, sobresaliente bien del Estado y superior beneficio de los dos continentes. El encono y tono doloso con que se lamentan se hace mayor cada día, y si S. M. no les concede o les dilata el libre comercio sobre que suspiran, no puede contar “sobre la fidelidad de estos vasallos, pues a cualquier insinuación y auxilio que les amaguen los enemigos de la Corona, prestarán oídos y corazones y será imposible o muy difícil el remedio”. Noes éste un vaticinio vano, sino pronóstico de un conocimiento inmediato de la tierra; y si se perdiere esta parte de la América, será para la monarquía la desgracia más lamentable, tanto por las inmensas riquezas que comprenden estos países, como porque con esta puerta en su poder se absorberá fácilmente el que la tuviese todo el resto del continente. El que dominase las provincias de Caracas y Cumaná e islas de la Trinidad será señor de toda esta parte occidental, y con ella tendrá una próxima disposición para internar también de los demás”.

La profunda observación de científico social, como se llamaría ahora a un hombre de las cualidades intelectuales de aquel intendente de Caracas, don José de Ábalos, fue, en efecto, un pronóstico. El jugoso comentario señala a los patricios, a las sociedades venezolanas crecidas políticamente en torno a los cabildos, la primera entre todas la caraqueña, y económicamente afincada en los latifundios (encomiendas primero, haciendas después) de cacao, tabaco y ganados mayores. Y maduradas intelectualmente al calor de la tradición cultural sostenida por las Universidades de Caracas y Santo Domingo, además de la avidez por las lecturas.

Se puede hablar de un “nuevo régimen”, establecido por los Borbones, y principalmente desde Carlos III, para reformar la administración pública en las provincias americanas. La reforma se implementa a profundidad desde el Despacho Universal de Indias, bajo la mano del secretario de Estado don José de Gálvez. El mismo estableció esa reforma en Nueva España y ahora, como ministro, la asienta en el resto de los pueblos americanos. En 1777 se envían tres fiscales para imponer la reforma, inspirada en el modelo francés. Don José de Areche va al Perú, don José García de León Pizarro a Quito y don Francisco Gutiérrez de Piñeres al Nuevo Reino de Granada. Además, don José de Ábalos, nombrado intendente de Caracas, tiene igual objetivo, así como don Pedro de Ceballos es enviado al Río de la Plata. Esta planta de reformadores del cuerpo económico del Estado español en América forman la estructura del nuevo régimen. Ahora se habla de dominios de ultramar; el viejo lenguaje igualitario de los siglos XVI y XVII se sustituye por otro. Frente a esas reformas carlistas se sublevan los vasallos. Esas sublevaciones han sido consideradas como movimientos preindependentistas, aunque no tuvieran ciertamente ese carácter. Entre 1777 y 1781 se producen rebeliones en todo el continente, opuestas a la Reforma. La de Tupac Amaru en el Perú (1780.1781), la de los Comuneros del Socorro, en Nueva Granada (1781) continuación de las que habían ocurrido en Quito en 1765 y en México desde 1767.

En Venezuela, el reformista se puso al lado de los patricios, contra el monopolio de la explotadora Compañía Guipuzcoana. Sin descartar las causas económicas, ubicadas en la aspiración de la burguesía caraqueña (si puede llamarse tal a los ricos hacendados que forman la pequeña oligarquía local), los movimientos independentistas venezolanos están poderosamente influidos por las prédicas ideológicas. Así, la revuelta de José Leonardo Chirinos en Coro, 1795, un dirigente negro, liberto afrancesado; el organizado complot de Manuel Gual y José María España, en la Guaira, de 1796, y la inmensa batalla ideológica, libertaria, de Francisco de Miranda (nacido en Caracas el 28 de marzo de 1750 y muerto en la prisión de Cádiz el 24 de julio de 1816). Conscientes, deliberados movimientos independentistas son los dos últimos. La presencia de las ideas, la influencia de los libros, está claramente demostrada en el caso de Gual y España. El 11 de diciembre de 1797 prohíbe la Real Audiencia de Caracas la circulación de los “Derechos del hombre y del ciudadano”, que ese mismo año comenzó a leerse en la provincia y en las Antillas. Se refiere el decreto a la revolución de los dos venezolanos y a las causas que la determinaron, con estas palabras: “Las dos (causas) más descubiertas han consistido en la adhesión a varios libros, y papeles torpes y sediciosos, papeles sueltos impresos y manuscritos, y en el empeño de los extranjeros en su introducción y extensión, observaron que los tales libros y papeles llevan toda su atención “a corromper las costumbres y hacer odioso el real nombre de Su Magestad y su justo gobierno, que a fin de corromper las costumbres siguen sus autores las reglas de sus ánimos cubiertos de una multitud de vicios, y desfigurados con varias apariencias de humanidad repetidas afectaciones de una instrucciones tan débil y despreciable como peligrosa para los ignorantes, por la audacia y cavilosidad de sus rases, que dispuestas con artificio a lisonjear las pasiones, intentan turbar la razón, como ha observado el acuerdo en los libros que ha recogido de algunos de los sublevados, y en diferentes papeles sueltos que han venido a la Tierra Firme por diversas manos, señaladamente de las islas de Santo Domingo y la de Trinidad desde que la ocupan los ingleses, tales son otros papeles de que tiene noticias positiva, especialmente un libro impreso en octavo y encuadernado  a la rustica, del cual hay en la isla de la Guadalupe muchos ejemplares, y cuyo título dice así: ‘Derechos del  hombre y del ciudadano”.

En el caso de Francisco de Miranda, el precursor por antonomasia, se trataba de un hombre de la ilustración, formado en los estudios de la Universidad caraqueña, en los libros de su tiempo y también en los clásicos españoles, latinos y griegos. Su formación intelectual es una de las sólidas entre todos ellos, los venezolanos y americanos de finales del siglo XVIII que harán la Revolución. La preocupación constante de Miranda en estudiar, en ilustrarse con viajes, observaciones y libros, en relacionarse con los personajes más destacados en su momento histórico, estaba encaminada a preparar la independencia de Nuestra América. Sus proyectos prácticos fracasan en 1806 en un intento de desembarco en las costas de Coro, y vuelven a fracasar en 1812 con una capitulación frente al jefe realista Monteverde. Los libertadores serán otros.

¡La Lucha sigue!

 

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