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Eligio Damas: ¿Cómo enfrentarse a Dios y no ser excomulgado?

 

El izquierdista que se pasó a la derecha y  el anclado en la ortodoxia.

A Pérez Jiménez, en gran medida, le tumbó el movimiento popular. Pueblo y ejército, actuando casi cada uno por su lado, convergieron en aquel movimiento que tuvo su cúspide en enero de 1958. Por supuesto, en eso, jugaron rol importante los grupos económicos internos y el capital internacional; en lo que Nelson Rockefeller, entonces muy vinculado a Betancourt, por el desgaste de la dictadura, puso su fuerte cuota.

Es verdad que, los dirigentes de todo aquello, como la dirección del PCV, siendo su Secretario General Pompeyo Márquez, la de AD, con el muy joven Simón Sáez Mérida, habiendo tenido el mérito que eso significó, también cargan con la responsabilidad de haber mandado a replegar todo aquello, sin presentar al gobierno emergente, en el cual nunca tuvieron influencia alguna por falta de atrevimiento y audacia, un programa de gobierno que garantizase las conquistas populares y vivo el reclamo de las mismas. Mientras que los factores económicos, sobre todo por intermedio del grupo Mendoza, llamado así por Eugenio Mendoza, que había estado en muy buenas migas con la dictadura, entra en el nuevo gobierno a seguir imponiendo su dirección y aspiraciones. Fue una clase audaz, con mando y claridad.

Aquella izquierda, de la cual la mayoría ha muerto, otros quizás “mascan el agua”, nunca tuvo la entereza de reconocer que se equivó y dejó a la Junta Patriótica, esa a la que en veces se suele elogiar para darle a uno que otro más méritos de los que en verdad tuvo, actuar más de las veces como santo que sale a recorrer el pueblo en tiempos de pandemia o de catástrofe o comparsa en carnaval. Si hacemos un balance real de la actuación de aquella dirigencia, incluyendo al organismo antes mencionado, en el manejo de la coyuntura inmediatamente posterior al 23 de enero, encontraremos fundamentalmente errores y conductas pusilánimes. Los integrantes de la Junta Patriótica misma, en segundo término, empezando por su presidente accidental aquella semana, Fabricio Ojeda, tuvieron la responsabilidad que aquello sucediese. Y no caeremos en el extremo de la crueldad.

Y lo que es peor. No mucho tiempo después, ya en la muy nombrada década del sesenta del siglo XX, casi la misma gente y los mismos partidos, incurrieron en errores hasta peores que los ya referidos para convertir una crisis donde el gobierno de Betancourt estaba asediado por los reclamos reales, sentidos del movimiento popular, como el costo de la vida y los salarios, entre otros, en un triunfo para aquél y una derrota descomunal para éste.

Pero los derrotados por Betancourt, que los llevó al único terreno donde podía hacerlo, el de la violencia, contando él con el aval legal de las armas, expresado en aquello que mal suelen llamar lucha armada, fueron sustituidos por otros, que lejos de recomponer táctica y estrategia, optaron por seguir en lo mismo, arrastrando errores y derrotas por largos años, que cual desquiciados contaban como triunfos, hasta que Chávez les sacó de aquella pesadilla, habiendo aprendido él de su propio error.

Los primeros convencidos de la derrota terminaron divididos en dos bandos. Uno, que al final de su vida optó por incorporarse a las huestes del enemigo y para ser aceptado, lejos de reconocer que su táctica y proceder estuvieron siempre muy lejos de lo que debía hacerse, prefirieron cubrir de loas a quienes fueron sus “enemigos”. Así, Petkof y Pompeyo, para nombrar dos solamente, terminaron por difundir la versión que aquellas derrotas no se explican por la incompetencia de ellos sino por la superioridad y grandeza del enemigo; así convirtieron a Betancourt casi en su héroe. Es la fórmula que hallaron para ser admitidos y entrar en su universo y quizás, ese es su sueño, en sus panteones.

En el segundo lote, quienes se quedaron en la izquierda, dicho así por hacer más fácil el entendimiento, hay por lo menos dos narrativas diferentes.

La primera es la de aquella que aún habiendo dejado la lucha armada porque estaba derrotada y hasta perdonada por los gobiernos que a sus practicantes les veía ya casi en la indigencia, indefensión y nada peligrosos, arrinconados en la ciudad, continuaba soñando con la heroica guerra venida de las montañas como quien en ella engendró aquellos sueños. Por esto mismo, tampoco estaba en capacidad y disposición de asumir la revisión de su actuación pasada y reconocer los errores. Y al presente, todavía eso no reconoce ni revisa. Sigue soñándose una guerra que le garantice el poder y haga verdad sus viejos sueños. Su absurdo y ceguera llegan a tal punto que ella, aun estando en el gobierno, llega a explicar la incapacidad del mismo para manejar y resolver por lo menos los problemas cotidianos como el salario y la especulación, argumenta, como lo hizo hace poco Vicente Piñate, nada más y nada menos que Ministro del Trabajo, que el no haber llegado por la vía armada limitaba su accionar, como si fuese eso, apoyo militar, armado, lo que le hiciese falta. Es la manifestación casi infantil, de que todavía nada entiende. Y esto tiene sus raíces, arraigos y responsabilidades más allá de las fronteras nacionales.

La segunda narrativa de este lote es la que en privado, entre viejos compañeros y hasta amigos intelectuales, incluyendo de derecha, reconoce que aquello fue todo un disparate. Pero nada escribe, publica y menos se expresa verbalmente en público. Es un tabú. Porque todavía están vivos o presentes muchos de los personajes que aquellos dogmas engendraron, temen  les expulsen de esas iglesias, hasta estremecer la conciencia de mucha gente y ser objeto de adjetivaciones idiotas como las de reformistas, revisionistas y otras del arsenal apropiado para esos casos. ¿Cómo enfrentarse a Dios y no ser excomulgado?

Pero si en algo hay coincidencia entre estas dos narrativas, una que hace causa común en el gobierno de Maduro y la otra que le valora un fracaso y hasta halla razones para explicar la quiebra que ahora padecemos en lo anteriormente sucedido, antes que éste hubiese asumido a la presidencia, es en la valoración de la coyuntura mundial y la convicción que el socialismo, aquel derivado de las tesis marxistas y los seguidores del maestro alemán, es realizable a corto plazo y sólo hace “falta construirle”, un “echarle bolas”,  porque el capitalismo está en retirada y disueltas las bases que le sustentan.

Coinciden en creer que el socialismo existe, está instalado en algunos puntos del planeta. Uno no sabe dónde, ellos sí. Un bando, ese que apoya al gobierno venezolano, incluso, como decimos los cumaneses, “jura y perjura”, que hasta la sociedad nuestra ya ha alcanzado ese carácter. Y lo dice porque si no, “no va pa´ el baile”. El otro, este de aquí no lo reconoce pero si lo ve en otras partes.

No hubiese nada de malo en esto, si ellos se limitasen a soñar, como cuando se veían subiendo a los montañas con su fusil aunque fuese mal guindado al hombro y casi de inmediato, en el mismo sueño, se veían bajar victoriosos, aplaudidos y rodeados por las multitudes, a lo que le daban tanto valor como que sólo eso bastaba. Pero la cosa no termina ni se queda allí, sino que ajustan su táctica, su accionar diario, como quien ya están dadas las condiciones todas para ejecutar esa tarea pese la terca realidad le diga lo contrario. Porque esta poética y soñada visión está acompañada de otra, la que les “enseña”, sin ningún género de dudas, que el capitalismo es como una casa tan vieja y derruida que basta empujarla con una mano para que se venga al suelo y siendo así la realidad, lo que implica que dentro de ella ya las fórmulas, la conciencia, las formas y relaciones de producción, el estado colectivo están listos, “radicalizar el proceso” para en breve declarar el socialismo conquistado.

Son pocos, en ese universo, que viendo a chinos y vietnamitas, optar por caminos distintos a los que suele transitar la ortodoxia, basada en ese diagnóstico del cual ya hemos hablado, entienden que nada de eso es cierto y hace falta una revisión profunda, hasta cambiar los lentes y un recomponer la marcha, el estilo, el discurso y las propuestas inmediatas.

Es ese pues un mundo formado por dos grandes bloques, el de los ex izquierdistas que viendo que el mundo no funcionó como le decían sus viejos manuales y sus llaves no servían para abrir puertas, optaron por tocar en la de los espacios contrarios, allí se arrodillaron hasta que al fin les dejaron entrar, es decir se fueron para la derecha y el otro, el  de quienes siguen anclados en el pasado, dan tumbos y siguen, hasta como gozosos, “cosechando fracasos”.

¿Qué les une, en qué coinciden? A los dos les encanta el poder y él ser reconocidos. De repente, se encuentran, cuando menos lo esperan, en los mismos espacios.

 

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