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Rafael del Naranco: Rincón de libros

 

En la presente semana de junio que se nos abre,  ella  nos ayuda a rasguear la columna escrita con uno de nuestros  escritores de cabecera,  el egipcio Naguib Mahfuz. Los otros, integrando la propia almohada en cuyo tablero reposan para tenerlos cerca en esta edad en  la que  el sueño es reacio a visitarnos, se hallan además  Stenfan Zweig, Curcio Malaparte,  Marguerite Yourcenar, George Steiner, Isaac Bashevis Singer, Antonio Machado, Rafael Cadenas, Kavafis, Cesare Paveses, Yorgos Seferis y Lawrence Durrel, con su “Cuarteto de Alejandría”,  ya demasiado manoseado. .

Recorrer sobre los relatos de Mahfuz la ciudad de los matices ocres, es transitar sobre el tiempo ido. Cruzar de una calle a otra entre una suave brisa en desbandada,  es rebasar la historia de El Cairo, la urbe polvorienta que nuestro admirado  novelista,  Premio Nobel de Literatura, describe sobre los viejos barrios de El Ghuriya, El Gamaliyya, o el del mercado de Khan el Khalili.

“El Cairo que yo amo – solía decir -, es el de las calles de “Palacio del Deseo” o “Entre dos Palacios”, – títulos de sus obras – que siguen existiendo aunque con distinto nombre. Pero sobre todo  el mundo  eterno de las gentes, sus pasiones, vicios y sentimientos”.

Uno de los encantos para recordar de “Al Qahira” (El  Cairo árabe), al final de la primavera y primeros días del verano, es el que se percibe al cruzar por sus caminitos, los olores   de los  naranjos, sicomoros, palmeras, limoneros, guayabos o flores de jazmín, las mismas miasmas cuyas esencias se pueden comprar en los bazares y mercados, con nombres sugestivos: “Noches del Desierto” o “Sueños de Cleopatra”.

En el centro de la ciudad, mientras se saborea un “karkadé” – bebida  extraída de una planta roja servida en invierno caliente y en verano fría – uno se  percata que los cairotas llegan a las cafeterías para fumar en la particular pipa de agua (shisha).

En alguna gaveta en la vivienda de la ciudad del Mediterráneo español en la que moro, están las fotografías de esa ceremonia, con la pipa en la boca y un turbante sobre la cabeza. Era simplemente una pose turística, un  gesto seductor en la soledad del recuerdo convertido en lejanía.

El viajero trotamundo, antes de llegar al Valle de Giza, comienza  a distinguir, emergiendo, los espejismos de estas enigmáticas maravillas faraónicas, construidas, cuando el tiempo aún no existía, con la única pasión de idolatrar a dioses con sobrenombres de eternidad.

Descubrir esas edificaciones es palpar el sueño perdurable  de los faraones. Allí, bajo la luz tornasolada de una tormenta de arenisca, un guía de camellos nos recordó el proverbio que hace temblar la existencia humana en su dimensión cósmica:

“Todo el mundo teme al tiempo, pero éste teme a las pirámides”.

Cada peregrino se percata en medio de esa impresionante grandeza de piedra y barro, la razón de un pueblo que con la única pasión portentosa de ser inmortal, llegó a vencer el sentido de la muerte por encima de las tumbas y el siroco que perpetuamente va formando con arena los preludios extraordinario de la vida humana, tan insignificante ella, y la vez una sublime esencia de su espíritu creador.

 

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