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Mariano Nava Contreras: José Gregorio Hernández, científico y filósofo

 

Dotado como los demás de mi nación, de ese mismo amor, publico hoy mi filosofía, la mía, la que yo he vivido; pensando que por ser yo tan venezolano en todo, puede ser que ella sea de utilidad para mis compatriotas, como me ha sido a mí, constituyendo la guía de mi inteligencia. José Gregorio Hernández. Elementos de filosofía

Suelo hacer con algunas ideas lo que se hace (o se hacía) con el buen vino: las guardo para ocasiones especiales. Por supuesto que esas ideas llegan de la mano del comercio caprichoso de los libros que, al igual que las mujeres bonitas, se cruzan en el lugar y el día menos sospechado. Guardo en mi biblioteca un curioso libelo, más bien un cuadernillo, que es una selección de escritos de José Gregorio Hernández titulado Sobre arte y estética (La liebre libre, Maracay, 1995). El librito, además, lleva una introducción escrita por otro trujillano: Juan Carlos Chirinos. Suelo también firmar y fechar en la primera página cuándo y dónde compro mis libros. Curiosamente éste no está firmado. Cuándo y dónde se me cruzó, no puedo ya recordarlo.

Desde que lo vi supe que había mucho que decir acerca del pequeño libro. Se trata de una selección de unos pocos capítulos sobre temas filosóficos y estéticos tomados de dos de las obras escritas por el sabio trujillano: el “Prólogo” y unos “Preliminares”, así como los capítulos Primero (“La Belleza”) y Segundo (“El Arte”) del Tratado Tercero (“La Estética”) de sus Elementos de filosofía. El libro, más bien un manual, está dividido en tres partes: una dedicada a las Ciencias Psicológicas, otra a las Ciencias Metafísicas y la última una pequeña Historia de la Filosofía. Elementos de filosofía fue publicado en 1912 por la tipografía El Cojo y ese mismo año tuvo dos ediciones (habrá una edición post-mortem de 1959). Cierra la selección un texto titulado “Visión del arte”, aparecido en el número 491 de la revista El Cojo Ilustrado (Caracas, 1º de junio de 1912, pp. 298-300). Todos estos textos han sido tomados respetando la edición de las Obras Completas de José Gregorio Hernández, compiladas y anotadas por Fermín Vélez Boza y publicadas por la Universidad Central de Venezuela (Caracas, 1968, 1277 pp.).

La importancia de estos textos radica, quizás, no tanto en lo que dicen sino, aún más, en lo que significan. Los Elementos de filosofía adoptan el tono seco, claro, esquemático y didáctico propio de los manuales de filosofía. “La filosofía es el estudio racional del alma, del mundo, de Dios y de sus relaciones”, “Se llama Ciencia al conjunto metódico de las causas y razones relativas a un objeto determinado” (p. 13). “Se llama estética la ciencia que estudia la belleza. La estética se divide en dos partes: la primera trata de la naturaleza de la belleza y de sus efectos; la segunda estudia el Arte, que es la realización sensible de la belleza” (p. 17); “Lo verdadero no es lo bello, porque a lo verdadero le falta el esplendor propio de la belleza”; “Lo feo es lo contrario de lo bello. La fealdad es una carencia, es la falta de la armonía y del orden”; “La belleza puede ser natural, artística o moral. La belleza natural es la belleza de los seres del universo. Una bella noche de verano. El bellísimo lago de Maracaibo” (p.19); “La belleza moral es la producida por los actos correspondientes a la voluntad libre. El perdón de las injurias, las obras de caridad son de una gran belleza moral” (p. 20).

Llama la atención el que un libro como este haya agotado dos ediciones en la Caracas de 1912. O quizás dice mucho del prestigio que ya entonces acumula su autor. El Dr. Hernández Cisneros es en este momento un conocido médico y científico que impecablemente detenta las cátedras de Histología Normal y Patológica, Fisiología Experimental y Bacteriología en la Universidad Central de Venezuela. Hace ya más veinte años que volvió de hacer su postgrado en París y Berlín, trayendo por primera vez un microscopio a Venezuela. Fundó la primera Cátedra de Bacteriología de América y fue cofundador de la Academia Nacional de Medicina. Ha publicado diez artículos científicos, casi todos en la Gaceta Médica de Caracas, y un libro de carácter docente, los Elementos de Bacteriología (Caracas, Tipografía Herrera Irigoyen & Cía, 1906, 111 pp., 2ª ed. 1922). Dicen que habla inglés, francés, alemán, portugués, italiano y que además domina el latín, y encima, que es músico. A más de su reputación acendrada de piadoso y bueno, en ese pueblo grande que es Caracas en 1912, todos saben que el doctor Hernández es, pues, una eminencia, o para decirlo en buen criollo, “una lumbrera”.

José Gregorio Hernández.

Más interesantes aún, me parece, son algunos de los conceptos que emite en el “Prólogo” de su libro filosófico. Dice que “el alma venezolana es esencialmente apasionada por la filosofía. Las cuestiones filosóficas le conmueven hondamente, y está siempre deseosa de dar soluciones a los grandes problemas que en la filosofía se agitan y que ella estudia con pasión” (p. 12). Esta afirmación ha llamado poderosamente la atención de algunos, como el mismo compilador y autor de la “Introducción” de esta antología. Pero ¿de qué filosofía nos habla el doctor Hernández? Sin duda no de la filosofía académica, sino de una filosofía vivencial, la que rescata los grandes problemas humanísticos de la tradición socrática: el amor, la paz, la justicia, la belleza, la amistad, la felicidad. Así era en la antigüedad: no se era filósofo porque se sabía de filosofía, sino porque se la vivía. A esa filosofía vivencial y personal se refiere el sabio trujillano: “Dotado como los demás de mi nación, de ese mismo amor, publico hoy mi filosofía, la mía, la que yo he vivido”.

Mucho más interesante desde el punto de vista literario es su “Visión del arte”, segundo de los cuatro textos literarios publicados en El Cojo Ilustrado entre junio de 1893 y septiembre de 1912 (se conserva además uno inconcluso: La verdadera enfermedad de Santa Teresa de Jesús, de 1907). “Visión del arte” es, como gusta decir a la crítica moderna, una “autoficción”, de no disimulados tonos modernistas. El autor cuenta una ensoñación que tiene, en la que se le aparece un ser indefinido vestido de una resplandeciente túnica blanca que lo transporta a la mansión de las artes. Allí contempla en visión magnífica a las personificaciones de todas las artes sentadas en sendos tronos, hasta que se levanta la más augusta y gloriosa y comienza a recitar, “con voz no terrenal”, los primeros versos de la Ilíada. El protagonista la reconoce de inmediato: “¡Poesía! ¡Eres de todas las bellas artes la más excelsa! ¡Eres el arte divino!” (p. 29). La visión le va transportando a lugares fantásticos en los que paisajes y sensaciones alegóricas se mezclan de manera confusa. Finalmente nuestro autor vuelve en sí: “Traté de ver si la aparición estaba a mi lado como antes y nada pude distinguir. Hice un esfuerzo mayor para abrir los ojos y mirar a mi alrededor, y entonces fue cuando empecé a volver a la realidad. Tan luego como pude coordinar mis ideas me puse a recordar lo que me había sucedido, y pronto comprendí que era todo aquello una simple visión producida por el cansancio y el estado atmosférico” (pp. 33-34).

“La distancia nos lo ha deformado en un centauro: mitad santo, mitad mito”, dice Juan Carlos Chirinos. Sin embargo, quién podría dudarlo, José Gregorio Hernández Cisneros es uno de los grandes espíritus que ha producido Venezuela. Pero es mucho más que eso. Quizás su primer milagro haya sido haber podido tener una vida útil y productiva en aquella tierra bárbara y violenta de finales del XIX y comienzos del XX. Si el presidente Rojas Paúl supo captar su talento y ponerlo al servicio de la ciencia, le tocó vivir las “revoluciones” y la inestabilidad que culminaron con el ascenso y caída de Cipriano Castro, para después morir bajo la tiranía de Juan Vicente Gómez. De hecho, la gran mayoría de sus textos filosóficos y literarios se publicaron en las semanas previas al cierre de la Universidad Central de Venezuela, el 1º de octubre de 1912. Inteligencia mística y religiosa, supo ver los límites del positivismo de moda en aulas y laboratorios, “que es puramente fenomenal”, aunque vivió impregnado del cientificismo de los tiempos. Sin duda su mayor mérito fue el haber sabido unir la fe y la razón, y haber puesto serenamente el producto feliz de tan fecundo maridaje al servicio de su tierra y de su gente.

Lo tuvo muy claro: “Mas si alguno opina que esta serenidad, que esta paz interior de que disfruto a pesar de todo, antes que a la filosofía, la debo a la Religión santa que recibí de mis padres, en la cual he vivido y en la que tengo la dulce y firme esperanza de morir: Le responderé que todo es uno” (Elementos de Filosofía, “Prólogo”, p. 12).

 

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