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Earle Herrera: Gozo interruptus del poder

 

Manuel Caballero me dio clase de historia de Venezuela y pretendía mandarme a reparación. Me dijo que yo confundía mis fantasías con la historia y  ponía en boca de los próceres vainas que jamás dijeron ni se les habría ocurrido decir. Sobre el examen final que le entregué  (cuatro hojas extraoficio, a rayas,  escritas a mano por ambos lados y en los márgenes), me dijo que jamás había leído tantas alucinaciones juntas y de un solo jalón.

Tiempo después, al ver un montón de cambures colocados en la autopista para tumbar a Maduro, me dije que yo no fantaseaba y que la historia de Venezuela era una mezcla de realismo mágico con decreto de guerra a muerte y de derecho constitucional con derecho de nacer.

Hay personajes que han vivido la alucinación del poder en carne propia.  Domingo Alberto Rangel lo escribió en  La revolución de la fantasía. Para otros, el poder ha sido un coito interruptus, un  casi llegar a la silla pero no llegar.  Por 1897,  José Manuel Hernández (El Mocho) ganó las elecciones, pero  Joaquín Crespo le hizo una adecada y le entregó el coroto a Ignacio Andrade.

En 1952 URD también ganó, pero a Pérez Jiménez le salió el adeco octubrista y mandó al maestro Villalba al exilio. Antes, en 1945, Diógenes Escalante logró el consenso de todos los partidos  y cuando lo fueron a buscar para  encasquetarle la banda presidencial, lo hallaron  persiguiendo sus camisas que volaban por el Hotel Ávila convertidas en inmensas mariposas. Estaba loco de metra.

Un sillazo interruptus tuvo Andrés Velásquez cuando le ganó a Caldera y se le aguó el guarapo a la hora de reclamar. Otros hablan de métodos más persuasivos. En el golpe contra Chávez  hubo dos presidentes de los golpistas. A Fuerte Tiuna, en limusina alquilada y con banda presidencial, se presentó el doctor Tejera. Antes de bajar, un oficial le dijo: “Ha habido un pequeño cambio en la agenda, el presidente es otro”.

El otro era Pedro Carmona, quien en lugar de aferrarse a la silla, se fajó a pelear con el retrato de Simón Bolívar y cuando terminó esa batalla sin destino, lo llevaban preso. Toda autoproclamación no es más que un estéril “yo con yo”. La épica de los cambures y la operación Gedeón con Rambos atrapados con atarraya por  pescadores  es historia reciente o la última inconclusa fantasía.

 

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