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Noel Álvarez: Dieta del rastacuero

 

Desde mi época de estudiante universitario, traté de averiguar sobre el origen y quienes han sido los precursores de la aplicación de la mentira como arte, en el ámbito de la política. Estas pesquisas no son fáciles porque la historia, celestinamente, obvia muchos detalles al respecto. Lo cierto es que, algunos personajes, avispados y acuciosos, apoyándose en los avances tecnológicos, han atrapado el arte y una vez, hechos con él, la captura del poder es inminente. Perversamente se dedican a conservar el mando y si en algún momento llegaran a perderlo, su venganza suele ser catastrófica.

En la política y en el amor, como en casi todas las prácticas sociales y personales, la promesa y la mentira son palabras claves. Hay un código no escrito que reprueba la aplicación social de la mentira, y miles de leyes condenan el engaño, sin embargo, en muchos sectores, pero sobre todo en la política, existen grupos de personas que defienden la tesis de que, decir algo y hacer todo lo contrario, es perfectamente válido. De esta aceptación nace el popular dicho “todos los políticos son iguales”. Por otro lado, al igual que el más vil de los escritores tiene sus lectores, el más grande de los mentirosos, también tiene sus seguidores: y suele ocurrir que, si una mentira se mantiene, al menos una hora, ya ha cumplido su objetivo.

El escritor escocés, John Arbuthnot, en El arte de la mentira política, señaló a la dirigencia política de su época, de esta forma: “Aunque el Diablo sea el padre de las mentiras, parece haber perdido gran parte de su prestigio superado por las continuas mejoras realizadas por algunos políticos”. Se refería el autor, a los integrantes de los dos partidos que se disputaban el poder en la Inglaterra de principios del siglo XVIII, y él se preguntaba, ¿Cuál de los partidos, Laborista o Conservador, es más diestro en el arte del engaño y la mentira? O, dando a la pregunta toda su actualidad: ¿mienten mejor en la derecha o en la izquierda? Difíciles preguntas.  “ambos cuentan en sus filas con grandes genios, verdaderos artistas de la ilusión, príncipes del espejismo político que tienen en sus trincheras a los que reciben beneficios por mantener al gobierno en el poder”, decía.

Para aquellos que hubieren mentido en demasía o demasiado mal, mermando así su credibilidad, Arbuthnot propone una original cura de inspiración médica: “ponerse en el dique seco, iniciar una severa dieta, evitando excesos verbales, y obligarse durante tres meses a no decir más que verdades, para poder recuperar así el derecho a mentir de nuevo, con toda impunidad”. Bien es cierto, se lamenta el autor, que nunca ningún partido u hombre político supo soportar semejante dieta. Para ellos es mejor la dieta del rastacuero.

Arbuthnot reconoce, en cierto modo, aquello que Nicolás Maquiavelo supo vislumbrar, como los fundamentos propios, cuando se atrevió a pensar la política  desde su autonomía frente a la religión: “la política es un juego de pasiones y de intereses opuestos, y el disimulo es una de sus reglas esenciales. Pero es menester saber encubrir ese proceder artificioso y ser hábil en disimular y en fingir. Los hombres son tan simples y se sujetan a la necesidad en tal grado que, el que engaña con arte, halla siempre gente que se deja engañar. No hace falta que un príncipe posea todas las virtudes, pero conviene que aparente poseerlas.  Puede parecer manso, humano, fiel, leal y aun serlo, pero le es menester conservar su corazón en exacto acuerdo con su inteligencia para que, en caso preciso, sepa variar en sentido contrario”.

El escritor escocés supo entrever esta permanencia de la mentira política, pero no pudo predecirlo todo, ni imaginarse los notables progresos que habría, desde su época, en el arte de la saludable falsedad, ni los continentes vírgenes descubiertos desde entonces. El libro de Arbuthnot describe, en definitiva, lo que no era sino una fase artesanal del disimulo: rumores, chismes, usos verbales, una acumulación y distribución primitiva de ruidos falaces, un entramado pre-moderno de la calumnia. Pasados los tiempos de su amigo Jonathan Swift, la mentira política logró hacer su propia revolución industrial. Con el desarrollo de la prensa escrita, en el siglo XIX, dejó atrás la fase de la oralidad, se mecanizó y alcanzó así una sistematización y una difusión que ellos nunca podrían haber soñado. Pero no sería todo: en el siglo XX, la mentira política entró en la era de la producción y del consumo en masa.

La mentira política es hoy en día, electrónica. Allí se juega a Rosalinda, instantánea y global es el producto de una organización racional y de una rigurosa división del trabajo: un artículo estandarizado y uniforme es elaborado por disciplinados grupos de trabajadores; cada uno de ellos ejecuta una sola operación básica, y no realiza más que una parte ínfima del proceso de producción, no teniendo ninguna responsabilidad sobre el producto terminado; y si éste dura poco, tanto mejor: la obsolescencia instantánea es una de las grandes ventajas del nuevo arte de la mentira política.

Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE

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