Inicio > El pizarrón de Fran opinión > Jesús Alberto Castillo: El sentido de la política

Jesús Alberto Castillo: El sentido de la política

 

Un pensador tan célebre como Max Weber llegó a sentenciar que “la política se hace con la cabeza”. Ella requiere de mucho equilibrio mental y responsabilidad para asumir determinados roles en la sociedad. Sin embargo, no siempre se cumple con este axioma. Lamentablemente, en los pueblos incultos, los políticos (esos personajes que se dedican al ejercicio público) suelen exacerbar las más  bajas pasiones en la gente para crear un cuadro de violencia colectiva. Es una receta que se practica diariamente, desde las altas esferas del poder, para justificar el uso de la fuerza, intimidar a la población y ejercer la purga contra la disidencia.

No es causal la existencia de políticos “profesionales” (por no decir de oficio) que hacen todo tipo de malabarismo con el fin de perpetuarse en el poder y mantener maniatada la voluntad de inocentes seres humanos que sueñan con un mundo mejor (o por lo menos le han hecho creer eso en los exacerbados discursos). Es una dantesca realidad que arropa a las sociedades donde la falta de educación, el inmediatismo y el populismo van de la mano. Ese tipo de políticos proliferan a granel y usan el poder del Estado para enriquecerse indebidamente, mientras perfeccionan los laboratorios sociales para mantener idiotizadas a la mayoría de la población.

A pesar del esfuerzo de Weber por dotar a la política de un criterio responsable, muchos demagogos de oficio han prostituido esa actividad. Claro, que la política requiere de ética. No tendría sentido que la gente acuda a las urnas, elija a sus gobernantes para que éstos tomen decisiones y emprendan acciones que favorezcan las condiciones de vida de la humanidad. El asunto, como hemos sostenido, es que en la práctica quienes llegan a los altos cargos del Estado no están preparados para gobernar, presentan crisis emocionales y están alejados de los principios morales. Ellos han hecho del ejercicio gubernamental su patente de corso para “hacer grandes negocios” en nombre del pueblo que intentan guiar hacia un mundo mejor. Una paradoja que sigue cobrando fuerza en tiempos de oscuridad.

Uno relee “La política como profesión” de Weber y queda impresionado de los criterios expuestos por el autor para dignificar tan antiguo ejercicio. Desnuda crudamente que las fuentes de legitimación de la autoridad son la tradicional (que se transmite por razones hereditarias), la carismática (por la gracia interna del sujeto) y la legal (conforme al conjunto de normas). De esas tres fuentes le preocupa más la carismática porque puede llevar a un pueblo a obedecer ciegamente a un gobernante que no esté en sus cabales. No se equivoca el autor alemán porque de esos hay bastante en el manejo del poder. La historia así lo ha demostrado con grandes oradores que se venden como los salvadores del mundo y han conducido a millones de seguidores por senderos horribles que atentan contra la propia condición humana. Ejemplos como los de Maximiliano Robespierre, Benito Mussolini, Adolfo Hitler y Fidel Castro son muestras de este tipo de liderazgo.

No podemos ser ilusos ni ignorar que quien hace política ambiciona el poder. Eso es lógico y natural para la persona que va a interactuar en la arena pública. Pero su ejercicio debe estar enmarcado en cierta matriz deontológica. El poder debe usarse para cohesionar el tejido social, dirimir los conflictos (que son naturales su existencia en los seres humanos) y emprender políticas públicas que favorezcan a la gente. Nos negamos a concebir el poder como instrumento de dominio y terror para la gente. La verdadera esencia de la política es construir consensos, promover la tolerancia y reconciliación entre todos, perfeccionar la democracia, incentivar programas que configuren la modernización del Estado y las aspiraciones legítimas de la gente a vivir bien.

Los líderes políticos deben esmerarse en promover planes educativos de calidad y construir ciudadanía, replantear el pensamiento colectivo hacia la inventiva y creatividad. Han de crear condiciones para robustecer el aparato productivo con ciencia, tecnología e innovación. Deben ser visionarios y adaptar sus ideas a las nuevas tendencias del conocimiento para ser exitosos ante la incertidumbre. Además, deben formarse y ser ejemplos motivadores sobre ética, civilidad y sacrificio. Un político (con P mayúscula) debe ser un sujeto que trasciende en su cargo. No para apoderarse del erario público ni mostrarse improvisado en el ejercicio gubernamental. Tiene que ocupar cargos para realizar grandes obras que sean significativas a las futuras generaciones. En la medida que la gente se forme tendrá mayor cuidado de elegir a los hombres y mujeres probos para que gobiernen. Ese es el sentido de la política.

 

Traducción »