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Rafael del Naranco: Desdoblar recuerdos

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En la juventud los viajes son la educación del adolescente. Ahora, con la serenidad de los años forman parte del soporte de la experiencia.

Recorrer  ciudades ya para uno caminar sobre el tiempo ido. Pasar de una calle a otra, entre una suave brisa en desbandada,  es cruzar la historia.

En compañía de nuestro amigo  de lecturas orientales, el Charles Dickens de los cafés de El Cairo, salimos a dar un paseo apenas se levantaba con pereza la pesada bruma del Nilo, ya que  hay días, y éste es uno de ellos, en que es preferible desdoblar el recuerdo y beberlo despacio como si fuera un balsámico té verde en las orillas de esa aguas tan repletas de vivencias extraordinarias.

El egipcio Nagib Mahfuz, el Premio Nobel de Literatura, lo solía decir en sus relatos, ya que  la urbe polvorienta que él describe en sus libros es la de los viejos barrios de El Ghuriya, El Gamaliyya, o el del mercado de Khan el Khalili.

“El Cairo que yo amo – cuenta -, es por ejemplo, el de las calles de “Palacio del Deseo” o “Entre dos Palacios”, – títulos de sus obras – que siguen existiendo aunque con distinto nombre. Son vías populares y llenas de vida y sus habitantes siguen siendo muy parecidos a los que aparecen en mi obras. Pero sobre todo quiero describir El Cairo eterno de las gentes, de sus pasiones, vicios y sentimientos. La historia de las grandezas y miserias humanas reducidas a las calles de esa ciudad”.

Uno de los encantos para recordar de “Al Qahira” (El  Cairo árabe), es en primavera cuando se percibe, al cruzar por sus caminitos, los perfumes  de los  naranjos, sicomoros, palmeras, limoneros, guayabos o flores de jazmín, los mismos olores cuyas esencias se pueden comprar en los bazares y mercados, con nombres sugestivos como “Noches del Desierto” o “Sueños de Cleopatra”.

En el centro de la ciudad, mientras se saborea un “karkadé” – bebida  extraída de una planta roja servida en invierno caliente y en verano fría – uno se  percata que los cairotas llegan a las cafeterías para fumar en la particular pipa de agua (shisha).

En alguna gaveta de la vivienda levantada en la orilla mediterránea en la que moro,   están las fotografías de esa ceremonia. Estoy con  la pipa en la boca y un turbante sobre la cabeza. Era simplemente,  no hay duda, una pose turística, pero ahora es  un  gesto seductor en la soledad del recuerdo convertido en lejanía.

También, sobre ese  relámpago transformado en  soliloquio, uno debe rescatar la ensoñación cautiva, las pirámides, ya que no hablar de ellas en  esta agridulce postal de viaje, es no haber  ido a Egipto.

Antes de llegar al Valle de Giza, comienzan a emerger los espejismos de estas enigmáticas maravillas faraónicas, levantadas, cuando aún el tiempo no existía, con la única misión de idolatrar a dioses con nombres de eternidad.

Ver esas construcciones es sentir la esperanza perdurable buscada con ahínco por  los faraones. Allí, bajo la luz tornasolada de una tormenta de arena, un guía de camellos nos recordó el proverbio que hace temblar la existencia en su dimensión cósmica: “Todo el mundo teme al tiempo, pero éste teme a las pirámides”.

Uno se percata en medio de esa soledad, como un pueblo, con la única pasión de ser inmortal, llegó a vencer el sentido de la muerte por encima de la  propia vida y el siroco del desierto.

 

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