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Earle Herrera: Maduro en Minneapolis

 

A Cilia

Me tocó escribir la crónica del papel instigador de Fidel Castro en el Caracazo de 1989. Según los padres de la derecha que hoy tutela  Pompeo, el líder cubano aprovechó la invitación de Carlos Andrés Pérez a su “coronación”  y organizó  las células incendiarias.  Hoy, los hijos de aquellos  piroteóricos acusan a Maduro de otro sacudón, pero en  EEUU. La historia suele repetirse, coinciden Hegel y Julio Jaramillo, uno desde la filosofía y el otro desde el bolero, que son casi lo mismo.

Para la crónica de Fidel y el Caracazo yo estaba en el sitio, pero para la de Maduro y George Floyd me separan la distancia, la pandemia y mi orgullosa condición de sancionado: el imperio no me quiere por allá. Nada, todo eso lo resuelve el siglo XXI y algo atemporal: la imaginación. Heródoto, padre de la historia, no vivió los hechos que narró.  Ni Homero, padre de la epopeya, los prodigios que inmortalizó. A mí se me hace más fácil  porque, al no ser el uno ni el otro –Guanipa no es Atenas-, se me exige menos: una efímera crónica.

¿Cómo entró Maduro a Minneapolis? Julio Borges debería decirlo, pues para acusarlo de subvertir más de 150 ciudades de la Unión, debió saber si fue de polizón  por el Misisipi  o “coyoteando” por la frontera mexicana. La segunda fuente es el Miami Herald, medio que aspira ganarse un Pulitzer con su primicia. También se la pone difícil a Maduro para infiltrarse en el imperio, el “wanted” que pesa sobre su cabeza  por 15 millones de dólares, en un país donde hasta el presidente es un caza recompensa.

Otra: si Borges y el Herald sabían que Maduro merodeaba por Minnesota, ¿Por qué no  lo informaron al boina verde  Goudreau, quien envió lanchas, armas, mercenarios, Rambos y lacayos a capturarlo aquí? ¿Por qué no le evitaron ese nuevo ridículo a Guaidó, después del platanazo  de la autopista?

Yo seguiré  atando cabos. Mientras, por aquella frase del Che de temblar de indignación cada vez que se cometa una injusticia en el mundo, sostengo que si el presidente venezolano hubiera estado en Minneapolis cuando el policía asfixiaba al detenido con la rodilla,   Maduro  estaría  por lo menos preso o en fuga por el gran río, pero George Floyd seguiría vivo.

 

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