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Rebeca Grynspan Mayufis: ¿Dónde quedan los países de renta media?

 

La pandemia del coronavirus está teniendo un profundo impacto en América Latina, con un costo humano sobrecogedor. Estamos ante una triple crisis sistémica —sanitaria, económica y social— que representa la amenaza más grande que han enfrentado nuestros países desde hace casi un siglo.

América Latina sufre ya la muerte de más de 65.000 habitantes y la amenaza de un aumento de la pobreza de 30 millones de personas, de la inseguridad alimentaria en más de cinco millones de familias y la pérdida de 12 millones de empleos. Un panorama extremadamente preocupante.

Se dice que el virus no discrimina, pero esto es solo verdad en parte porque la covid-19 no afecta a todas las personas, ni a todos los países por igual. La realidad es que esta crisis profundiza las desigualdades estructurales de América Latina y que, si bien todos los países del mundo tienen la misma capacidad de enfermarse, no todos tienen la misma capacidad de curarse del inmenso impacto que tendrá la pandemia en nuestros sistemas sociales y económicos.

En los mal llamados países “de renta media” hay menos personal médico per cápita, sistemas de protección social más débiles, mayores porcentajes de trabajadores informales (casi el 50% de la fuerza laboral en América Latina), mucha más población en pobreza y en riesgo de caer en ella y mayor fragilidad de nuestras micro y pequeñas empresas.

Pero, sobre todo, hay menos capacidad de poner en marcha paquetes económicos de contingencia de gran magnitud, tanto porque tales países cuentan con menos espacio fiscal como por las limitaciones de nuestros Bancos Centrales para desempeñar un papel activo en los mercados de deuda y controlar el aumento de nuestros costos de financiamiento. Además, los flujos de inversión extranjera están yendo en la dirección contraria tras una enorme fuga de capitales y caída de las remesas.

En definitiva, la situación de los países de renta media es doblemente complicada. La contracción económica esperada es de magnitudes similares a la del mundo desarrollado, pero no hay la misma capacidad de financiar una respuesta a la altura de las circunstancias.

El Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y los bancos de desarrollo regionales han comprometido recursos para tratar de reducir estas brechas de financiación. Sin embargo, todo apunta a que poseen una suma insuficiente para lo que se avecina. El G20 pidió medidas extraordinarias (como la moratoria en el pago de intereses), pero estas han ido dirigidas solo a los países más pobres, lo que, si bien es loable, excluye —como ya decía en un artículo que publiqué en el mes de marzo en estas páginas— a los países de renta media, que representan un tercio del producto bruto del planeta, el 75% de la población mundial y el 62% de sus pobres.

Hago, por ello, un llamamiento urgente a que los países de renta media coordinen esfuerzos para trabajar juntos y avanzar propuestas en dos ámbitos esenciales.

En primer lugar, dotar de más recursos al FMI y a los bancos de desarrollo para que puedan proveer una financiación suficiente, tanto de corto como de largo plazo, por medio de líneas de crédito novedosas, flexibles y rápidas y con propuestas para el manejo de la deuda y su sostenibilidad.

Este marco financiero debe permitirnos proteger a la población vulnerable de la pobreza y el hambre, salvaguardar el tejido empresarial y los puestos de trabajo, fortalecer los sistemas de salud y la educación y evitar retrocesos en la equidad de género. También debe ayudar a realizar las inversiones necesarias para retomar un crecimiento sostenible e incluyente, capaz de aprovechar las enormes oportunidades que ofrece la sociedad del conocimiento, la innovación, la sostenibilidad y las nuevas tecnologías.

En segundo lugar, abrir un espacio de reflexión con los mercados financieros y los organismos internacionales sobre la necesidad de incurrir en mayores déficits fiscales y tasas de endeudamiento para salvaguardar nuestra solvencia a largo plazo. Lograr claridad sobre los criterios, indicadores y la temporalidad de esta “nueva normalidad” sería un paso importante para navegar la incertidumbre que nos rodea.

El mundo no puede permitirse el lujo de dejar de lado a nuestros países y arriesgar una espiral de contracción que perjudique a un tercio de la economía mundial y genere una crisis humanitaria que afecte a más de 5.000 millones de personas.

Si el multilateralismo es un instrumento de la paz y un facilitador de la justicia, este es quizás el momento más crítico que ha tenido desde su creación en la posguerra. El tiempo apremia y debemos actuar ya. Cargamos sobre nuestros hombros el peso de la historia.

 

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