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Alfredo Álvarez: Libertad de prensa y gasolina

 

La formación de un periodista en Venezuela, conforme a los requerimientos académicos de las universidades donde se imparte la carrera, estiman que son necesarios por lo menos 10 semestres de estudios continuos para así poder certificar su habilidad profesional y ejercer sin limitaciones el noble oficio. Un estudiante regular se tomará posiblemente dos semestres de estudio, para organizar sus referentes teóricos y determinar que circunstancias de la agitada vida diaria, se convierten en una noticia. Para un reportero, percibir con claridad las diferencias entre un hecho noticioso y un acto totalmente prescindible desde el punto de vista informativo, es la motivación fundamental que marca y define su destino como ser un humano al servicio de la sociedad en la cual convive y se desenvuelve.

A contravía un efectivo de la GNB – una persona de imprecisa y relativa formación académica – tan solo le son necesarios 15 segundos para desestimar la motivación profesional que anima a un joven y bien formado reportero a la búsqueda de una noticia, en una estación de servicio colapsada por el asedio de cientos de ciudadanos, en plena sequia de gasolina y justamente en un país petrolero con las mayores reservas probadas del mundo occidental. Les hablo de una persona entrenada y dispuesta a registrar como un acto relevante cualquier evento que se constituya en lo que en nuestro argot profesional es una verdadera noticia. Deben creerme, una cola de unos mil 500 vehículos, cercando progresivamente una estación de servicio, dispuestos a disputar 9.000 litros de combustible del modo que sea, se convierte en nuestra circunstancia, en una gran noticia. Así esto irrite e incomode a las estructuras del poder político-militar, se trata de una noticia relevante.

Esa ínfima porción de tiempo le resulta más que suficiente al efectivo militar, para generar inéditos requisitos a la hora de estimar, si un periodista puede o no, realizar una entrevista en medio de esa larga cola de ciudadanos que pacientes aguardan desde hace tres días abastecer de gasolina a sus vehículos. A partir de este hecho la enseñanza del noble oficio y consecuencialmente su ejercicio, corren muy serio peligro. Albert Camus abogaba por la debida obstinación que deben cultivar los periodistas bajo cualquier circunstancia. Nos decía que el periodista libre se mantiene firme ante la adversidad. Dice que la obstinación es una virtud cardinal. Por una paradoja curiosa pero evidente, se pone al servicio de la objetividad y de la tolerancia. Camus considera que estas reglas son suficientes para que el periodista pueda mantener la libertad interior, aunque externamente la sociedad sufra la esclavitud. A partir de esa libertad interior, el periodista podrá cumplir su misión espiritual.

La detención de Carol Romero, una joven periodista al servicio del Circuito FM Center quien fue detenida e imputada con cargos de instigación al odio y la promoción de alteraciones al orden público, por registrar en video una trifulca entre airados ciudadanos, estafados por la oferta de gasolina subsidiada, motiva estas líneas. Su fotografía, esposada y reducida fue difundida en medios oficiales como un acto de cruel intimidación contra todo el gremio de la prensa. Ella es apenas uno de los cientos de casos de acoso e intimidación de periodistas mientras cumplían labores profesionales. Ella es la victima del último inaceptable abuso, que pretende instalarse entre nosotros como si de un trámite habitual se tratase.

Durante el mes de mayo se produjeron 112 violaciones a la libertad de expresión en Venezuela caracterizadas por la intimidación a medios y periodistas, la aplicación de una política de censura abierta, así como un rosario de restricciones administrativas. En este lapso destaca la arbitraria retención de no menos de 20 profesionales de la prensa en ejercicio de sus funciones, lo que constituye un indicador que constata la deliberada persecución oficial en contra del periodismo libre.

La ONG Espacio Público documentó 556 violaciones consecutivas al derecho a la libertad de expresión en los últimos cinco meses de este año. Tan solo durante este mes se han registrado 35 intimidaciones y 4 hostigamientos contra valientes reporteros en función profesional; que han denunciado irregularidades en las colas para el suministro de gasolina. Un complemento a estas reservas, es la noticia publicada en la edición digital de Elimpulso.com del pasado 03 de mayo donde se advirtió que el jefe del ZODI local expreso públicamente disponer a su servicio, de un equipo que monitorea las redes sociales para evitar que se cree incertidumbre entre la población por la difusión de noticias, a su juico, improcedentes. Por lo visto la censura llegó para quedarse.

La grave emergencia decretada por la implosión de la economía nacional, la pandemia del covid-19, la amenaza de la hambruna vaticinada por la por la ONU, la irresoluta polarización política entre Juan Guaidó y Nicolás Maduro, son superadas en impacto y contenido, por este extraño fenómeno comunicacional. El ecosistema informativo venezolano concurre como actor y espectador simultáneo, al derrumbe de un paradigma universal que hasta hace poco nos decía como valorar y construir una noticia. A partir de este momento, es necesario tramitar un permiso ante la autoridad militar de la zona, para que un periodista pueda actuar profesionalmente ante un hecho noticioso.

Los historiadores coinciden en que los elementos estructurales que hacen de un evento un hecho noticiable no ha variado a lo largo del tiempo. Vale la pena reiterar que las noticias satisfacen un instinto básico en la naturaleza y curiosidad de todo ser humano. Las personas tienen una necesidad intrínseca, un instinto básico por saber que acontece más allá de sus límites físicos, actuar en todo aquello que no se circunscribe tan sólo a su experiencia directa, sino también en las cosas que afectan a los demás seres humanos. De allí se desprende la sentencia que nos sugiere que conocer lo que no podemos ver con nuestros propios ojos, nos proporciona seguridad, poder y confianza. Esa es la función natural del periodismo.

El periodismo además ofrece algo único a una sociedad: La información independiente, veraz, y exacta que todo ciudadano necesita para ser libre. Cuando al periodismo se le pide algo distinto a esto, cuando un gobierno ejerce el control sobre la información, se subvierte la cultura democrática como ocurrió en la Alemania nazi, en la Unión Soviética, Corea del Norte y otros sistemas totalitarios, en donde esa libertad se extinguió para no permitir conocer lo que en verdad acontece. Cuando algo así se instaura está en juego no solo el periodismo, sino algo mucho más importante. El acceso libre a una información independiente que nos ofrece la posibilidad de ser parte del gobierno de nuestras vidas.

Las restricciones a la libre circulación de información pueden acarrear todavía males mayores. Esa brutal imposición de la censura oficial allana el camino a una sociedad caracterizada por la suprema ignorancia. En ausencia de la diversidad de opiniones, criterios plurales y contrastados, corremos un riesgo mayor. Las nuevas formas de comunicación, restringida y unilateral, obviamente favorecen el surgimiento de la denominada sociedad de la ignorancia. Un mal mayor que viene suplementado con el agravante que glorifica el hecho, de que, en esta circunstancia, ser un ignorante puede ser un acto revestido de glamour y sea admitido como un modelo de relevante éxito social. La narrativa oficial está llena de esos tristes eventos, que entre otras cosas tratan de hacerla ver como una virtud más de la democracia protagónica y participativa. La ignorancia constantemente exige que se respeten sus derechos y en ese reparo, la censura los ayuda mucho.

Quisiera ver el formato que estará a la disposición de los periodistas -en los comandos del ZODI- para solicitar el permiso correspondiente que les permita realizar tal o cual entrevista. Sería además muy interesante medir el tiempo de respuesta de la autoridad militar, para ver como una gran noticia, lo más seguro, se convierta en un descomunal caliche, gracias a la lentitud que la burocracia oficial les imprime por lo general a todas sus actuaciones. El tiempo de espera seguramente la matará de hastío, y la mimetizará lentamente con nuestra decadente realidad. Así las cosas George Orwell con su novela 1984, será apenas un mal recuerdo. Claro, eso ocurrirá siempre que intentemos hacer un paralelo con el terrible drama que hoy vivimos todos los venezolanos.

 

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