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Fernando Mires: La economía del sacrificio

 

1- Prefiero morir de covid-19 que de hambre.

Al leer esa pancarta chilena sentí un escalofrío. Fue lema en las demostraciones de La Pintana y Puente Alto, dos comunas con predominio de personas de bajos ingresos. Allí el bicho picó fuerte. No obstante, pasado el efecto del impacto y observando con más detención al video, pude percibir que los manifestantes se expresaban más o menos con el mismo estilo, disposición y griterío de los llamados estallidos de octubre de 1919.

La pandemia es la continuación del estallido bajo otras formas habría dicho Clausewitz si hubiera sido chileno. Fuertes insultos en contra del presidente Piñera, rostros aparentemente iracundos, puños cerrados y en alto, todo en modo comunacho.

La pancarta te ponía entre dos alternativas: o te mueres contaminado o de hambre. En el fondo, nada original. A los chilenos gusta la palabra muerte. No por casualidad somos el país con más alta tasa de suicidios del continente (en algo hay que distinguirse pues). Sobre todo si la muerte anda rondando y no deja otra alternativa que vencer o morir. O tú me das lo que te exijo, o me muero. Dilema muy irreal por lo demás.

Entre morir de hambre o de covid 19 hay una paleta de posibilidades. Por otra parte, no hay seguridad de que todos estén convencidos de que entre morir de modo coronario a de raquitismo hay que elegir lo primero. Porque eso de perecer intubado o agonizar boca abajo es una tortura dantesca, por no decir pinochetista. En esas condiciones quizás algunos prefieran morir de hambre. No había razón entonces para impactarse tanto con la pancarta. Pero de pegar, pega. Y pega duro.

Continuando con el video pude darme cuenta que no todos los manifestantes protestaban por la mala distribución de alimentos. Otros lo hacían en contra del paro de la producción y del comercio, del cierre de fábricas y de los consecuentes despidos ocupacionales. Y por supuesto, no faltaban los que simplemente protestaban en contra de las medidas de protección. En fin, como habría dicho Ernesto Laclau, un compendio de demandas inequivalentes articuladas bajo un significante vacío. El significante vacío es ese odio (sí, odio) que despierta Piñera entre distintos sectores de la sociedad chilena (no sólo entre los más pobres)

No es el lugar para causalizar ese odio. O porque es millonario o porque todo lo que dice le sale mal (en tono falsete), o porque es pesado de sangre, o qué se yo. El hecho es que ni entre los suyos es querido o por lo menos, respetado. Su autoridad, cuando la ejerce, deviene del cargo, no de su persona. En fin, la manifestación chilena no parecía ser sino una clásica reacción tercermundista donde las adhesiones personales suelen ser más fuertes que las políticas o las ideológicas, en un país también tercermundista que durante un tiempo padeció de ínfulas primermundistas.

2- ¿O no? Tal vez no. Parece que no es todo así.

Una impresión diferente obtuve cuando llegó el momento de observar las reacciones públicas que han despertado en Alemania las medidas de protección recomendadas por el gobierno de Ángela Merkel. Un gobierno que a escala mundial figura como modelo de sabiduría y prudencia, sobre todo si es comparado con el de mandatarios como Johnson en Inglaterra o Sánchez en España. O con Trump, quien al intentar minimizar la grave enfermedad solo puede encontrar su parangón en el irresponsable Jair Bolsonaro.

Cierto es que la mayoría de los ciudadanos alemanes han seguido las instrucciones del gobierno con disciplina. Pero a la vez, aunque parezca sorprendente, en pocos países es posible computar tantas protestas masivas en contra del gobierno. Una paradoja. Aunque la explicación no es tan compleja. En Alemania, los dos extremos, los protofascistas de Afd (Alternativa por Alemania) y Die Linke (la izquierda) han llegado a un acuerdo tácito (no explícito): protestar en conjunto en contra de Merkel.

Las imágenes televisivas hay que tomarlas en serio. En Berlín y otras ciudades los manifestantes suman miles. Difícil es saber quiénes son de extrema izquierda y quienes de extrema derecha. Si se diferencian en algo es por la indumentaria. Los de derecha prefieren colores oscuros, los de izquierda, más bien chillones. Pero los gritos son los mismos. Pocas veces la conocida frase “los extremos se tocan” ha alcanzado mayor verosimilitud pues los manifestantes, desafiando a la regla de la distancia física, se “tocan” de verdad.

Algunas pancartas son ingeniosas y hasta sorprendentes: “Devuélvannos la libertad” “Me han robado mi primavera”. Otras son radicales: “Vivimos bajo la dictadura de los virólogos” hasta llegar a las conspirativas: “Covid-19 es una invención de Bill Gates” y otras parecidas. Todo eso podría pasar al ítem de los acontecimientos exóticos que ha originado la pandemia. No obstante, la impresión es que los manifestantes expresan un malestar muy difundido. Esos grupos no han inventado ese malestar, pero sí intentan, a su manera, politizarlo. Y, gracias a la inmensa – y sospechosa- cobertura de la prensa, lo están consiguiendo.

En pocas palabras, lo que ambos extremos de la política alemana han captado, es la dimensión social de la crisis pandémica. Una muy heterogénea. Desde las familias que no se soportan en sus departamentos, pasando por quienes ven sus puestos de trabajo amenazados, hasta llegar a los grandes comerciantes, a la industrias gastronómicas y turísticas y a los cientos de ramas empresariales sometidas a receso temporario.

Dicho sin el patetismo de los manifestantes chilenos, son cada vez más los ciudadanos alemanes que prefieren arriesgar y enfermarse con el virus a tener que soportar la inseguridad de un descenso social, las inevitables desventajas económicas, las desocupaciones masivas, o simplemente, cambiar de modo de vida. La presión ejercida en contra de Merkel es enorme.

Merkel no da su brazo a torcer. Está cien por ciento convencida de que un relajo en las medidas impuestas puede llevar a una segunda ola pandémica. Ha dicho que más vale esperar unas semanas. Pero no puede pasar por alto el carácter federal de la nación. Al fin, confiando en la inteligencia de los ministros presidentes, ha cedido a ellos la toma de iniciativas destinadas a controlar los efectos de la crisis.

Todo parecía marchar bien, hasta que estalló la rebelión de Ramalow, en Turingia, Bodo Ramalow, miembro de la Linke, ministro-presidente gracias a votos socialcristianos, puso la nota alta. Decidió suprimir todas las medidas de protección, conservando solo una, el uso de la mascarilla, vale decir, la que se encuentra en un muy tercero lugar después de la distancia física y del lavado de manos.

El oportunista ministro-presidente pensó seguramente que había llegado su momento de gloria. De hecho, con su desobediencia – no solo a Merkel sino al consenso establecido por los demás ministros-presidentes- perseguía tres propósitos. Primero, conquistar adhesiones en el creciente público que prefiere enfermarse a cambiar su modo de vida (sobre todo las vacaciones que para muchos son sagradas) Segundo, hacer una zancadilla a Merkel y lesionar su imagen de líder europea en contra de la pandemia. Y tercero, el más decisivo, recibir el apoyo de los principales grupos económicos de Turingia ¡Qué mejor!

3- Imposible, fue demasiado claro

La gran mayoría de los gobiernos regionales y de los partidos políticos, con excepción de AFD, se pronunció en contra de Ramalow quien hubo de pasar a la defensiva aduciendo haber sido “mal interpretado” (imposible, fue demasiado claro). Sin embargo, Ramalow no puede cantar derrota. Lentamente los gobiernos regionales comienzan a hacer suya, en contra de la opinión de Merkel y de los institutos de virología, la tesis de Ramalow, pero expresada de modo más civilizado. La tesis dice así: la desescalización se irá realizando paso a paso, en tanto no aumente el número de contagiados. Suena bien. Pero hay un detalle: ¿qué quiere decir “no aumente”? Ahí está el problema: No quiere decir que la curva baje sino que se mantenga “aplanada” y eso a su vez quiere decir, en la medida de que el número de personas contagiadas y muertas, que de hecho es muy alto, no siga subiendo. En claro idioma: la pronta estabilización de la economía pasa por aceptar una cantidad “razonable” de muertos.

Frente a la crisis pandémica hay dos alternativas. Una es la del gobierno Merkel: prolongar las medidas restrictivas hasta que el peligro de contagio sea reducido al mínimo. La otra es la de la economía: mantener un equilibrio entre la curva de ascenso de la mortalidad y la curva de crecimiento económico. Esa es la posición que en estos momentos prevalece. La recuperación inmediata de la economía pasa inevitablemente por el sacrificio de vidas humanas, sobre todo la de personas debilitadas por enfermedades crónicas, no todos ancianos. Como dijo con brutalidad un alcalde del Partido Verde: “Al fin y al cabo, los viejos se van a morir pronto”. Su brutalidad le costó el puesto, pero todos sabemos que si bien pocos se atreven a decirlo públicamente, esa es la opinión de gan parte de la ciudadanía.

Entre la pancarta chilena “prefiero morir de covid-19 a morir de hambre” y la tesis predominante en la política y en la economía alemana, “preferimos una determinada cantidad de personas muertas a tener que bajar nuestro nivel de vida”, hay una innegable relación de parentesco. Ambas ponen la razón económica por sobre la razón de la vida. La economía de nuestro tiempo continúa siendo sacrificial.

He escrito “continúa”, y me explico: en estos días pandémicos he estado leyendo los libros de Yubal Harari. En su magnífico Sapiens, Harari hace una detallada descripción de la economía de los pueblos cazadores-recolectores. Tanto en la caza como en la recolección, los seres discapacitados, los viejos y los heridos, eran en un obstáculo y por eso mismo debían ser sacrificados. Ahora bien, la crisis pandémica ha demostrado que si bien ya no somos recolectores ni cazadores, la lógica económica de nuestro tiempo no está tan alejada de la de nuestros antepasados más originarios. En situaciones límites la sociedad moderna, pese a todos los adelantos tecnológicos y digitales, vuelve a sus inicios sacrificiales. Probablemente tenía razón Nietzsche cuando afirmó que el humano todavía no ha salido de su pre-historia.

Lo aquí escrito – entiéndase bien – no debe ser tomado como crítica, ni social ni cultural. Es solo una constatación. Nada más.

 

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