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Oscar Fuenmayor: Cuidado con los zombis

 

En una de tantas películas de zombis se nos cuenta que un virus, el virus X, se ha escapado del laboratorio de genética de cierta corporación (y que por accidente) y posteriormente de extiende como un covit 19 por todo el planeta. A consecuencia del virus la gran mayoría de los ciudadanos se convierten en muertos vivientes que asolan y arrasan con lo que va quedando de humanidad, ya languideciente por los bajos salarios mínimos y deficientes sistemas de salud pública. Realmente esta ficción se parece bastante a lo que ocurre hoy en día y, al parecer de algunos pensadores, la diferencia pudiera estar, aunque no hay certeza de esto, que el virus en cuestión no se escapó por accidente sino que una mano peluda lo dispuso así para contaminar los cielos y la tierra y exterminar a media humanidad,  y así, dar comienzo al reordenamiento de la vida y el trabajo que garantice los privilegios de élites dominantes. Más adelante podría conocerse la verdad.

Ciertamente es ficción que unas abominaciones como los zombis de las películas se organicen en grupos y salgan a morder a todo aquel que se cruce en su camino como si no se les ocurriera otra cosa mejor, como salir a morder a corruptos, especuladores que la justicia no alcanza,  a quienes los pusieron en esa situación, por ejemplo. Es de verdad un poco tonta esa ficción.

Lo señalado arriba se refiere solo a una versión de los zombis, la del cine y que no es real, pero en la vida cotidiana vemos fenómenos que nos hacen pensar que la vida humana tiende a la zombificación, es decir, a que grandes masas de seres humanos reaccionen como autómatas guiados por impulsos y designios de los cuales no tienen control alguno. Tales controles están en los centros de poder político y financiero que hacen y deshacen con nuestras vidas lo que les da la gana.

No vayamos a pensar entonces que solo existen en las películas porque podríamos  estar corriendo serio peligro; los zombis existen, están entre nosotros, tanto como el covit y el desastre de soberanía energética y alimentaria que padecemos en el país. Van a seguir formando parte de nuestra cotidianidad y es preciso aprender a reconocerlos en la vida real antes de que sea demasiado tarde.

Tengamos  mucho cuidado, sobre todo en estos días de tanta beligerancia, ya que  podríamos encontrarlos casi en cualquier parte sin previo aviso ya que a diferencia de las películas, parecen personas tan normales o anormales como usted y como yo. Podríamos estar justo al lado de uno de ellos y no darnos cuenta. Pueden tornarse violentos hasta entre ellos mismos y, casi literalmente, caerse a mordiscos. Como hemos sabido por las películas de zombis, cuando se los ve venir, lo que hay es que correr; si te alcanzan te muerden y te convertirás en uno de ellos. No se puede razonar con ellos.

A mí me tocó padecer un encuentro imprevisto con dos de ellos, uno de estos intensos días de crisis. Fui a una panadería y tuve que calarme una colita muy respetable mientras regresaba la luz y se normalizaban los  sistemas de comunicación con los bancos. Comenté, como quien piensa en voz baja, casi murmurando para mí:

─Esta es la vida que vamos a llevar, es la nueva normalidad que nos están preparando los dos presidentes que tenemos, ─comenté distraídamente, un poco como para drenar mi contrariedad de ese momento. Pensé que nadie me había escuchado.

Sin embargo, desde muy atrás, desde el fondo de la cola, se oyó una voz en la que podía percibirse el mal humor.

─Eso lo estará haciendo el colombiano  mijo, aquí la culpa de todo lo que pasa es del Maduro, con mi Guaidó no te metas. ─Sentí en esa voz una rabia sorda, como de contenida violencia.

Casi al instante, de otra parte de la insufrible cola que no avanzaba, terció un señor muy alto y fuerte que parecía una pared con piernas;  dijo  con cara de pocos amigos:

─No señora, me va a perdonar, pero el culpable es su amiguito Guaidó, ese si está bien enchufao con Donald Trump y  ahora es el dueño de Citgo; la culpa de lo que nos pasa es del bloqueo; además fíjese que el rastrojo ese se opone a que entre la gasolina que nos traen los iraníes y está pidiendo a otros países que intervengan militarmente para impedirlo, ¿Cuánto le estará pagando Trump para que pida invasiones?

─Mas rastrojo será usted ─replicó frenética, la señora  ─y no me venga a mí con cuentos de caminos verdes, de esa gasolina poca va a ver el Pueblo, esa la van a llevar a  Colombia por caminos verdes quienes ahora están haciendo negocios en dólares con ella. ─Y mientras decía eso levantaba en alto su sombrilla con gesto amenazador a la pared con piernas que la había refutado.

El ambiente se puso tenso, parecía que iba a romperse.

─ ¡Aja! ─Replicó enseguida “pared con piernas” ─ ¿Y qué me dice de la corruptela con la ayuda humanitaria? Si nos invaden como está pidiendo ese traidor, ya se ve lo que van a hacer con los recursos del país; ya se apropiaron de la empresa Monómeros, allá en Colombia, y seguramente recibieron su tajada del oro que Inglaterra no quiere devolver. Ese tipo es un delincuente, además ni presidente es, nadie lo eligió… yo con Maduro rodilla en tierra.

─ Usted lo que es es un vulgar chavista arrastrado, Guaidó es el presidente legal de Venezuela; y mas corrupto serán su abuela y usted; dígame, ¿Quiénes arruinaron a PDVSA? ¿Acaso fue Guaidó?…

A estas alturas del debate, la señora de la sombrilla se había salido de la cola aproximándose al caballero que la contradecía, quitándose el tapabocas y haciendo unos elocuentes  movimientos de esgrima con la sombrilla. “Pared con piernas“ estaba rojo de furia y temí que las cosas se pusieran mas serias y traté de mediar.

─Vecinos, por favor, cálmense, no es para tanto…

─ Dígame usted, buen señor─ me interpeló  la señora pero ahora poniendo cara de dulzura mientras me apuntaba con su arma blanca ─ Usted fue quien comenzó la discusión, diga algo, ¿qué piensa? ─El otro señor, “pared con piernas“, me miraba fijo esperando mi respuesta, parecía estar al acecho. Nunca hubiera pensado que pensar en voz baja en una panadería  tuviera tales repercusiones políticas.

─ Vean vecinos, lo que primero que hay que hacer es relajarse y analizar estas cosas con la mente fría, con imparcialidad…

─ Imparcialmente, verdad, ¿Como dice el  Claudio? ─interrumpió  “pared con piernas” mientras se me aproximaba  agitando las manos como si fuera a manotear en mi cara.

─Yo Les voy a dar mi opinión sincera, pero se dejan hablar…

─Usted lo que me está es mandando a callar ─protestó la señora mientras seguía blandiendo su sombrilla ─A quien tiene que mandar a callar  es al enchufao éste ─refiriéndose “pared con piernas“ quien realmente estaba ya como un energúmeno y la idea de la señora de que yo lo mandara a callar la descarté enseguida.

Uno que estaba en la cola propuso:

─Que hable el señor, él fue quien empezó.

No me gustó para nada esa propuesta. De inmediato me volví el centro de varios pares de ojos pendientes de mi discurso; sentí que la mano peluda del destino rozaba mi humilde condición de ciudadano sin servicios públicos y víctima de dos bandas rivales.

Estaba obligado a decirles a esos dos ciudadanos que ambos estaban equivocados; que atacar al Maduro y apoyar al Guaidó o, al revés, era condenarnos a no salir nunca al callejón sin salida en que ambos nos habían metido; que cada uno era el Chingo y el otro el Sin Nariz; que por el momento estábamos atrapados y que lo único que podemos hacer para el futuro era comenzar a construir un camino diferente a ellos. Pero decir la verdad a personas que no quieren escuchar puede tener sus riesgos;  me preocupaban muy particularmente la agresiva señora y “pared con piernas“, quien bufaba como un toro y parecía ya un volcán a punto de hacer erupción.  Por extraño que pueda parecer fue cuando me acordé de una de las películas de zombis en las que se recomienda correr y alejarse de ellos antes de que te muerdan. Entonces tuve una genial idea, pelé por mi celular y simulé que tenía una llamada urgente:

─Sí, dime. … bueno, voy para allá,…

Inmediatamente expresé mis disculpas: Disculpen vecinos, tengo una emergencia familiar,  me acaban de informar que mi abuelita la van llevando al médico; tiene unos extraños síntomas, no quiero ni pensar que se trate de… ha sido un placer haber escuchado sus razonamientos tan profundos, hasta otro día.

Y raudo como la crisis que nos abate desde el 2013 salí a toda prisa de aquel escenario absurdo. Ya en mi casa, en mi cuarentena por covit y por gasolina me felicité de mi propia ocurrencia aunque, a decir verdad, no me sentí un ciudadano muy valiente.

 

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