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Fernando Mires: Sin confrontación no hay política. Sin dialogo tampoco.

 

El diálogo es la puesta de la confrontación en forma política. Por eso hay que diferenciar entre diálogos informales y formales. Los primeros ocurren casi siempre, aún en condiciones no políticas como son las determinadas por autocracias y dictaduras. Los segundos, más ceremoniales, son los que culminan en un acuerdo entre dos fuerzas antagónicas. Podríamos llamarlos diálogos-negociaciones.

Joaquín Villalobos, un salvadoreño que no solo aprendió a negociar en libros, en uno de sus últimos de sus varios artículos sobre negociaciones en Venezuela, los caracteriza así: “Las negociaciones no son entre amigos sino entre enemigos que no se reconocen política y moralmente. Por lo mismo no parten de la confianza sino de la desconfianza” (El País, 05.07. 2020)

La negociación, vista así, no es punto de partida sino de llegada. Suele aparecer bajo dos condiciones: que una fuerza haya derrotado a otra o que exista un empate que, sin la existencia de negociaciones, puede terminar con la destrucción de ambas. En otras palabras, un diálogo formal, o negociación, no es un fin en sí. Es un instrumento de lucha. O si se quiere: la continuación de la confrontación por otros medios.

Quien pone como objetivo una negociación sin tener con qué negociar, o va derecho a la capitulación o solo intenta usar las negociaciones para llevarlas al fracaso. De ahí que, antes de proponer una negociación hay que conocer muy bien el capital político con que se cuenta, tanto en su cantidad como en su calidad. Una fuerza política que no está en condiciones de representar a grandes contingentes sociales, o cuyas filas están diezmadas, desmoralizadas y divididas, estaría en muy malas condiciones para emprender una vía negociadora. Ni con generales sin regimientos, ni con caciques sin tribus, puede haber buenas negociaciones.

En el caso concreto de la oposición venezolana a la que se refiere Villalobos, hay que tener en cuenta que en estos momentos no existe una dirección única en condiciones de representar a la oposición como conjunto. Hay que partir entonces del hecho objetivo de que se trata de una oposición que sufre una profunda crisis hegemónica, vale decir, de una que no ha resuelto el tema de su estrategia política ni en sus medios ni en sus fines.

Peor aún: dentro de esa oposición hay dos líneas transversales, las que se excluyen entre sí. La primera levanta una línea insurreccional (fin de la usurpación) y la segunda una línea en defensa de la constitución. La primera es ofensiva, privilegia el acto heroico y el uso de la violencia, apuesta a golpes de estado y a intervenciones extranjeras. La segunda, más bien defensiva, pone el acento en la conquista de espacios democráticos, en los medios pacíficos y en la lucha por elecciones libres y soberanas, esto es, en todos los terrenos donde el gobierno es más débil que fuerte.

Frente a ambas oposiciones -quizás está de más decirlo- el gobierno de Maduro no siente ninguna necesidad de negociar. Solo lo hará cuando se vea realmente amenazado por alguna de ellas y de eso, quiera uno o no, se está muy lejos. De tal manera que para enfrentar a la autocracia gubernamental, la primera tarea no pasa por una negociación sino por resolver el tema de la hegemonía política al interior de la oposición. O dicho con más crudeza: si esa oposición va a continuar siendo representada por un grupo de extremistas aventureros cuyos fracasos han sido insistentemente demostrados, o retoma esa línea política que la llevó a conquistar la AN el año 2015.

Vista así, la línea fundamental que separa a la oposición no es entre partidarios y enemigos del diálogo sino entre militaristas y constitucionalistas. Algunos sectores de estos últimos ponen. sin embargo, el acento en el diálogo-negociación y no en la constitucionalización de la política.

¿Habrá que repetirlo? El diálogo-negociación no es en sí una línea política sino el resultado de una línea política que puede incluirlo o excluirlo. Hay ejemplos de lado y lado. Walesa en Polonia dialogó con el general Jaruzelzki para impedir una invasión soviética. Ni Aylwin ni Lagos en Chile dialogaron con Pinochet. Simplemente lo derrotaron con la Constitución en la mano.

Insistir en una negociación sin tener capital político puede llegar a ser tan absurdo como insistir en el fin de una usurpación sin tener un capital militar.

En el caso venezolano todo parece indicar que un diálogo-negociación pasa por la redefinición de la oposición, proceso que a su vez, hay que aceptarlo, deberá pasar por ineludibles rupturas. Dicho aun más claro: ha llegado el momento en que la parte democrática de la oposición deberá separarse de su parte no-democrática. Los diálogos, si es que son necesarios, vendrán después. Cada cosa tiene su tiempo, cada política tiene su momento.

Como reza el Eclesiastés (3) Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: un tiempo para nacer, y un tiempo para morir; un tiempo para plantar, y un tiempo para cosechar (….) Traducido al idioma político podría decirse: hay un tiempo para unir y otro para separar; hay un tiempo para confrontar y otro para dialogar.

Equivocarse de tiempo, sea en la guerra como en la política, suele ser fatal.

 

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