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Eligio Damas: Ahora es Bolívar, no Gedeón ni Trump, más porque un peligro común nos amenaza

 

Caminó sobre el planeta, según el cubano Francisco Pividal, más de cinco veces que Aníbal, “El gran cartaginés”, Alejando Magno, “El grande” y Napoleón Bonaparte, “El gran corzo”, juntos. En su montura le dio más de una vuelta al planeta. Atravesó los Andes, desafió nevadas, vientos helados y riscos. Viajó incansablemente desde donde el gran Orinoco se angosta y acuna la ciudad de Angostura y se reunió, el 15 de febrero de 1819, el segundo congreso Constituyente de Venezuela, siguiendo la difícil ruta de los llanos, para llegar hasta el sur liberando pueblos, creando repúblicas y despertando conciencias; haciendo del conforme y oprimido un pájaro de raudo vuelo y del rebelde, un consciente del qué hacer. Así hizo nacer la “Gran Colombia”, su proyecto unificador.

Y nunca se cansó porque fue y es como el gran Cóndor Andino.

Por esos caminos solitarios a veces secos, otras anegados y sorpresivamente atacadas sus fuerzas por enemigos, dejó su figura pegada. Y está de recodo en recodo. Quizás esos espejismos, como reflejos de cosas que en algún sitio están, que viajan como aquel jinete que nunca supo de fatiga hasta aquellos solitarios días de Santa Marta, hacen que el vocerío repita “Alerta que camina la espada de Bolívar por América Latina”.

Por esas ideas y fuerza que viajaban a lomo de caballo, el poeta, ensayista, economista, Orlando Araujo, dijo de manera hermosa:

“Bolívar jamás tuvo un caballo; Tiene un pueblo. “Uno tenía de color de trigo y lo regaló a José Martí”.

Ese caballo nadie lo ha desensillado y recorre América Latina; va desde donde combatió Pancho Villa, hasta la helada Patagonia, del Chile de Manuel Rodríguez, “El Chispas”. Lo cabalga el pueblo, que es Bolívar.

Neruda le vio en el frente de Madrid, arengando al pueblo y Quinto Regimiento; en calles de Santiago, combatiendo por Allende. Supo que el guerrero heroico estaba en todas partes y por eso escribió el “Canto a Bolívar”. “Padre nuestro que estás en la tierra, en el agua, en el aire”. Se siente el golpear de sus tacones; paso marcial y brillo de su espada, invitan a la unidad de esfuerzos y continuación de la obra inconclusa, para borrar aquella frase dolorosa suya, “he arado en el mar”. Porque en verdad como canta Neruda, hay en este ahora, una ronda de manos solidarias, agarradas fuertemente “hasta el fondo del continente oscuro”.

Y mientras hacía todas esas hazañas todavía le quedó tiempo para el pensar profundo y ponerse a mirar hasta lejos donde los mortales normalmente no miran. Vio entre nubes, vientos, ciclones y huracanes del Caribe el futuro del norte y pudo percibir que crecería y que en ese proceso de crecimiento empezaría a exigir e imponer, una como glotonería dictaría su conducta para hacer lo que le viniese en gana y su afán le demandase y entonces hizo una advertencia, “Estados Unidos de Norteamérica, parecen condenados por la providencia………..”. Y aquello que dijo, al pasar de los años, empezó a volverse realidad. Y por haber dicho eso, hacer todas sus hazañas, habernos señalado que había un camino, el de la unidad de nuestros pueblos, por aquella capacidad suya de mirar lejos y volar por encima del tiempo, hoy y ahora es Bolívar.Ahora es Bolívar. Nos amenaza una fuerza extraña, ajena, que pudiera agarrarse todo para ella y ninguno de nosotros tener aquí derecho de opinar ni de decir. Es la misma de la que nos advirtió Bolívar. Porque eso está en la naturaleza del modelo, en su lógica; en su necesidad de subsistir, crecer y perdurar. Pudiera, por la apremiante necesidad de asegurar este “su patio trasero”, ya en lo inmediato, porque la inmediatez suele acompañarle, venirnos con un bombardeo, una exorbitante multiplicación de la pandemia, donde las bombas, como el virus, no harían selección alguna y caerían sobre todos nosotros por igual. Ni las bombas ni el virus vendrían con números de cédula, carnet de la patria, apellidos ni dirección. No vendría un policía o un soldado, apertrechado con una lista y una bolsa enorme, de visita a determinadas casas o iría a la plaza y la escuela a ponerle en la mano o en la boca a los escogidos las bombas o el virus. Las balas de las ametralladoras, antes de incrustarse en la carne humana, no estarán en capacidad de discernir quién es quién. Todos estaremos en el campo invadido y cada uno de nosotros, de hecho, sería un enemigo potencial y objetivo. Vendrían contra todos, contra el primero que se les atraviese. Y como mi hijo, mis hijos, son amigos de los tuyos y se reúnen en la misma plaza, van a la misma escuela, podrían encontrarse con las bombas y el virus sin que les pidan cédulas ni sus apellidos. Porque los niños, por ser niños, viven felices viéndose amigos y encontrando entre ellos más cosas que les unen, como el juego, compartir sus meriendas y alegrías y son poco propensos a las pequeñeces de los “grandes” de darle preeminencia a lo distinto y “a los intereses míos sobre los tuyos”; a lo de “yo quiero gobernar para hacer mis negocios y tus ideas eso me interfieren”. Ellos, los niños, en la escuela se toleran y eso confundiría mucho más a las bombas y la metralla de los tanques.

Por eso, amigo, sabiendo que entre tú y yo hay es más lo que nos une que lo que nos separa, tal como de hecho lo conciben los niños, porque ese, tu juego es el juego de todos para divertirnos y vivir la vida en alegría, como que toda esta herencia es tuya y mía, te digo, ahora es Bolívar y por él, su legado, y todo eso que es lo nuestro, pongámonos de acuerdo, tienes tu espacio, tengo el mío y nos ponemos a defender lo que no es común. Aquí hay para todos. El espacio es grande y la riqueza espera allí nuestro talento y voluntad para hacernos una patria grande. Hay todavía tiempo, pero apresurémonos antes que los piratas nos aborden. ¡Qué corra el balón, la bola de beisbol y qué gane el mejor y el ganador sepa reconocer el derecho de todos, como a todos ese derecho se les reconoció durante el juego! Ningún derecho tiene nadie a agredirnos, sancionarnos hasta la crueldad, bombardearnos, bloquearnos para que hagamos lo que quiere. No es en verdad hijo de esta patria quien no sienta su dolor, siendo él el  mismo dolor nuestro

Ahora es Bolívar.

 

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