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Margarita López Maya: Actualmente, somos la herencia de ese totalitarismo cubano en el continente

 

No podemos ver el episodio de Macuto con moralismos. El régimen de Maduro gobierna sin reglas, no hay estado de derecho. Además, es de un autoritarismo extremo. Y en esas condiciones “es válido que pienses en abrir todas las opciones”. Entonces, no es que vamos de fracaso en fracaso, sino que lo hemos intentado y Maduro sigue ahí.

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Probablemente, éste sea el momento para pasar la página, para reinventarse. Para hacer un alto en el camino y cambiar la estrategia y sus tácticas, tácticas que deberían ser de resistencia. Resistir a través de diversos mecanismos: la movilización, el fortalecimiento institucional, la articulación entre liderazgo político y sociedad.

Quien habla es Margarita López Maya, historiadora y doctora en Ciencias Sociales, quien en una ocasión le escuchó decir a un embajador destacado en Venezuela que estando en La Habana, a su vez,  le oyó decir a Raúl Castro: La antorcha en el siglo XX nosotros la tuvimos, ahora te la pasamos a ti (Maduro). Y ahí estamos, como la Cuba continental del siglo XXI.

Primero el 30 de abril y ahora este episodio en Macuto. La frase, tantas veces repetidas, «todo está sobre la mesa» (y bajo la mesa también) pudiera ser relevante para las fuerzas políticas en pugna, pero más allá: ¿qué significa este juego en distintos tableros para la sociedad venezolana?

Vengo diciendo que se ha derrotado a la democracia desde la elección de la Asamblea Nacional Constituyente (2017). Desde ese momento, en mi opinión, comenzaron las derrotas de los factores que trazaban, diseñaban y lideraban la estrategia para tratar de producir el cambio político que nos llevara a una transición de vuelta a la democracia. Se han explorado varias alternativas: tres meses de negociación que fracasaron; movilizaciones en la calle que no llegaron a ninguna parte; otra ronda de negociaciones, en las que el gobierno del señor Maduro no ha cedido prácticamente en nada sustantivo o relevante y ahora tenemos este ensayo, debajo de la mesa, que tampoco llevó a ningún lado. Pero todo eso hay que ponerlo en un contexto. Caracterizar al régimen de Maduro ha costado mucho trabajo y no entenderlo ha llevado a que, por donde nosotros nos hayamos metido como sociedad, no hemos encontrado la forma de llegarle a ese cambio político. Entonces, este episodio en particular agrava la situación de derrota. No tenemos suficiente información confiable para saber qué pasó allí, pero todo indica que fue una aventura infiltrada, que terminó produciendo una gran oportunidad para que el aparato de propaganda de Maduro se ensañe contra el liderazgo de Juan Guaidó y lo que se llama el gobierno interino.

¿Cree que la opción «todo sobre la mesa» (y todo bajo de la mesa) está liquidada?

El punto es que nosotros estamos frente a un régimen extremadamente autoritario, que gobierna —desde hace rato— fuera del estado de derecho. No hay reglas, la teoría política denomina eso como un régimen con rasgos sultánicos, porque es de un autoritarismo extremo que se mete en todos los ámbitos de la sociedad y en todos ellos toma decisiones arbitrarias. Entonces, es muy difícil —para cualquier actor político que lo enfrente— crear una estrategia exitosa. De hecho, los autores de ese concepto del sultanismo —Juan J. Linz y Alfred Stepan— sostienen que la evidencia empírica sobre este tipo de régimen hace poco probable que se pueda salir por vía pacífica, por vía negociada o incluso por golpe militar. Ahí radica la dificultad.

Digamos que eso es lo que dice la teoría política, pero la práctica, evidentemente, es lo que ocurre en Venezuela.

Lo estamos viendo, ¿verdad? Así como Linz y Stepan escribieron sobre eso en los 90 sin conocer a Maduro, Maduro está de manual allí. Y si bien ellos no niegan la salida pacífica, lo que dicen es que es muy poco probable. Ellos analizaron el caso de Trujillo en República Dominicana; el caso de Somoza en Nicaragua y también el de algunos países africanos, y dicen que, por lo general, las salidas son inesperadas y generalmente violentas. En un régimen de esta naturaleza —de autoritarismo extremo, con rasgos sultánicos y con una ideología totalitaria al estilo cubano—, es muy difícil que cualquier actor político que lo enfrente tenga éxito. Entonces, diría que no se tienen que descontar cuáles son las opciones. En la dictadura de Pérez Jiménez, que no tenía todos estos rasgos, pero al fin y al cabo era una dictadura, Acción Democrática, o por lo menos Rómulo Betancourt, apoyó -si no a todos- a algunos de los golpes fallidos que se dieron en esos 10 años. Cuando te enfrentas a un régimen de esa naturaleza, que no juega con reglas, digamos, es válido que pienses en abrir las opciones.

Yo veo aquí la «teoría del foco», se financia una célula y se intenta el golpe de mano, opción que tiene una gran trayectoria en América Latina. Y Cuba, por antonomasia, es el ejemplo de que esa teoría puede ser exitosa. Ahora que estamos hablando de manuales, ¿no sería mejor apelar al libro Qué hacer, de Lenin, y construir un partido político de ese estilo? Más allá de esa anécdota, ¿qué piensa usted?

No lo creo, la oposición mayoritaria, la oposición legítima, la que todavía tiene un espacio institucional, que es la Asamblea Nacional, está buscando una salida pacífica, negociada, constitucional y electoral. Ése es su principal norte y su principal característica es que está conformada por una coalición de partidos desarmados. Para hacer eso tendría que hacer lo que hizo el Partido Comunista en el año 62. Tratar de formar una guerrilla y entrar en ese mundo. Una de las cosas difíciles de entender es qué grupos de la oposición entraron en esa apuesta, sin tener las condiciones para hacerlo. Se pusieron a contratar a unos mercenarios, porque no tienen armas, y el foco, además, del discurso es que tú estás buscando una salida pacífica, constitucional y electoral. A mí eso me parece una aventura y yo pondría en duda que el G-4 y la Asamblea Nacional estuvieran metidos ahí. Lo que creo es que algunos asesores se salieron de control.

El fracaso lo tiene que asumir alguien y la cuenta hay que pagarla. Es muy difícil que la responsabilidad política no recaiga en los partidos políticos y en el liderazgo de Guaidó. No hay forma de que éste se desligue. ¿O esta asociación no tiene asidero?

Creo que en algún momento, sectores de la oposición pudieron meterse allí. Pero no sé si llegaron hasta el final con eso. En todo caso, el gobierno del señor Maduro ha hecho un trabajo muy fuerte para convencernos de que fue así, de que ellos llegaron hasta el final. Pero eso no lo sabemos. Por eso hago énfasis en el contexto, porque la situación es muy complicada como para entrar en moralismos en este momento. ¿Qué hemos visto? Manifestaciones en la calle y en un ciclo de protestas, el Gobierno mata a más de 100 personas. Me siento en República Dominicana, me siento en Barbados, me siento en Oslo y el señor Maduro se ríe de la comunidad internacional. Son fracasos y tengo que reconocer que la estrategia que me he trazado no me ha llevado al objetivo que me propuse. Entonces, tengo que reinventarme. Tengo que revisar mi estrategia. Y ése es otro punto, yo no tengo claro que más allá de una élite y de unos políticos a la gente eso le importe. Más bien sería lo que las fuerzas que se oponen a Maduro puedan decir sobre cómo se puede resolver el problema de la comida, el problema de la enfermedad, el problema de la pobreza y de mi orfandad completa frente a esta situación. En los próximos meses el coronavirus va a empeorar. La oposición necesita revisarse y quizás entender que sus estrategias han sido demasiado inmediatistas.

Hay una doble cara frente a los fracasos en general. Por un lado se enuncia el objetivo de una salida pacífica, negociada y electoral y por otro lado se vocea que «todas las opciones están sobre la mesa», incluidas las que están «debajo de la mesa», pero si el ensayo fracasa, empieza el mea culpa, el fariseísmo político. ¿Qué diría usted?

Lo que pasa es que hay una ambigüedad y un inmediatismo por parte de la élite. Ambigüedad en el sentido de que su objetivo principal es que lleguemos a unas elecciones, pero después de todos estos años, está claro que eso está cada vez más lejos. La mayoría de los expertos no ven ahora condiciones para que Maduro acepte unas elecciones medianamente justas en Venezuela, y ahora con el coronavirus, menos. Lo que está en marcha es la consolidación de un régimen cada vez más autoritario y totalitario. Eso hay que decirlo y discutirlo con honestidad. Y si hay actores que quieren coger las armas, pues que las cojan. Pero si el liderazgo se pone de acuerdo en que está desarmado, que no tiene como combatir y que su apuesta es una salida negociada, a la cual Maduro pudiera avenirse, entre otras cosas, porque ya no hay más nada que destruir, tenemos que prepararnos para esa negociación. O que algún sector del chavismo decrete un día: «Hasta aquí llegué, vamos a la negociación»…  Todos pensamos que, en algún momento, hay que negociar, que esta forma de destruir un país pareciera totalmente irracional, pero no sabemos ni cómo ni cuándo va a suceder esa negociación.

Sin una certidumbre en el horizonte, ¿qué queda entonces?

Si el liderazgo, después de una discusión honesta, dice: Yo apuesto por la negociación cuando venga y mientras tanto me preparo para esa negociación, porque no tengo condiciones para hacer otra cosa, entonces, tu estrategia tiene tácticas y tus tácticas son de resistencia, no son de combate para ir a unas elecciones. Son de resistencia al autoritarismo a través de múltiples mecanismos, entre otros, de movilización, de fortalecimiento de organizaciones sociales, de fortalecimiento de las articulaciones entre sociedad civil y dirigencia política, de fortalecimiento, hasta donde pueda, de mi estructura política, de formación de cuadros para una lucha totalmente desventajosa.

Justamente, fortalecer a un partido político en las condiciones más adversas, fortalecer la organización de las masas, sigo pensando en Qué hacer de Lenin…

… No en nuestro caso, creo que habría que detenerse un momento para visualizar un horizonte de mediano y largo plazo. A mí me parece que eso ha faltado. Ahora nos metemos por aquí, mañana contratamos a unos mercenarios, pasado mañana lanzamos a la gente a la calle porque la protesta es importante. Hemos hecho tantas cosas, algunas de librito. En Europa decían que las movilizaciones eran importantes para tumbar gobiernos totalitarios, las hicimos y no lo logramos. Entonces, no es que haya sido un error. Es que se ha intentado y Maduro sigue allí. No es una cosa de que tú te la pasas cometiendo errores. No. Es que la situación es muy complicada. Hay que pasar la hoja y buscar una visión de más largo aliento y tener muy claro que el mundo, en este momento tan difícil, puede disminuir mucho el apoyo a Venezuela. En este contexto, la pregunta es ¿qué podemos hacer para que la gente sienta que nosotros los estamos representando, digamos, en la situación desastrosa que vive el país?

Para los que esperan el colapso, habría que decir dos cosas. Una, en 1989, Cuba colapsó y el castrismo sobrevivió y siguió adelante. Dos, ¿acaso alguien duda de que Venezuela ya colapsó?

En ese sentido, Cuba fue triunfante en la venganza contra Venezuela, terminó poniéndonos de rodillas. Hoy en día, prácticamente, somos la Cuba continental. Le escuché decir a un embajador destacado en Venezuela que él había oído decir, estando en Cuba, que Raúl Castro le había dicho a Maduro: La antorcha en el siglo XX nosotros la tuvimos, ahora te la pasamos a ti. Creo que eso fue lo que pasó. Actualmente, somos la herencia de ese totalitarismo cubano en el continente. Somos un solo gobierno, como diría Maduro.

O como lo dijo textualmente Raúl Castro: «Cada vez más somos la misma cosa».

Sí, sí, sí. Y además tenemos que entender que los dos están verdaderamente identificados y son la misma cosa. El día en que se produzca el cambio, porque en la historia siempre se producen cambios, ese día caerán los dos. Quizás habría que enfatizar la idea de que si Maduro cae mañana no será por lo que tú hiciste, sino por las propias contradicciones, por la situación espantosa en la que está Venezuela, por el colapso de las instituciones, de la economía, de la industria petrolera, del hambre, nosotros tenemos que estar preparados para una implosión de esa naturaleza, para un imprevisto, como diría Juan Linz y Alfred Stepan. Pero nuestra estrategia no puede estar centrada ahí, tiene que ser una estrategia centrada en la gente, en lo que hoy le importa a la gente, que es tratar de resolver algunos problemas de su vida, de sus necesidades básicas. El tejido social que se ha hecho desde las ONG de derechos humanos, de desarrollo comunitario, de ayuda contra el hambre y protección frente a las enfermedades, eso hay que fortalecerlo y ampliarlo a todo el territorio venezolano. Iniciativas como las de Acción Solidaria de Feliciano Reyna, que prácticamente tiene una farmacia a disposición de los venezolanos que no puede comprar medicamentos.

Otra de las cosas que no advertimos, quizás por ingenuidad política, es cómo el autoritarismo, que es un verdadero virus, nos ha enfermado casi hasta un estado comatoso. ¿Realmente hay una influencia cubana en este tema?

La ideología del socialismo del siglo XXI, que comienza en 2006—2007, estigmatizó y criminalizó todos los valores de la democracia liberal. Cuando tienes un aparato de propaganda que dice todo el día que lo peor que le pasó a Venezuela fue tener una democracia representativa durante 40 años y que todos los valores que allí había servían a la clase capitalista y a la burguesía apátrida y traidora (criminalizada), que la sociedad civil es criminal, porque no puede haber ni organización social ni sindicatos, lo que finalmente viene andando es una ideología que ya dura 15 años, acompañada de una destrucción institucional completa. A mi modo de ver, eso ha destruido los valores de la sociedad moderna. Si algo hizo el chavismo, en estos 20 años, fue destruir el proceso de modernización democrática que tuvimos. Y eso implica que no sólo destruyó la industria petrolera, el ingreso fiscal petrolero y la forma en que se estructuró la sociedad, sino también los valores de la modernización. Por eso unos dicen que estamos en el siglo XIX, pero el régimen político tiene una tecnología mediática del siglo XXI, para enfatizar que estamos buenísimo con eso.

Una de las cosas que me dijo Rafael Rojas, en una entrevista reciente, es que él veía que la negociación en Venezuela era muy difícil, entre otras cosas, porque hay dos actores que no se reconocen legitimidad alguna. ¿Cómo podrían sentarse a la mesa?

Yo pondría en duda eso. Quizás los actores políticos, de la boca para afuera, podrían estar en ese discurso, pero la única manera de superar esta crisis es mediante una negociación. A menos que dejes que el país se pierda como algunos países africanos que pasaron muchos años sin Estado, que dejes al territorio venezolano como una tierra de nadie. Pero yo sí creo que la salida en Venezuela es negociada, aunque en este momento soy muy escéptica de que lo sea. Pero cuando se produzca la caída, porque todos estos regímenes caen, hay que estar preparados para esa negociación.

 

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