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Jesús Alberto Castillo: Obrar conforme a la conciencia moral

 

(El factum kantiano)

Un gran problema que se presenta en el mundo de hoy es que la práctica del hombre se aleja de su discurso. No hay una correspondencia entre lo que se dice y lo actuado. La sociedad vive en ese caminar pecaminoso que empobrece el alma de los mortales y conduce a las generaciones futuras hacia actos abominables. Esa ha sido la gran preocupación de diversos pensadores por colocar a la moral en el pináculo de la actuación humana. No ha sido fácil de verdad. La condición del hombre se amarra a una cadena de mentiras y hechos que denigran su perfectibilidad.

Uno de los grandes filósofos que se ha arriesgado en debatir ese cuestionado comportamiento es Inmanuel Kant, quien en su famosa “Crítica de la Razón Práctica” pone el dedo en la llaga. Se niega a pensar que el hombre luce encadenado a las malas acciones, tal como lo han sostenido autores como Hobbes para justificar el absolutismo. Asume que todo sujeto está sometido a las leyes naturales y psíquicas. Pues, distingue dos mundos: el de la naturaleza y el de la libertad personal. El primero condiciona al hombre en el espacio geográfico, como la ley de la gravedad que afecta el desplazamiento del cuerpo. En cambio, en el segundo el hombre da rienda suelta a su imaginación y puede hacerse libre.

Como ser racional, la persona va hacia su propia libertad a través de la moral, ese es su “yo puro” que se contrapone al mundo de la naturaleza, el “yo empírico”. En la medida que ajusta su actuación a los criterios axiológicos va tomando conciencia de su devenir histórico y se hace libre de las ataduras que le imprimen los actos impuros. Esa praxis cónsona con los ideales de hacer bien es el factum del hombre, es decir, el hecho que lo dignifica y le da autoridad moral ante la sociedad. Se siente con una gran responsabilidad del deber ciudadano, es la conciencia del compromiso para asumir los cambios en el contexto socio-político donde se desenvuelve.

Es el gran aporte de Kant como pensador al insistir que el mundo debe cambiar e ir hacia derroteros de ética para garantizar la paz y convivencia social. No podemos dejar que la humanidad se destruya por la prevalencia de criterios que se apartan de la ética. El sujeto en el mundo planetario de hoy debe asumir ese ideal kantiano de hacerse libre, de obrar en el camino de la moralidad para desencadenarse de los malos pasos, la opresión y los vicios del poder. Es esa conciencia del deber que prueba al sujeto ante los demás y lo hace trascender en el tiempo. Por eso debemos alegrarnos cuando los hombres buenos se atreven a hacer grandes obras y desafían a los malos para conducir a la humanidad por los derroteros de la razón,  grandeza y riqueza.

El factum kantiano debe estar presente en nosotros y avanzar hacia un horizonte deontológico que brinde oportunidades a los ciudadanos para apostar a las libertades públicas, los derechos humanos, el esfuerzo personal y colectivo y, fundamentalmente, la defensa de la democracia como sistema de gobierno. Lo que está en juego es el bien supremo de la sociedad que debe estar por encima de las apetencias personales, muchas veces preñadas para infundir el mal y la miseria en la gente. Por eso Kant hace hincapié en el siguiente imperativo categórico: “obra de modo que puedas querer que lo que haces se convierta en ley universal de la naturaleza”. Este imperativo se ha hecho perpetuo en nuestros labios con la frase “No hagas a otro lo que no quiera que te hagan a ti”. Es un compromiso moral que se aparta de los impulsos personales y donde debe privar la razón.

La cuestión no se trata de que nos guste ser buenos para quedar bien con los demás. Eso no tendría ningún valor moral porque responde a sentimientos (idolatría o miedo). Debe haber una voluntad interna que me obligue a tomar conciencia de que la bondad es necesaria para garantizar la paz y el bienestar de la humanidad. Como ciudadanos de una sociedad cada vez más compleja e incierta, tenemos el ineludible deber de luchar por un mundo más humano y coherente con la ética.  Nuestros actos deben erradicar posturas que aprisionen y atenten contra la dignidad de las personas. Debemos hacer de la bondad, más que un discurso,  un imperativo categórico en nuestra actuación diaria. No basta en decir que se es bueno, sino actuar en correspondencia con eso y ser útil para lograr la prosperidad colectiva.

Si hacemos nuestras las palabras de Kant podemos trascender como sujetos. El filósofo nos dice que debemos actuar de manera autónoma y no dejarnos llevar por una voluntad ajena, la cual puede condenarnos a la perdición. Es un llamado a obrar por el respeto al deber ciudadano, al rescate de los valores supremos de la República, al desarrollo de la persona humana y al reconocimiento de la diversidad. Dicha responsabilidad implica usar la educación como vehículo para formar al pueblo y sacarlo del oscurantismo. Es una carrera permanente en un ambiente marcado por el bien y el mal, donde al final nuestra conciencia moral se convierta en la palanca del progreso civilizatorio.  De esa manera podemos zafarnos de los maleficios del poder que tantos estragos han hecho en gran parte de nuestra población y alcanzar, definitivamente, la verdadera libertad como seres humanos.

 

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