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Comer puede más que la cuarentena en Venezuela

 

Trabajadores y ciudadanos se aglomeran este lunes en las calles luego de concederse un decreto que permite, entre otras cosas, el regreso a las labores para el sector de la construcción durante la pandemia de la Covid-19, en Bogotá (Colombia). Miles de trabajadores colombianos de los sectores de la construcción y las manufacturas empezaron a volver este lunes a sus labores en una confusa jornada debido a la oposición de algunos alcaldes a la controvertida flexibilización de la cuarentena por el coronavirus autorizada por el Gobierno de Iván Duque. EFE/ Mauricio Dueñas Castañeda

Trabajadores y ciudadanos se aglomeran este lunes en las calles luego de concederse un decreto que permite, entre otras cosas, el regreso a las labores para el sector de la construcción durante la pandemia de la Covid-19, en Bogotá (Colombia). Miles de trabajadores colombianos de los sectores de la construcción y las manufacturas empezaron a volver este lunes a sus labores en una confusa jornada debido a la oposición de algunos alcaldes a la controvertida flexibilización de la cuarentena por el coronavirus autorizada por el Gobierno de Iván Duque.

La necesidad de producir dinero, que es consecuencia de la necesidad de comer y de atender necesidades básicas en un hogar, se impone a las restricciones físicas, morales, oficiales o de salud, incluso, y más aún, cuando el paciente es un colectivo humano, como lo está demostrando el pueblo sancristobalense.

En estos últimos días, quienes circulan por las vías de la ciudad, especialmente las amplias calles y avenidas de la parte alta, por la zona industrial de Paramillo, han podido apreciar el florecimiento de la economía informal.

Centenares de puestos ambulantes en los cuales se comercian productos alimenticios, de higiene personal y doméstica, preparados artesanales -como galletas, jaleas, mermelada, hasta hallacas y leña-, en una manifestación precisa y clara de que muchos de quienes se han instalado en esa actividad, simplemente necesitan dinero.

La mayoría son trabajadores formales de otras actividades, pero debido a la suspensión de las mismas por el decreto de cuarentena a que estamos sometidos, como ocurre en todo el mundo, ha impedido que los jefes de familia tengan a tiempo, y en la cantidad necesaria, los recursos requeridos para atender la demanda del hogar.

La opción ha sido la más inmediata. Disponer de unos pesitos –porque el bolívar ya no se menciona por estos lares-, con los cuales adquieren productos, y con ellos, se desplazan hasta un sitio público en cualquier punto de la avenida, instalan su tarantín y su silla, y a esperar compradores.

No se quedan desamparados, porque la necesidad de comer también está del lado de quienes compran. Todos salen a ver qué consiguen para atender no solo su alimentación y la de los suyos, sino productos que son necesarios para otras actividades en el hogar.

Un esfuerzo inimaginable para poder sobrevivir

La vida no es fácil para quienes se dedican a esta actividad. La compra de productos para abastecer su “tiendita”, el transporte hasta el sitio, el resguardo de los mismos durante la noche hasta el otro día, cuando se reincorporan a la actividad, todo demanda gastos, que deben sumarlos al precio de compra de los productos.

En general, en estas ventas ambulantes distribuidas en toda la ciudad se consigue algunos productos venezolanos como arroz, mantequilla y mayonesa, harina de trigo y otros pocos, pero en su mayoría, cualquier producto colombiano que se necesite: Aceite, azúcar, sal, café, harina de maíz, mantequilla, caramelos, galletas, leche y varios otros, así como toallas y papel higiénico, champú, jabón de baño y detergente para ropa, alimentos para perros y para gatos. En fin.

También se ofrece al público productos genéricos para uso doméstico, refrescos, y alimentos como queso y hasta carne.

Preguntamos a varios vendedores, por ejemplo, cómo hacen para obtener los productos colombianos, dadas las supuestas restricciones que existen para el paso fronterizo. Algunos se ríen, y otros hacen gestos como queriendo no comprometerse. Pero los que hablan coinciden.

Hay personas que se encargan de traer la mercancía a San Cristóbal. Esas personas son el fin de la cadena humana que comienza con la persona que compra los productos en Cúcuta, la que pasa los productos por las trochas, y la que recibe los productos en San Antonio, desde donde los traen a San Cristóbal.

El tramo más costoso, explican, es el paso por las trochas, ya que deben pagar tributo a funcionarios y a los llamados colectivos. Pero a la final, los comerciantes acá solamente pagan a quien les trae la mercancía. Y en pesos, por supuesto. En ese pago se incluye todo lo demás.

Y aun así, enfatizan, “vendemos más barato que en los supermercados”.

Por otra parte, quienes trabajan con vegetales, dicen que adquieren los productos en el mercado de Táriba, los lunes, e igual les corresponde adicionar los gastos de la movilización de los productos hasta el sitio de venta, o al depósito, y a quienes les ayudan a cargar para un lado u otro.

No es fácil ganarse la vida así, dicen algunos, pero la necesidad obliga.

Albertonews

 

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