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Pedro R. García: Marcha Venezuela; ¿Sin presentirlo hacia su tragedia?…

Después de leer los seminales textos del sociólogo e investigador Miguel Ángel Campos, catedrático de la Universidad del Zulia, además escritor y ensayista, es un desafío: ubicarnos en la cercanía de su obra  (Desagravio del Mal, La imaginación atrofiada, Incredulidad, La Fe de los Traidores, entre otros títulos), para descifrar el áspero y sombrío reflejo que proyecta la sociedad venezolana. deshuesó los hechos que acontecen hoy en Venezuela tras las medidas contra la yamada “Guerra económica”. Analiza las raíces del mal de los especuladores y el doble discurso del mismo Gobierno, pero secciona, como quien estudia la patología de un órgano, al pueblo y su crisis de principios, su voracidad y hasta explica lo que podría catalogarse como un canibalismo amparado en las prácticas corruptas emergentes en toda institución. 

Ubicando algunas pistas…

La crisis escalo este año con el colapso de los servicios su impacto especialmente en la distribución de el agua y el servicio eléctrico, muchos hablaron de un estayido y de saqueos hubo en algunos sitios, pero esto fue un accidente, el gobierno está actuando para otro sector, no para el circo igual que la licuefacción del salario. Los compradores resignados y ahora insospechadamente asiduos masivos de lo que (eufemísticamente yamamos bodegones que muestra que la crisis no ha modificado nuestros hábitos de consumo) que vemos no son misionados de Mercal. Los yevaron al límite de la inanición y ahora es tiempo de cotizarlos, para qué seguir nutriendo a unos parásitos con los dólares del ingreso público, cuando una mínima redistribución de esa riqueza puede mostrarse (bonos y pétreos) como un acto de justicia y de enorme rédito político. Tuvimos saqueos en 1812, y con puntualidad en todos los momentos de reacomodo y fractura del siglo XX, la excepción parece haber sido el 23 de enero de 1958, la gente había estado metida en cintura y los paralizó la memoria de la represión. Y conste que no se saquea por furia moral, sino para repartirse un botín. Saquear es una pulsión de las hordas, pero también de los estafados que nunca han conciliado con el Estado de Derecho, la rapiña del comerciante y su conducta miserable, documentada a lo largo del costumbrismo y, sobre todo, del criollismo, determinó un actitud retaliativa de los pobres. Esta herencia gamonal se fortaleció con la yegada del petróleo, éste redimió a los palúdicos, pero los sucesivos gobiernos lo utilizaron de manera clientelar, ha sido una manera de retener el poder a corto plazo; las bondades, desde cachivaches hasta comedores escolares, tuvieron un origen mágico, gratuito, todo sale de la nada ante los ojos de las masas expectantes, nada está asociado al trabajo creador y el ejercicio de responsabilidades ciudadanas, entre la exoneración de la deuda mil millonaria de los ganaderos, durante el gobierno de Lusinchi, y las grotescas y corrompidas en grado gigantesco de las misiones del chavismo solo hay una diferencia de motivos. La clase media venezolana se abstiene de participar en algunos disparates por el qué dirán, no por principios, su visión del trabajo la iguala con la pobreza en unos impulsos donde aquél no es un factor de bienestar, a unos amarga y a otros les despierta abiertos recelos, hay razones fundadas para eso: al cabo de treinta años de vida asalariada sólo el Seguro Social te garantiza una mínima pensión con que sobrevivir.

En Naufragio de la educación desplazada por  la economía informa…

La educación se hizo pedazos, desde hace treinta años ya no es instrumento de ascenso social, fue desplazada por las promesas de la economía informal: buhonerismo, compra-venta, las grandes fortunas de hoy tienen ahí su origen, modesto pero ruidoso. Educarse para impactar el bienestar fue un experimento exitoso en Venezuela, pero los actores de ese tráiler, dolidos por un pasado de servidumbre, se dedicaron a ostentar ese bienestar, su mejoría de consumo y trastos, en vez de acopiar ciudadanía desde el esparcimiento. Cuando los bienes no tienen origen en un proceso de transformación, de la materia prima y conversión de insumos en productos, resulta muy fácil estafar con el precio final, pues se hace invisible la relación precio-valor, ha ocurrido desde 1935, la prosperidad del sector terciario estuvo fundada en la capacidad de compra de una población de creciente poder adquisitivo, y hábitos urbanos, es decir, poco exigente, siempre ha pagado a precios altos bienes y servicios de pésima calidad. En sus días de factotum del chavismo Miquilena se refirió en estos términos y en público a los empresario, cuestionando su aporte al desarrollo: “Ustedes lo que hacen es importar un container de pantaletas, que compran a bolívar y las venden a cien”, supongo que en aquel entonces no estaba en posición de completar la información recordando que lo hacían con dólares preferenciales. El “ta barato, dame dos”, escondía en realidad los amplios límites de la demanda solvente de financiar el sobreprecio, la estafa.  Al Estado no se le ocurrió sino amparar a este sector en la estúpida creencia de que allí se generaba la riqueza; léanse los informes y alocuciones al Congreso de López Contreras y Medina, aquello es un carnaval de providencias y exoneraciones. Pero cuando hacia 1940 se acordó crear el Banco Central, ese empresariado saltó aterrorizado, le hicieron la guerra propagando que el gobierno nacionalizaría el comercio y ya no habría libertad de gestión, aquella fue una de las oposiciones más feroces de que se tenga memoria, nombres distinguidos de nuestra vida pública e intelectual estuvieron en esa infiel trinchera. Los compradores de esa mercancía adquirida con dólares blandos no es los que comúnmente conocemos como pobres, y es una manera de ampliar la definición de pueblo por parte del gobierno, no es una medida populista, es más bien de mercadeo, pero es sólo la punta del iceberg, la especulación enfermó atragantó al sector, cuando estuvo harto quebrantó la demanda y comprometió todo el funcionamiento de la estructura de consumo, casi demuele la demanda solvente. Para el crimen no puede haber efectos benéficos, es como una contradicción, pero le atenúa la mala conciencia. En sana lógica deberían tocar también la especulación ejercida por el pueblo, sectores populares que estafan a su propia clase, delincuentes del mismo talante que los importadores, la multitud de revendedores que cuadruplican los precios en bodegas y tarantines en todos los barrios de las ciudades del país, es un cordón de alambre en el cuello de los verdaderamente pobres, los votos duros del gobierno; quien compra en la bodeguita está pagando diez veces el precio real, un día un alto funcionario habló de premiar a los comerciantes que vendían precios justos, un disparate de marca mayor. Si el propio gobierno está actuando como realizador a fortiori de la mercancía, lo que debe seguir es la sanción, para aparecer en el segundo acto revestido de la legitimidad institucional, pero apela a la concesión del perdonavidas, sin el menor sentido de su estatuto garantizador del acuerdo, cuando deben ser jacobinos, e ir a fondo con la medida sanitaria, entonces se les ocurre ser rufianes. Venezuela se ahoga en el pragmatismo y se permite respirar en ausencia de Estado de Derecho, pero no soporta un día más ese gran escándalo de delitos sin delincuentes. La expresioncita “guerra económica” les parece grandilocuente para definir un escenario que los excede, las causas de la inflación son de un origen simplista y visible, pero eyos hablan de conspiración de la “extrema derecha” dirigida por la burguesía, es, pues, un enemigo que no existe, a menos que burguesía sea un hatajo de malandros inscritos en SIMADI CADIVI, CENCOEX I, CENCOEX II, Borges (Jorge Luis, no Julio Andrés) dice que quien se plantea falsos problemas obtiene falsa soluciones.  El venezolano se reveló como un sujeto sin la menor gota de solidaridad, avaricia, ventajismo y venalidad están en el centro de una conducta pragmática que ignora todo ordenamiento social, incapaces de asociar rapiña y egoísmo con deterioro de la herencia, el venezolano de hoy representa el modelo miserable de todas las sociedades en trance de canibalismo; los precios no corresponden con el valor, pero la gente atribuye la hiperinflación, en su fetichismo de indigentes, a secretas leyes de la economía, de manera resignada yegan a admitir: eso es lo que cuesta. El chavismo ha tenido a los especuladores como aliados naturales en una fase de este ciclo de empobrecimiento, al disminuir el estándar de bienestar, de satisfacción de necesidades básicas, al tener que dedicar más tiempo al trabajo remunerado, acortar el de descanso y recuperación, prescindir del esparcimiento y el ocio. La población no tutelada por las misiones entró en colapso, añádase a eso los efectos destructivos de stress y la angustia tras la aparición de eso que eufemísticamente yaman inseguridad, es decir, el crimen, todo esto ha obrado como un conjunto de agentes de control social, tenemos una sociedad desmovilizada: por la especulación, la ausencia de servicios básicos, el miedo, la impunidad en todo el espectro del fracturado etat du droit. Enfrentar a sus exiliados es una tarea fácil, lo pueden hacer desde la institucionalidad, y así le harían un favor al acuerdo y aleccionarían civilmente. Pero el escenario jurídico es una ficción, así como la justicia que restaura el equilibrio entre los miembros del acuerdo se extinguió y dio paso a la autogestión (sicariato, violencia vecinal, y demás), los mecanismos regulares ya son obsoletos en la emergencia, por lo demás el espectáculo es rentable a corto plazo y con hechos que reditúan en términos de popularidad, pero no hay justicia pragmática, sólo ajuste de cuentas, juzgar y condenar a un atracador a través del ordenamiento e imponerle la pena más severa, es distinto a mandarlo a matar, en un acto expedito y menos costoso, porque en el segundo caso la sociedad no habrá percibido los efectos aleccionadores. Se tendrá que meter la lupa y el bisturí a todo el sector terciario, desde la venta de vehículos hasta el ramo de mercería, lo que tenemos es un efecto bola de nieve, todo ha sido condicionado por la avaricia de quienes venden y compran, impactando de manera criminal el bienestar de los que sólo compran, es decir, la población que vive de un salario, la economía formal de nómina, compran pero no venden, por esa razón es que la actividad de los comerciantes se mantiene en medio de la deformación de los precios.

El equilibrio en los países árabe…

Los países árabes nada producen, es una economía de puertos, pero los petrodólares están dedicados a mantener el equilibrio de esas sociedades tradicionales en medio de un proyecto de modernización, son tan racionales y sensatos que hasta se permiten desarrollar aspectos novedosos como arte y arquitectura, urbanismo, (léase Museo del Louvre),  son el modelo minero de bienestar y prosperidad, y se trata de monarquías y sistemas de castas, pero no están inspirados en ideas en torno a la salvación del mundo, la épica de la clase obrera, y la lucha contra el imperio del mal. Financian su confort adquiriendo en los países industrializados bienes y servicios, ciencia y tecnología, y en eso sí son buenos gestores. En las trampajaulas de nuestras ciudades como dicen o decían en Maracaibo un plátano rebusco  y las tarjetas de teléfonos tienen  un recargo al uso del bachaquero de los tarantines de 5 bolívares, pero para los sociólogos de futilidad del chavismo, para el historiador Luis Brito García, esto se yama idiosincrasia, maneras originales de la pobreza de enfrentar el realismo del día, es  la santificación de lo gracioso, son los estilos dominantes en una sociedad que aprendió a desenvolverse desairando del Estado de Derecho, del acuerdo formal y hasta societario.  La frase es de Briceño Iragorry, alguien insospechado de difamar al pueblo. Aquí se reivindican prácticas criminógenas, en abierta pugna con cualquier modelo de bienestar y justicia; ya el escenario económico no puede ser entendido fuera de la perturbación general de una comunidad cuyo bienestar se fundamente en dos expectativas: aceras y harina pan, por un lado, por otro, orgía electoral. Hoy, la diferencia entre la clase media y los históricos pobres es que la primera comienza a sentir comodidad porque sus servicios profesionales los cobra en dólares y es feliz comprando adminículos de nuevo importados, en lo que como mayor expresión de lo rocambolesco ditirámbico bautizaron como “Bodegones” y la segunda no tiene necesidad de comprar. Las esperanzas de bienestar del imaginario de la sociedad venezolana no resisten el más ligero análisis: consumo como libertad, lista y carnet como civilidad. Para ambas la democracia es un asunto de tercer orden, la ejercen armados de cédula de identidad y registro electoral, reducida a parranda dominical, es una palabra vacía, una experiencia carente de emociones cívicas, preparados para resistir 24 horas en una cola bajo el sol,  el aguante que Picón Salas veía casi como una virtud, es en realidad el fluir empozado de un pueblo sórdido, hoy, como nunca antes, camina aturdido, directo a la tragedia que ni siquiera presiente.

“Pasa el tiempo y el segundero avanza decapitando esperanzas”

pedrorafaelgarciamolina@yahoo.com

 

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