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Jesús Alberto Castillo: Esencia y facticidad en el sujeto

 

Cuando nos adentramos en el campo de la fenomenología intentamos abordar los problemas de la vida a través de la esencia humana, la cual se traduce en la percepción, conciencia y trascendencia.  Es asumir la fenomenología como una filosofía que comprende al hombre en su identidad personal para ubicarlo en un determinado tiempo y espacio, es decir, su existencia y, a partir de allí, visualizarlo como un sujeto inajenable que es capaz de ir más allá de lo vivido. Es allí donde podemos decir que el sujeto vive, siente y se apasiona para proyectarse en su devenir histórico. Lo hace convencido de su facticidad, es decir, de los hechos vividos y de los que se hace partícipe para transformar la realidad.

Edmund Husserl, uno de los precursores de la fenomenología, insiste en prescindir de los juicios e intereses previos al abordar la realidad vivida para poder percibirla con mayor rigurosidad. Esa suspensión de presupuestos es lo que él denomina “epojé” y permite avanzar en el estudio de la esencia humana. Nos advierte que el mundo de lo vivido tiene su propia lógica y estructura cognitivas que son anteriores a cualquier otra cosa. De allí las valoraciones y teorías posteriores solo permiten interpretar la esencia de las cosas, no aprehenderlas genuinamente. El ser humano es el único que sabe lo que vive, los demás intentan percibir ese mundo pero no conocerlo con exactitud.

Esta visión husserliana nos permite comprender que la esencia del hombre se nutre de lo que experimenta en carne propia a lo largo de su existencia, vale decir, pasiones, sueños, frustraciones, metas, entre otras. Es esa fidelidad de lo que vive lo que marca su personalidad y es vital para su futuro desempeño en la sociedad. Paralelamente, se vale del lenguaje para redimensionar su existencia consigo mismo y con los demás. Entra así en un mundo interpretativo donde la conciencia le hace ser partícipe de una comunidad política y vivencial. Las palabras se convierten en el vehículo primordial de su significación primaria para desarrollar su conciencia y trascender en su propia existencia.

En este interesante juego lingüístico, el sujeto se va proyectando, desde el mismo momento en que nace para encaminar sus pasos en ese calamitoso entramado social, marcado de tiempo y espacio, para dejar una huella indeleble en su devenir histórico. Aquí se junta la esencia con la conciencia para dar paso a la trascendencia. Por supuesto, esta última puede tener dimensiones ética o no, lo fundamental es que su accionar tenga consecuencias al resto de los miembros de esa comunidad política.

De manera que toda la explicación del sujeto en su vida cotidiana es el mundo fenomenológico, es decir, la compleja realidad interna del sujeto y su relación con otras realidades. El intentar comprender al hombre es buscarlo en esa esencia, es captarlo en sus relaciones internas, lo que amerita penetrar en su intimidad, respetando la fidelidad y originalidad de los fenómenos. No se trata de explicar las cosas, donde lo fundamental es parcelar lo real, sino de comprender que es respetar la totalidad vivida del sujeto. Al final, el hombre es esa totalidad movida por sus elementos internos que interactúan en una dinámica psico-social y redimensionan su existencia en la realidad fáctica que lo envuelve. Estos hechos están llenos de significados y solo podemos comprender al hombre de acuerdo a esta facticidad.

Como señala Merleu-Ponty en su célebre “Fenomenología de la percepción” (1993:15) “buscar la esencia del mundo no es buscar lo que éste es en idea, una vez reducido a tema de discurso, sino lo que es de hecho, antes de toda tematización para nosotros”.  En términos más sencillos que el autor, el hombre emerge de ese estado emocional, se relaciona con los demás mediante el lenguaje para expresar lo que vive internamente y con sus acciones trasciende en ese espacio vital.  Al hablar de esa fenomenología trascendental es referirse a la intersubjetividad del sujeto en el mundo fáctico, el de los hechos. Esto se resume que no basta definir al hombre por su discurso, sino por su acción. “Por sus frutos los conoceréis”, dicen las sagradas escrituras.

De manera que quien pretenda captar la realidad en toda su esencia y existencia peca de iluso. Mucho más si pretende imponer su verdad como un credo aceptado por todos. Ya Aristóteles en su famosa “Metafísica” señalaba que “el ser no se da nunca a nadie en su totalidad sino solo según ciertos aspectos y categorías”. Vivimos en una realidad poliédrica donde no hay varias facetas y solo captamos una en un momento o contexto dado. Por ello, el inculto tiene una captación muy pobre, mientras que el culto una mucho más diversificada (Martínez Miguélez, 2004). El conocimiento es desbordado por la imaginación humana y es lo que obliga a usar algunos parámetros para intentar aproximarnos a esa realidad compleja, diversificada e inalcanzable.

Pareciera que esta realidad poliédrica no ha sido bien digerida por algunas personas que se empeñan en hacer de su mundo vivido un proyecto impuesto para el resto de la sociedad. Incluso, intentan trascender con prácticas discursivas que se apartan de los postulados previamente establecidos para convertirse en una serie de hechos (facticidad) horripilantes que transgreden la dignidad humana. No es casual que en medio de esta inimaginable autopista informativa no haya desaparecido del todo la vorágine. Aún podemos observar y palpar a seres animados más por sus pretensiones dogmáticas y afán de poder, que por su compromiso de elevar la condición del hombre por senderos de emancipación, progreso económico y libertades cívicas.

 

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