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Neuro Villalobos: De que vuelan, vuelan

 

“El problema es que el mundo es más complejo que un tablero de ajedrez y la racionalidad humana no está a la altura del desafío de entenderla.” Yuval N. Harari.

Hay socialismos para todos los gustos, decía un respetable intelectual venezolano ubicado en el campo de la izquierda, pero el modelaje de Chávez y sus seguidores más cercanos y falderos, carentes de toda ética y principios, le han hecho un enorme daño al pueblo venezolano, y más aún, a quienes, en su fanatismo sin remedio, todavía consideran que es un camino hacia la justicia social. En nombre del socialismo se han encubierto afanes militaristas, totalitaristas y corruptos, revestidos de sensibilidad social.

El régimen venezolano, con Chávez primero y Maduro después, se han burlado y aprovechado de la ignorancia del pueblo, de allí la necesidad de transformarlos en ciudadanos, cuya diferencia es esencial para el futuro de la democracia y la defensa de la libertad. En ese bodrio ideológico que ha animado al régimen, se observan los rasgos característicos del fascismo, del nazismo, del comunismo, del militarismo, del imperialismo y del monarquismo, para desembocar, finalmente, en el bandolerismo, en una especie de corporación criminal transnacional sin ideales y sin escrúpulos, donde lo más importante es el jefe. Es el típico estilo chimpancé del que hablaba Carlos Matus, que es el modo más primitivo de hacer política, es un estilo en el cual el proyecto es el jefe y el jefe es el proyecto, al cual todo le está permitido.

A este régimen lo caricaturiza esa especie de frankestein ideológico similar a lo que ya han sufrido otras sociedades a nivel mundial en otras épocas. Su fanatismo les impide, como decía Churchill, cambiar de mentalidad y cambiar de tema. Sustentado en mitos y en inconsistencias conceptuales, ha devenido en una dictadura coercitiva hasta el terror en lo civil y político, catastrófico en lo económico y sincrético en lo ideológico y religioso, que no sólo les permite ser cristianos o evangélicos, sino además, creer en falsos dioses, babalaos, paleros y hasta en la pepa del zamuro.

A propósito del sincretismo religioso, relata el periodista hispano-venezolano David Placer, en su libro “El dictador y sus demonios. La secta de Nicolás Maduro que secuestró a Venezuela”, que éste fué a visitar en el año 2005 a un dios del que había oído hablar en la lejana India, Sai Baba era su nombre. Manifiesta Placer, que su libro es la historia de un ambicioso que fué a tocar las puertas del Edén y terminó atrapado en el peor de los infiernos, con el país a cuestas. Pedía paz, rectitud y no violencia junto a los devotos Sai Babistas, pero en los muros del palacio ordenaba la represión, la persecución y la tortura de los adversarios considerados enemigos. Se mostraba como un siervo apacible en el templo, pero en su despacho se transformaba en el dictador furibundo obsesionado con mantenerse en las cimas del poder.

Cuenta el autor que yendo Maduro en camino a la cita con su Dios, hubo un apagón general en la ciudad de Puttaparthi, asiento del religioso, y que el anillo que Sai Baba quiso regalarle con una piedra verde como signo de la concordia, no le quedó, aparte que él quería una piedra roja. Los seguidores venezolanos de Sai Baba, dice, consideraron que todo aquello era una señal del destino, y concluye afirmando que aquél hombre que fué a buscar aprobación espiritual, que llevó obscuridad donde había luz, estaba destinado a llevar a su país a la confrontación. El anillo de la concordia no le entró. El verde de la paz no le sentó bien. Lo suyo era el rojo, el color del fuego, de la sangre y de la violencia. De que vuelan, vuelan, es una expresión muy venezolana.

nevillarin@gmail.com

 

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