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Manuel Taibo: Esclavos del tiempo, nos esforzamos por dar realidad de presente al porvenir

 

A todas horas oímos hablar del juicio de la posteridad, del fallo de la Historia, de la realización de nuestro destino (¿cuál?), de nuestro buen nombre, de la misión histórica de nuestra nación. La Historia lo llenas todo; vivimos esclavos del tiempo. El pueblo, en tanto, la bendita grey de los idiotas, soñando su vida por debajo de la Historia, anuda la oscura cadena de sus existencias en el seno de la eternidad. En los campos en que fue Munda, ignorante de su recuerdo histórico, echa la siesta el oscuro pastor.

¿Qué es un progreso que no nos lleva a que muera cada hombre más en paz y más satisfecho de haber vivido? Suele ser el progreso una superstición más degradante y vil que cuantas a su nombre se combaten. Se ha hecho de él un abstracto, y del abstracto un ídolo, un Progreso con mayúscula. Es el terrible fatum, el hado inhumano del ocaso del paganismo, que, encarnado en Evolución, reaparece a esclavizar las almas fatigadas.

Sólo se comprende el progreso en cuanto libertando de su riqueza al rico, al pobre de su pobreza y de la animalidad a tos, nos permite levantar la frente al cielo y, aliviándonos de las necesidades temporales, nos descubre las eternas. ¡Sí, todo a máquina, todo con el menor esfuerzo posible; ahorremos energías para reconcentrarlas en nuestro supremo interés y nuestra realidad suma! Pero del progreso real y concreto, que es un medio, hacemos progreso ideal y abstracto, fin e ídolo. ¡Progresar por progresar, llegar a la ciencia del bien y del mal para hacernos dioses! Todo esto no es más que avaricia, forma concreta de toda idolatría hacer de los medios fines.

El dólar, que es instrumento de cambio, lo tomamos como fin, y para acumularlo vivimos miserablemente. Y la cultura no es más que dólar, instrumento de cambio. ¡Dichoso quien con ella compra su felicidad perdurable!

Imagen simbólica de los pueblos que se embriagan con el Progreso, nos ofrece aquel pobre campesino moribundo que, al ir el cura a ungirle, cerraba la mano, guardando en ella lo último dólar, para que con ello le enterrasen. Con su progreso también se enterrará a los pueblos avaros e idólatras del Hado.

¡Hay que producir, producir lo más posible, en todos los órdenes, al menor coste, y luego que desfallezca el género humano al pie de la monumental torre de Babel, atiborrada de productos, de máquinas, de libros, de cuadros, de estatuas, de recuerdos de mundana gloria, de historias!

¡Vivir, vivir lo más posible en extensión e intensidad; vivir, ya que hemos de morir todos; vivir, porque la vida es un fin en sí! ¡Y, sobre todo, meter mucho ruido, que no se oigan las aguas profundas de las entrañas insondables del espíritu, la voz de la Eternidad!

Si al morir los organismos que las sustentan vuelven las conciencias todas individuales a la absoluta inconciencia de que salieron, no es el género humano otra cosa más que una fatídica procesión de fantasmas que va de la nada a la nada, y el humanitarismo lo más inhumano que cabe. Y el hecho es que tal concepción palpita, aunque velada a las veces, en todos los idólatras del Progreso.

¡La Historia! Todo se nos reduce a aquella fe pagana que se encierra en el verso perdurable de la Odisea: los dioses traman y cumplen la destrucción de los hombres para que tengan argumento de canto los venideros.

Así inclinamos la frente al fatum, al Progreso, tomándole de fin e ídolo, y nos hacemos sus siervos en vez de ser sus dueños. Y el Progreso nos tritura como el carro de Yargenaut a sus fantásticos adoradores.

—Desgraciado pueblo, ¿quién le liberará de esa historia de muerte?

 

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