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Jorge Zepeda Patterson: La inseguridad que se nos viene

 

A la pandemia de hambruna y pobreza que se anticipa por el paro económico que sufrimos, hay otro flagelo igualmente devastador: el incremento que podemos esperar en la delincuencia. Particularmente en países como el nuestro en el que los niveles de la criminalidad son altos, una buena parte de la mano de obra trabaja en el sector informal y, por lo mismo, carece de cualquier tipo de protección laboral.

Desde el viene-viene que ante la ausencia de clientes comenzará a robar auto partes, hasta el exmesero que con una pistola de juguete intentará hacerse de algunos pesos probando su suerte contra los pasajeros de un autobús. No hablo del crimen organizado, sino del robo hormiga en las construcciones abandonadas, el asalto a una casa en busca de cualquier cosa susceptible de venderse, el hurto con amenaza de violencia a transeúntes de carteras y celulares.

Imposible anticipar la magnitud que puede alcanzar, pero no será menor. No solo porque muchas empresas reducirán su personal o de plano cerrarán, también porque los propios empleos informales padecerán el largo período de recuperación y el descenso de la actividad económica tras el confinamiento. La mitad de la población trabajaba ya en el sector informal, una zona gris en la que muchos oficios y tareas, no todas, suelen operar en los pliegues de las normas y a espaldas de la autoridad. La crisis podría empujar a muchas de estas personas a profundizar en la ilegalidad, a darle una vuelta más a la tuerca del clandestinaje.

Más allá de la ética o las leyes, las situaciones límite convierten a los seres humanos en biología, por así decirlo. Nadie va a quedarse cruzado de brazos frente a la imposibilidad de llevar algo a la mesa de los suyos. Los niveles de impunidad frente al delito son tan altos, que el crimen se convierte en una opción real, aun cuando desesperada, para sobrevivir.

Los llamados para saquear supermercados y tiendas a horas específicas, a través de redes sociales, al parecer han sido detenidos oportunamente gracias a que la autoridad pudo infiltrar las convocatorias desde el momento de su lanzamiento. Pero era notable la manera en que tales llamados eran respondidos por personas que, amparadas por el anonimato, estaban dispuestas a delinquir, aun cuando ellas mismas no se consideren delincuentes. El fuente ovejuna, la desigualdad y la necesidad, justifican cualquier acto por el cual la gente considere que está haciéndose justicia social por propia mano.

Durante el combate en contra del huachicol, el año pasado, la opinión pública pudo observar la manera en que comunidades completas participaban en el almacenamiento, la distribución y la venta del combustible robado de los ductos. Más aun, vimos la indignación real que mostraban al bloquear el paso de patrullas o impedir tumultuariamente la aprehensión de los huachicoleros. Defendían un modo de vida, pero también expresaban un sentimiento profundamente arraigado: “Si los gasolineros y funcionarios de Pemex roban, ¿por qué nosotros, que tenemos más necesidad, no lo vamos a hacer?”

La otra fuente de inseguridad pública que habrá de venir es quizá aun más preocupante. La crisis económica ha obligado al Gobierno a quitar atención y recursos a la lucha en contra del crimen organizado. Una lucha que de por sí ya estábamos perdiendo. La estadística de estas últimas semanas deja en claro que los sicarios no han sentido ninguna aprehensión frente al coronavirus. En otros países la actividad criminal descendió como resultado del distanciamiento social; en México, en cambio, el número de asesinados en las últimas semanas ha alcanzado cotas históricas. Todo indica que las bandas organizadas decidieron aprovechar los vacíos de poder para expandir sus territorios en todos los sentidos. La entrega de despensas a la población por parte de los carteles en varias ciudades del país, es un indicador más del grado en que algunas de estas organizaciones comienzan a concebirse a sí mismas como un estado paralelo. En Morelos, “El Señorón”, capo regional, repartió bolsas de comida con su nombre a tres cuadras de la oficina del gobernador, con la clara intención de mostrar quién detenta el verdadero poder en la entidad.

En suma, a la incertidumbre y las angustias que nos endilga la pandemia y sus secuelas, habrá que añadir la amenaza arbitraria y brutal de la criminalidad.

Nota: el miércoles pasado el presidente Andrés Manuel López Obrador se quejó del estado del periodismo en México y mencionó por nombre a tres colegas que lo atacan, seguido de otros tres que lo defienden. Luego, tras una vacilación, “no podría decir yo que de izquierda, pero sí es buen analista político que se mete más a entender lo que está pasando y lo que somos, uno que escribe en EL PAÍS, Jorge Zepeda Patterson”· Al respecto quisiera decir que agradezco y me siento halagado por la opinión del mandatario sobre mis textos, pero sería mucho más conveniente nunca más tener listas de buenos y malos periodistas, porque en el fondo terminan siendo tan arbitrarias como las etiquetas lapidarias que definen a un presidente como bueno o malo para siempre. Vivimos en un mundo complejo plagado de colores; todos perdemos cuando políticos y periodistas solo ven imágenes en blanco y negro.

 

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