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Aurelio F. Concheso: Emeterio Gómez, el liberal humanista

 

El lunes 20 de abril, en un hospital de Barcelona (España), víctima de la pandemia, nos dejó físicamente Emeterio Gómez, uno de los más importantes intelectuales venezolanos del siglo XX. Economista de profesión, y filósofo humanista de vocación, Emeterio logró sintetizar esas dos complejas disciplinas en un cuerpo de obras que nos deja como legado, y que define los términos de lo que pudiéramos llamar “liberalismo humanista”.

Venido de la izquierda de sus años mozos, evolucionó como economista hasta convertirse en la voz más preclara del liberalismo económico nacional. Pero, no contento con eso, se atrevió a emular a Adam Smith, padre del liberalismo moderno, imbricando la economía con el contenido moral filosófico, que tal vez pocos saben, era la principal preocupación de Smith, plasmada en su Teoría de los sentimientos morales, publicada 17 años antes de La riqueza de las naciones, y que fue actualizando a lo largo de su vida.

Tuve el privilegio de compartir con y aprender de Emeterio en los momentos cuando a los empresarios nos tocó empaparnos de macroeconomía para entender cómo las políticas estatistas confiscan subrepticiamente la riqueza de las naciones. Era principios de los 90; la economía se bamboleaba entre controles asfixiantes y pseudo aperturas que se autoetiquetaban de neoliberales. Pero que en la práctica tenían más de keynesianismo disfrazado.

El “Gran Viraje” de Carlos Andrés Pérez II tenía falla de origen, porque ninguno de nuestros economistas se había atrevido a ponerle el dedo en la llaga al nudo gordiano de la economía venezolana, es decir, ninguno, salvo Emeterio Gómez. En una serie de ensayos y conferencias que culminaron con sus obras Venezuela: dilemas de una economía petrolera y Salidas para una economía petrolera (Ediciones CEDICE, 1991), Emeterio planteó lo que para el momento era una herejía: el Estado tenía que retirarse de las actividades productivas básicas y estratégicas, en especial el petróleo, para lograr los equilibrios macroeconómicos necesarios de una nación próspera.

Desde Consecomercio, que a la sazón me tocaba presidir, hicimos nuestras esas tesis, la de la necesaria desestatización de la Industria Petrolera Nacional. No era un planteamiento popular entre las élites intelectuales de la época. Los registros de prensa de aquel entonces dan fe de que -con honrosas excepciones- muchos de los que hoy reconocen esa realidad, en ese momento la atacaron con furia. Sin embargo, la contundencia y el fervor con los que Emeterio Gómez defendía y razonaba esa posición, dándole el sustento intelectual y macroeconómico necesario, nos dio fuerzas para mantenerla.

Pero como hemos mencionado, la economía era solo una dimensión de lo que él consideraba a la necesidad de un desarrollo integral del ser humano: Lo ético y lo moral. Desarrollo sin el cual la economía siempre estaría a la merced de los más inescrupulosos, los más depredadores. Por eso, es por lo que sus últimos años los dedicó a la búsqueda de las bases filosóficas para esa necesaria complementariedad. El círculo de sus alumnos y discípulos creció en esta nueva etapa. “No entiendo todo lo que dice, pero sé que tiene razón”, me decía mitad en broma mitad en serio uno de sus fervientes adeptos. Todos lo respetaban, todos lo querían, hasta quienes discrepaban de sus teorías. Era así, porque sin proponérselo, en su sencillo vivir, en su chispa criolla, su lealtad con sus amigos y su consideración para con los demás, Emeterio encarnaba lo que estaba predicando.

Como todos los grandes pensadores, vivirá para siempre. Su figura seguirá creciendo, y la labor de sus alumnos será el mejor testimonio de su obra. A su inseparable Fanny y el resto de su familia todo el cariño y solidaridad que merecen en momentos tan difíciles.

Nota: Este editorial fue escrito en homenaje a Emeterio Gómez, el economista, el filósofo, el amigo, el hermano.

 

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