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Alfredo Salgado: Mi maestro Emeterio Gómez

 

La muerte es nuestra enemiga, es una infiltrada en la Creación.

No era el plan de Dios, y dice la Palabra que la muerte será arrojada en lago de fuego y ya no existirá más.

Mi amigo entrañable Emeterio Gómez, se nos acaba de morir.

¡Qué año tan jodido! Muere mi querida Julie Márquez, la mujer de Eloy Torres Roman, se desata el chantaje de la pandemia y hoy se muere Emeterio.

Sin duda alguna, uno de los más importantes intelectuales de América Latina, Doctor en Economía de la Sorbona, fecundo escritor y conferencista, profesor universitario, pensador denso y profundo, adicto al plátano frito, al afecto de los amigos, a la risa y al humor, de temperamento volcánico al momento de debatir, y durisimo polemista por cierto.

Mi relación con Emeterio comenzó al leer yo sus artículo en El Diario de Caracas, que me sacaban la piedra, como decimos los venezolanos, a mí que todavía tenía parte de la toxicidad intelectual del germen socialista, al constatar que el hombre tenía razón en todo lo que decía.

Un día asistí por mera casualidad, a una clase que él daba en el salón de al lado en el que yo asistía a la Maestría en Economía de los Hidrocarburos de la UCV. Le dije alguna impertinencia, a la que él ni bolas le paró, y al salir lo intercepté y de allí, durante mucho tiempo fuimos inseparables.

Lo primero que hice fue llevarlo a que diera una conferencia en la Comisión Para el Programa de Gobierno del MAS (Movimiento al Socialismo), y para asombro de muchos, de él y el mío, fueron más las coincidencias entre este apóstol del liberalismo económico en Venezuela, y aquel partido al que de socialista solo le quedaba el nombre. Partido por lo demás, del que Emeterio formó parte.

Una tarde de diciembre me invitó a su casa a comer “unas hallaquitas que hizo Fanny”, y como es debido, cargué con mi cuatro a cuestas y le canté un aguinaldo margariteño, entre tantas joyas de nuestra música, ocasión que no pudo ser más feliz, porque Emeterio era oriundo de la Isla de Margarita.

En cuanto seminario organizaba Emeterio, me involucré y así mismo comenzamos un intercambio importante en el tema que para él era la pasión de sus días últimos: la filosofía. Emeterio estaba encallejonado, como le pasa a todo el que se dedica a la Filosofía, al llegar al espacio en el que es imposible explicar racionalmente, desde la mente, los procesos del espíritu. Él lo llamaba la religiosidad del hombre y yo le decía -Emeterio, es más que eso. El espíritu es un órgano que debe ser activado. Es el órgano con el que nos comunicamos con Dios. Y eso lo dejaba perplejo. Desafortunadamente, mi conocimiento bíblico era para el momento más precario de lo que es ahora, pero esa carencia la suplí llevándolo en varias oportunidades a la Iglesia Evangélica Las Acacias, en donde entabló una agradable amistad con mi amado Pastor Samuel Ólson y mi entrañable hermano el Pastor Néstor Blanco. Se tenían admiración mutua.

Emeterio me decía, al sentirse impactado por la revelación del Evangelio, -El día que me haga evangélico, tú vas a ser mi padrino. Y yo me reía y le decía -Déjate de vainas Emeterio, los evangélicos no tenemos padrino.

Muchas de las cosas que enseñé a mis alumnos en mis cursos de pregrado y postgrado en la universidad, era lo que aprendía de Emeterio Gómez. Pero Emeterio era un maestro peculiar que nunca se situaba por encima del alumno, sino que iba aprendiendo junto con aquél al que enseñaba. Y se regocijaba sinceramente con lo que alcanzábamos sus alumnos.

Una mañana muy temprano:

-¡Emeterio, me nombraron Vicepresidente del Banco tal!

-¡Muchacho, me hiciste, no el día. Me hiciste el mes!

Otro día me invitó a un foro al que asistía lo mejor de la intelectualidad del liberalismo en Venezuela. Intervine, dije unas cosas allí y se creó alguna conmoción y luego todos le preguntaban a Emeterio ¿Quién es ese tipo que trajiste? Luego Emeterio, mientras tomábamos agua en una pause, me dice entre risas y abrazándome -Tengo 20 años en esto con esta gente y nunca los agité como tú hoy. ¡Qué envidia tengo coño!

Uno de los mejores trofeos que puedo exhibir en mis haberes, es que logré que se sentaran a conversar Emeterio Gómez y Teodoro Petkoff. Tenían años distanciados por razones intelectuales. En un foro que se organizó, no recuerdo dónde ni por qué, logré que Teodoro, que era el más reacio, aceptara ser copanelista junto con Emeterio. En otra ocasión, cuando Petkoff fue designado Ministro de Planificación en el gobierno de Caldera, le dije a Teodoro en su oficina una mañana:

-Teo, tienes que hablar con Emeterio

-¿Pero qué quiere él hablar conmigo?

-De la economía hermano, de por dónde tenemos que empujar esto.

Teodoro aceptó la reunión, discutieron, se escucharon, no sé cuánto de lo que le dijo Emeterio lo tomó en cuenta. A pesar del indudable respeto y admiración mutua, algún celo intelectual había de por medio. Sobre todo por parte de Teodoro.

Muchos de mis amigos se hicieron amigos de Emeterio y a sus casas fuimos en pregrinación difundiendo el germen del liberalismo, la risa y la amistad.

Un día el pastor Samuel Ólson me recomendó el libro Y Entonces, ¿Cómo viviremos?, de Charles Colson, en el que se establece la obligación que tenemos los cristianos de impactar la cultura de estos tiempos. Para mí fue una revelación ese texto de ese ex halcón entre los halcones de Nixon, devenido en predicador del evangelio en las cárceles del continente.

Creo que ese libro se lo pedí prestado a Rita Arabel Sánchez, lo fotocopié porque ya no se conseguía y le regalé una copia a Emeterio. Se lo entregué la última vez que me visitó en mi oficina, le rogué que lo leyera y se quedó perplejo cuando le dije

-Emeterio, Jesús no vino a fundar una religión.

-¿Y cómo es la cosa entonces Alfredo?, me dijo su adorable Fanny. En ese momento no supe darles la explicación, solo le pedí que leyera el libro. Fue la última vez que los vi.

Siempre seguí leyendo sus artículos, que vinieron derivando en un laberinto incomprensible sobre la ética, y la necesaria vinculación de esta con la economía.

Traté de comunicarme con él en varias ocasiones y no lo logré. Por una incomprensible razón que jamás sabré, Emeterio Gómez, canceló su relación conmigo. O tal vez fue con el mundo. Siempre lo extrañé, siempre eché de menos las discusiones con él, su amistad, su complicidad, su cobertura.

Un amigo mío, con quien lo presenté, me contó de la caída que había sufrido y cómo le había afectado. No escribió más ni dio más conferencias. Pero ya en muchos de nosotros había dejado sembradas sus enseñanzas de una manera indeleble.

Emeterio acaba de morir. Deseo que en sus angustias intelectuales y espirituales, haya tenido un encuentro personal con el Dios Verdadero, y que en este momento esté ante Su trono preguntándole todas las cosas que de seguro le preguntaría.

Gracias mi amigo y mi compañero, por tanta generosidad, por tanto afecto, por tanta sencillez. De verdad Emeterio, te quiero mucho y te voy a extrañar más ahora.

 

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