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Rafael del Naranco: Un trinar nostálgico

 

Durante el temible siglo XX, Europa  había sufrido la Primera Guerra Mundial en 1914, dejando al final  la pavorosa  “gripe española”. Las dos catástrofes diseminaron  los suelos del viejo continente con 60 millones  de muertos.

Años después, una nueva acción bélica –  la Segunda Gran  Mundial – , alcanzó   la espantosa cifra de 100 millones de seres sacrificados.

A hora,  esa tierra de tantos acontecimientos bélicos, padece  otra furia: la llegada del  llamado Coronavirus, una pandemia cuyas consecuencias está siendo pavorosa.

Durante esos años que se levantó el certero slogan de “sangre, sudor y lágrimas”, los pueblos europeos  intentaron sobrevivir subiendo a barcos que cruzaron el Océano Atlántico  hacia las tierras latinoamericanas.

A la heredad  venezolana llegaron infinidad de españoles, italianos, rusos, portugueses, polacos, rumanos, griegos, magiares…. con el ansia de encontrar una tierra que les ayudara a comenzar a renacer  de nuevo.

A cambio,  la tierra de Simón Bolívar recibió un crisol humanístico de una solidez incalculable. La nación se hizo puerta abierta acoplando  sus valores intrínsecos con los forjados a lo largo de los siglos en los conventos, universidades y tierras  del continente de la cruz y la espada.

Nueva sangre mezclada con muchas otras, siempre ahí, imperecedera madre de  raíces frescas, calaron sobre los surcos criollos.

Es irrefutable: se  expatría uno por incontables razones, pero casi siempre en pos de libertad.

Los seres humanos, cuando sienten tronchado su libre albedrío y ya no hay más lágrimas que derramar,  levantar velas igual a gaviotas buscando  nuevos arrecifes.

La mayoría de los que llegaron a Venezuela, estando hoy en la edad cansina, no podrán  irse del terruño criollo hoy tan fracturado, y se quedarán  aquí varados, convertidos en sombras y olvidos quejumbrosos.

Cada existencia es un drama que alguna vez se cristaliza en sainete o tragedia, y en esa puesta en escena, la emigración  sigue siendo un libreto duro de aprender. Posee sabor a   salitre y se cobija bajo noches cuajadas de aspavientos abatidos.

Cada destierro es una quebradura,  un ahogo que los años no ayudan a amainar y se va acercando a esas emociones que hablan de  cántaros colmados de leche cuajada y las pumaradas guardianes de las primeras querencia amorosas, mientras el mar empuja sobre un mascaron de proa a los  desterrados preparándonos a surcar el piélago de la esperanza.

Sabíamos  que la heredad venerada iría con nosotros, y a recuento  de ello, nos volvimos  renuentes al completo olvido, mientras marchábamos     a sabiendas de que siempre habría una candelilla encendida recordándonos el volver.

Mientras, muchos de esos europeos esperan  que amaine las aguas turbulentas  en estas tierras bolivarianas hoy mancilladas con siembras de hambre, mientras en sus  anhelos exclaman dolientes: ¿Alguna vez  sucederá?

En estos años – uno es ya un emigrante de profesión y oficio –  recuerda que las aves cantoras  mueren a despecho de su trinar  nostálgico. Y en medio de tanta soledad, desasosiego y miedos, entre el pájaro y el expatriado hay un afluente de silencios, palabras lastimadas,  arrebatos y  amapolas mustias.

Uno, pájaro sin alas,  que ha padecido un largo  el exilio,  aún  sigue sobrellevándolo sobre  la espuma de su propio  aliento.

 

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